Fiebre de Formentera - una novela





























Fiebre de Formentera
Dieter Gölsdorf

Este libro le invita a visitar la exposición de «estimulantes, obscenidades, reglamentaciones y lugares de aplicación»
Los objetos expuestos sólo están relacionados tangencialmente con el texto y son una selección de obras del autor y partes del inventario de la Fundación Teja Schwaner.

 

Traducción de

María Esperanza Romero

 

Para Paco

 

Vamos

Hammer se encontraba ante la ventanilla de embarque a muy temprana hora de la mañana tras una tremenda noche de juerga. A las cuatro de la madrugada había abandonado un bar situado en una esquina cualquiera de la parte sur de la ciudad para caer directamente en el taxi que lo llevó al aeropuerto. Al menos ahí no tuvo que esperar.

Tras echar un rápido vistazo a su billete de avión, la chica de la ventanilla lo miró de hito en hito con una expresión que era mezcla de leve sorpresa y consternación.

            −Este avión despegó hace ya tiempo.

            Hammer volvió a coger el billete bruscamente. En efecto, ahí podía leerse, cual sentencia de muerte, que el avión salía a las cuatro y veinte. Él habría jurado que la salida era a las cinco y veinte. Alzheimer, apocalipsis. La conmoción interior hizo que espetara toda una serie de palabras soeces en inglés, mientras su brazo derecho no paraba de remar. No obstante, al cabo de poco tiempo recobró la calma y armándose de valor, aunque faltándole las fuerzas, formuló la pregunta a la estupefacta mujer:

            −¿Se le ocurre algo que pueda hacer en esta situación? 

            −Hasta pasado mañana no hay otro avión de Hannover para Ibiza. Vaya a la ventanilla de TUI. A lo mejor ellos pueden proporcionarle otro vuelo.

            Dicho y hecho, con la moral por los suelos, Hammer se arrastró hasta la ventanilla de TUI, situada unos pocos metros más allá. Delante de él había un grupo de cuatro viajeros que al parecer también tenían un problema. Para que no les cupiera duda acerca de la gravedad del suyo, los miró con cara de gran extenuación, sintiéndose además en derecho pues, a juzgar por lo que oía, ya no trataban asuntos relevantes. Y en efecto, no tardaron en largarse.

            −Tome un taxi a Hamburgo. Desde ahí sale un avión a las siete y media. Y hay plazas suficientes –le aconsejó el empleado, cual Dios benefactor, tras consultar la pantalla.

            Un breve y doloroso vistazo a la billetera.

            −¿Que el taxi puede costarme unos 170 euros, dice? Vale. ¿Puede notificar a Hamburgo que estoy en camino?

            −Por supuesto.

            Hammer salió de nuevo al sereno de esa noche de finales de septiembre con una temperatura de unos cuatro grados, y negoció con un taxista turco un precio fijo de 150 euros sin recibo por la carrera y con derecho a fumar. Repartir el dinero entre la gente, eso es lo que estoy haciendo, pensó y decidió renunciar al coche durante la primera semana. Que ese viaje, después de todo lo sucedido, superaba con creces sus actuales posibilidades económicas, era otro tema.

            El chófer piso a fondo el acelerador de su Mercedes y Hammer no llegó con la obligada hora de antelación al embarque, pero sí con suficiente tiempo a la ventanilla de TUI en Hamburgo. El billete fue canjeado sin costo alguno y Hammer arrastró de nuevo las dos pesadas maletas hasta el punto de facturación, donde la cola era de unas veinte personas todavía.

             Le llamó la atención una mujer delgada de piernas largas que se encontraba unos pasos más adelante. Y sobre todo la manera como su hermoso trasero se ajustaba a la estrecha espalda cubierta por una cabellera de rizos oscuros, embelesó inmediatamente su agotado cerebro.

            En el transcurso de las décadas, Hammer había adquirido una intuitiva capacidad para deducir, a partir de la forma del trasero, qué cara tendrían las mujeres que primero veía de espaldas. Pero sus deducciones no se limitaban  a la simple conjetura de si serían guapas o no, su habilidad de reconocimiento había llegado a alcanzar cotas mucho más sutiles. En efecto, podía intuir si la susodicha, vista desde delante, tendría aspecto aburrido, despierto o zafio. Esta capacidad, claro, funcionaba también al revés, pues muy seguramente tenía su origen en la perspectiva correspondiente. El ejemplo más sencillo: cara amargada, culo amargado. Y Hammer raras veces se equivocaba.

            En un momento en que la mujer se agachó echando un vistazo hacia atrás, él le vio la cara. Frente alta, nariz ligeramente curvada, ojos casi como el ámbar, una mirada y una postura que lo fascinaron pues denotaban una especie de cúmulo de energías.

            No estaba seguro de si el destino de ella sería también Formentera. Parecía un pelín demasiado seria, se movía de una manera que reflejaba una excesiva concentración en sus metas, al mismo tiempo era demasiado natural y segura de sí misma para Ibiza. Llevaba puestos unos vaqueros sin rasgaduras ni agujeros, un chubasquero color beige y ningún tipo de adorno ridículo como: anillo en la nariz, flecos en la ropa, botas de película del oeste con tacón alto, ombligo al aire, maletita de cosméticos o cosas por el estilo. Nada de esto llevaba, sólo una bolsa de viaje de cuero marrón oscuro colgada al hombro. La observó con atención, sonrió sintiendo el efecto de la cerveza y del polvo blanco que aún tenía en las venas y confió secretamente en que ella volviera a darse la vuelta para establecer un breve contacto visual.

            Esas breves miradas, esa manera de moverse; sencillamente era impresionante. Una gerente, una modelo, ¿quién sabe?; debía de tener unos treinta cinco años y en cualquier caso era una mujer atractiva que iba a la suya con independencia del lugar en que estuviera. Además, lejos habían quedado los tiempos en que el aspecto exterior era indicativo claro de la isla a la que un pasajero se dirigía, pensó Hammer.

            −Quiero sentarme al lado de la mujer de la cabellera de rizos largos y oscuros  –le dijo a la mujer del mostrador que le preguntaba fumador o no fumador.

            −Muy bien.

            Se sintió un poco como un dios. Dirigía el destino, aunque el suyo no fuera en realidad un deseo serio. Simplemente una osadía que se le había escapado sin más. ¿Tendría un sentido más profundo el hecho de volar desde Hamburgo y no desde Hanover? Es mucho más chic, pensó Hammer de pasada.

            Oh, dios, dios. ¿Qué iba a suceder? ¿Podría ocurrir que él en ese estado pasado de rosca en el que se encontraba la hartara con idioteces propias de un paranoico? Ante esto ella, claro, se apartaría hastiada o incluso pulsaría el botón para llamar a la azafata y presentarle su queja diciendo: «Este hombre me está molestando de forma impertinente.»

            A continuación él lo negaría todo y diría: «Lo siento. No entiendo en absoluto lo que quiere decir esta señora. Tiene que haber malinterpretado algo. Se lo aseguro.» Y a fin de cuentas, ¿a qué venían semejantes pensamientos?, estaba citado con Luisa en Formentera, de forma urgente y para efectos amorosos.

            Asiento 29 D, un asiento de fumador que daba al pasillo. E y F estaban ocupados por un matrimonio mayor, a la izquierda del pasillo, había tres hombres con bigote: empleados de aduana, ¿o acaso agentes de trasporte?

            ¿Qué deriva había tomado el mundo? La tía pánfila de la facturación que con su cara de mema atrevida podría haber empezado ese mismo día a trabajar de guía turística en Ibiza, había jugado a ser Dios engañándolo. Los rizos oscuros brillaban por su ausencia. Sacó de nuevo la tarjeta de embarque de su bolsa. Fuckin´29 D. No había nada que hacer.

            −Buenos días –dijo Hammer a la pareja de casados y se constriñó en su sitio del pasillo. Ambos de unos sesenta o sesenta y cinco años: ella con una cabellera de un rubio plateado muy bien teñida y joyas de plata muy elegantes; él con unos rizos plateados que espontáneamente le hicieron pensar en el ex presidente alemán Walter Scheel.

            Podía ser que volviera a verla en la entrega de equipajes. Entonces le diría: «Sí de casualidad va a Formentera, podemos compartir taxi.» No, esa no era una frase verdaderamente buena. Ella podría tomarlo por un rácana empeñado en reducir a la mitad sus gastos de transporte. «Si de casualidad va a Formentera, me alegraría poder compartir taxi con usted.» Sí, así estaba mejor. Pero no, espera. Lo que debo decir es: «Perdone, apostaría que usted va a Formentera. Quizás le apetece compartir taxi conmigo.» Muy bien, Hammer. A lo mejor hasta puedas argüir motivos ecológicos, ¿ahorro de energía, un coche y no dos, menos emisiones? No, así no. No tiene pinta de forofa del medio ambiente.

            El avión despegó. Si su respuesta era afirmativa, él podría proseguir de inmediato con una frase de hombre de mundo: «Lo ve. Ya decía yo que usted no tenía pinta de querer quedarse en Ibiza.»  ¿Le hablaría de usted, y hasta le diría: ¿No tendría usted ganas de follar un poco conmigo? Tonterías, Hammer. Para empezar en todo caso le hablaría de usted. Luego entablarían una amena conversación y él, por ser mayor que ella, pronto le propondría el tuteo. Oh, Hamburgo. Oh, divina providencia. Pero qué va. No podía ser. Luisa lo estaba esperando.

            Hammer, adicto a las islas, había conocido a Luisa en Estrómboli  por Pentecostés, poco tiempo después de que Anna se hubiera separado de él. Para ser exactos, mientras el barco nocturno zarpaba hacia Nápoles. Ella era una típica italiana del norte, de pelo rubio rojizo, ojos marrones, nariz marcada y maravillosas arrugas de la risa en las comisuras de los labios. Había fijado inmediatamente su mirada en él, cuando ambos, apostados en la barandilla, fumaban mirando las luces de las casas y el pequeño puerto. Cada vez que él se giraba hacia ella, Luisa hacía otro tanto; también cuando enfiló hacia el bar. Un pequeño juego loco.

            −What a pity! –había dicho él señalando la isla. Enseguida habían entablado conversación en inglés; el de ella tenía ese bonito acento milanés. Luego, cuando ya estaban a unos dos kilómetros de la costa, el volcán había liberado de repente una fuerte explosión; una imagen mágica en esa noche sin luna. La silueta de la isla en forma de cono, antes apenas distinguible, unas cuantas luces de casas y farolas de puerto. Y de buenas a primeras semejante lluvia de fuego iluminándolo todo y perfilando contornos. Estallido de aplausos  a bordo del barco. Y luego la lava incandescente precipitándose cual oruga por la Sciara del Fuoco hacia el mar. De nuevo aplausos generalizados por parte de los presentes en la borda. «Oh, magic», exclamó Hammer.

            −Somewhere there is my husband –había dicho ella apuntando hacia el bar cuando Hammer se le acercó. O sea que sí había marido. Y ellos aún ni siquiera habían llegado a presentarse mutuamente.

            La pregunta: «What´s your name?» le había parecido a Hammer demasiado íntima, demasiado fuera de lugar. Aunque estaba casi seguro de que, de haber sido otras las circunstancias, al cabo de poco tiempo habría acabado con ella en el camarote.

            Luego ella le había hablado de su vida. Hacía cerámica y su marido era el jefe de una fábrica de calderas de acero fino en Cremona, en el norte de Italia, de donde es originario el nougat. ¿Cremona? ¿Cerámica? ¿Terapia ocupacional de esposas de industriales ricos?

            −But I don´t sell much.

            Claro, cerámica pintada con acuarelas y cocida de manera artesanal. Hammer le contó brevemente que tenía un negocio de guitarras. El uno que si artesanía, el otro que si negocios, el caso es que en ambos había ardido el fuego. Y luego ella, pronunciando un ciao, se había marchado en dirección al bar donde estaba su marido. 

            Por la mañana se los encontró en el casco del barco. El hombre parecía bastante simpático, cabello plateado y actitud dinámica, pero con aspecto desmejorado, quizás debido a una mala noche. Ella le gustó, sus caderas eran quizás un poco demasiado recias, pero en definitiva tenía un trasero mágico, una determinada forma de lenguaje corporal con intensidad en el movimiento; una mezcla de franqueza y lascivia en la expresión, la combinación que formaban sus labios carnosos y sus ojos al sonreír.

            Hammer, ni corto ni perezoso, contactó con su distribuidor italiano a través de las páginas amarillas para que interviniera; y Mara, una colaboradora suya, llamó a la fábrica de calderos y consiguió que le dieran el número de la mujer del jefe arguyendo tener que hablar con ella por cuestiones relativas a la cerámica. Desde entonces Hammer y ella habían hablado casi a diario por teléfono.

            −Where can we meet again? –La propuesta de Hammer de hacerlo en Formentera había sido muy acertada, sobre todo porque un compañero del marido tenía una pequeña y simpática finca cerca del barrio suizo de la isla.

            Hammer se detuvo a pensar si no sería cierto que su actitud ante las cosas estaba cambiando, que adoptaba una que le era ajena y de ninguna manera deseada. ¿Cómo era posible que tras semejante exaltación, y precisamente ahora que estaba a punto de cumplir sus deseos, anduviera pendiente de otras mujeres? ¿Acaso lo de Luisa no iba en serio, acaso ya nada era serio para él en asuntos del amor?

            En efecto, precisamente por el hecho de haber roto con Anna, su última novia,  de forma tan precipitada, lo había hecho plantearse cuestiones fundamentales acerca de las relaciones, del devenir de las parejas. Tras siete años casi toda relación se rompe, al cabo de un año el deseo erótico puede verse extraordinariamente reducido. ¿O quizás ya a los dos meses?

            Depende. ¿O acaso era sólo debido a la constelación, al hecho de que desde un comienzo había habido reparos? Luisa, el objeto de su amor, estaba casada, no había vuelta de hoja. ¿Puede haber amor cuando los hechos reales se oponen desde un principio? ¿Amor, objeto, reparos? Señor Hammer, aquí hay algo que falla. ¿Pero acaso no era posible que todo diera un vuelco? Formaría con ella una pareja, la desearía de verdad y a nadie más en el mundo, la raptaría y se la llevaría a su hogar, a su reino, que en diez días volvería a pertenecerle, a él y sólo a él…

            ¿Qué necesidad tenía de irle detrás a una de rizos oscuros, en lugar de concentrarse en la que ahora estaba dispuesta a estar con él? ¿Acaso Luisa no tenía una gracia mucho más sutil que la de la majestuosa melena? Aunque… Pero precisamente el hecho de que estuviera sopesando esto y lo otro le dio qué pensar, lo hizo dudar de sí mismo y de la futura felicidad.

            ¿Hasta qué punto estaba aún en condiciones de experimentar felicidad, amor, satisfacción?  Él que entretanto era capaz de deducir a partir de un culo prieto y bien redondeado que su dueña tendría cara tonta. ¿Acaso no era todo mentira? ¿No estaría embarcado de repente en un sistema que siempre había despreciado? ¿Había perdido la fe? Y sin embargo, la idea de pegarse un tiro o de acabar con su vida de otra manera estaba más lejos de él que nunca.  

            El hecho era que no era sólo Luisa el objeto de su deseo, de su fascinación, de su amor… Había dos objetos. ¿Acaso no era mejor así? ¿O se había convertido acaso en un oportunista inmoral que sin mucho entusiasmo pretendía consumir el amor, cuando éste antes había sido para él el más elevado sentimiento? ¿Acaso era él, el único de su especie que ajustaba sus sentimientos a conveniencia, o la verdad era que todo el mundo pensaba como él? ¿Pero qué clase de justificación era esa? ¿A qué venían esas lamentaciones?

            Hammer decidió dejar que las cosas le vinieran como tenían que venir. En el peor de los casos reaccionaría y en el mejor haría de su capa un sayo. Al fin y al cabo no había prometido nada a nadie. Luisa no exigía nada y la de los rizos era en todo caso una ficción. «Follar», pensó Hammer y enseguida se avergonzó.

            Desayuno.

            −Pues, me habré equivocado –dijo la imbécil del mostrador de facturación, la misma azafata que ahora empujaba el visiblemente pesado carrito con los refrigerios.

            ¿Por qué estaba aquí ahora? ¿La habían echado del trabajo y enviado a acarrear refrigerios en este avión? ¿Estaba todo tan racionalizado que los empleados de TUI tenían que apechugar tanto con la facturación como con el catering de a bordo? ¿Una profesión en franca decadencia? Y en el centro cerebral del lenguaje se configuró la otra palabra que designa a la mujer y que empieza por cuando la susodicha llegó a la altura de la fila 29, dijo sabedora:

            −Lo siento de veras −y le tendió la bandeja. 

            −¿A qué se refiere?

            −A nada…

            Hammer sacó de un tirón el cuchillo de plástico transparente del envoltorio de celofán transparente, lo hincó en el borde del panecillo descongelado y, a fuerza de rajar y rasgar a medias, consiguió dividirlo en dos mitades más o menos iguales. Con mucho esfuerzo  logró luego rebanar un trozo del cuadrado de mantequilla fría envuelto en plástico, temiendo en todo momento que el cuchillo pudiera romperse o la mantequilla salir catapultada hacia la fila de delante o incluso alcanzar volando a la de los rizos, ¿qué tal?…

            Finalmente, bañado en sudor la colocó, quiero decir colocó la mantequilla en el centro de una de las dos mitades de pan integral, la cubrió con el embutido, la olfateó prudentemente para luego pegarle un mordisco con desgana. Sobre la otra mitad fue a parar el otro tercio de la mantequilla y la loncha de jamón cocido que para eso estaba. Puso debajo la hoja de lechuga y mordió esa cosa blanduzca. Exasperado, pensó en dejar el trozo de queso para con el pan integral cuyo envoltorio no había manera de abrir. Y debajo el último trozo de mantequilla…

            Al intentar distribuirla de modo que quedara bien repartida, la rebanada de pan se rompió. Después descartó la idea de abrir la tarrina redonda de mermelada de albaricoque y untar con ella la otra rebanada de pan integral. «Tiene que tener algún sentido haber volado desde Hamburgo», pensó. Luego llegó el café.

            Era demasiado temprano para acompañar con una cerveza, así que se decantó por un zumo de tomate.

            −La sal y la pimienta están en su bandeja junto con la leche en polvo para el café  −dijo melosa la pequeña azafata.

            −Ay no, deme mejor una cerveza, por favor –dijo Hammer siguiendo una repentina inspiración.

            Volvió a enderezarse en su asiento atisbando cabelleras de rizos oscuros. Nada. Debía de estar sentada más adelante, no te jode. Una vez consumida la cerveza, decidió ir al lavabo, para lo cual enfiló hacia la cabina. Mierda de bandeja. Le pidió al hombre que tenía al lado que se la sostuviera mientras lograba zafarse de su asiento.

            −Con gusto –dijo éste cortésmente.

            Hammer avanzó despacio en plan ojeo por el estrecho pasillo, al compás del runrún de las turbinas: una sensación como quien sube  lentamente una cuesta. Dejó vagar la mirada por sobre los respaldos de los asientos. Era difícil reconocer a las personas por detrás. Enviar miradas a los laterales desde su posición no tocaba. Fracasó en el intento. Llegó al lavabo.

            Una pequeña se movía nerviosa delante de él. Se giró y paseó despacio la mirada por entre las filas. No había manera de detectarla. ¿Qué tonterías eran esas? ¿Cómo era posible? ¿Y a son de qué? ¿Acaso todo en la vida no es azar? No, azar seguro que no. ¿Acaso no es todo pura consecuencia lógica, cadenas causales, concatenaciones infinitas? ¿Sentido? Qué va. 

Los pensamientos revoloteaban confusos en el cerebro de Hammer. Que si el sentido era este o era el otro, joder con el sentido. Whatever fuckin´ English. El único sentido: Hamburgo. Quizás la chica ya dormía, escurrida en su asiento de manera que escapaba a su campo visual.

            Mientras meaba, Hammer pensó si debía echarse al coleto el último resto del polvo blanco. El simpático regalito de Robert, uno de sus mejores amigos, con el que había pasado la noche en la taberna de la parte sur de la ciudad. Llévatelo porque de lo contrario ya me veo yo teniendo que dar buena cuenta mañana. Sé que me lo soplaré. Y sé perfectamente que no es bueno para mí.

            Buena ocasión estando ahí en el lavabo. También podría darle ánimos, en caso de producirse de veras algún contacto visual o de otro tipo en el camino de vuelta a su asiento. La mirada al espejo lo convenció de lo contrario. Tenía mal aspecto, en realidad un aspecto deplorable, mejor sería que no lo viera nadie en ese estado, mejor no buscar ningún contacto, de momento.

            En efecto, ella dormía en la fila doce con la bandeja del refrigerio intacta sobre la correspondiente mesilla plegable. Hammer contuvo el aliento por unos instantes, intentó grabar la imagen de ella en su mente, regresó a la fila veintisiete? y encendió un Gitanes. Y eso que se había propuesto dejar de fumar hoy por la mañana. ¿Pero acaso ya era hoy por la mañana? Además la gran mierda volvía a ocupar su mente. Él, Hammer, en concurso de acreedores, expulsado, despedido. Aunque el asunto estaba encarrilado, él mismo lo había encarrilado.

             −¿A dónde va usted, si me permite la pregunta? –le dijo el vecino de asiento a Hammer.

            −A Punta Arabi.

            −¿De veras? Dicen que es muy bonito –comentó el vecino con cortesía.

            −Y excitante. Mucho vino, mujeres y canto –Luego Hammer puso fin a la conversación con una frase que sonó a agotamiento:− Tengo que dormir

            Qué significaba todo esto que estaba viviendo. Por lo pronto había salido del atolladero del concurso de acreedores; él, iniciador y gerente de Hammer Guitars, ahora despedido sin previo aviso, con prohibición de entrada a la empresa y toda la pesca. Hasta la cerradura la habían cambiado, y ahora tenían que ver de recomponer el asunto sin él. Estaban abocados al fracaso. Hammer sólo debía esperar y pensar en soluciones coherentes de cómo seguir adelante.

            Diez días de descanso en su isla, luego la subasta y luego podría volver a entrar en escena. Él era el único que había guardado algo de dinero, el dinero de la madre. Su madre había muerto, por fin, eso también estaba bien, no se avergonzaba de decirlo. ¡Hammer! El futuro aún era inseguro, pero en cierta forma volvía a ser tangible, previsible. Y la historia del recién contratado carpintero que se dejó el brazo bajo las cuchillas de la cepilladora era una desgracia amarga y terrible, pero sencillamente culpa del hombre mismo. Nada de lo sucedido podía achacársele a la dirección de la empresa.

            Los últimos Gitanes

            Y eso que todo había comenzado tan bien. Hammer, estudiante de derecho, pero preferiblemente cantante y guitarrista, había fundado por aquel entonces una empresa de expedición de componentes para guitarra. Enseguida tuvo un éxito loco y rápidamente empezó a sentirse desbordado. A continuación dio entrada en la empresa a Werner, con quien tocaba en su grupo, a cambio de una aportación económica. Al principio todo había funcionado a las mil maravillas. Ellos dos solos estaban al frente del negocio y eran buenos amigos, pero luego por el vertiginoso crecimiento que este experimentó, tuvieron que fundar una sociedad limitada, en la cual Hammer figuraba con el cuarenta y cinco por ciento de participación, Rosie, la mujer de Hammer, con el diez por ciento y Werner con el cuarenta y cinco por ciento restante. Dadas las circunstancias, una adecuada mayoría proporcional para la familia Hammer.

            Y lo dicho, al principio todo marchaba sobre ruedas con Werner. Había  estructurado coherente el servicio de expedición y ordenado el caos de Hammer, de modo que éste había vuelto a tener tiempo para desarrollar nuevos puentes de guitarra y sistemas de vibrato, mejores que cualquiera de los que hasta ese momento podían conseguirse en el mercado.

            En general, en poco tiempo, habían logrado tener una imponente gama de guitarras y equipos para construcción de las mismas, además de un considerable repertorio en piezas que los músicos compraban para tunear sus instrumentos, igual que hacen los forofos de los automóviles agenciándose alerones y volantes forrados en piel para sus coches. Y las guitarras Hammer habían alcanzado estatus internacional. Pues nada menos que el héroe de la guitarra Eddie van Halen, utilizaba un sistema de vibrato desarrollado por él, especialmente para su instrumento.

            Los problemas comenzaron cuando contrataron a Carla, la primera empleada que tuvieron, para que llevara la contabilidad y se ocupara del embalaje; al comienzo se trataba sólo de que la chica les echara una mano y por entonces le pagaban, en parte, en negro, como hacen los empresarios jóvenes para salir adelante. La chica era simpática, un poco friqui y de buen ver, se esforzaba por hacer bien el trabajo, pero a veces metía la pata enviando, por ejemplo, en una expedición un solo tornillo de la serie tal, en lugar del paquete entero de diez que era como se vendían. Y naturalmente los clientes llamaron para quejarse.

             Werner averiguó dónde había estado el fallo y llamó la atención a Carla de la manera como le era propia. En efecto, esa fue la primera vez que salió a relucir ese rasgo desagradable que caracterizaba a Werner. Se ve que para fortalecer su amor propio, encontraba satisfacción en reprender, fastidiar y tratar de forma despectiva a los empleados.

            Pero la cosa empeoró cuando Werner se enamoró de Gabi, una mujer menuda, con una bonita figura, pero de talante más bien desagradable, con la cual desde el comienzo se llevaba a matar y tenía constantes desencuentros, aunque también constantes reconciliaciones; un modelo de comportamiento psicótico seguramente ampliamente descrito en la literatura del ramo. La pequeña arpía consiguió quedar embarazada.

            Y cuando Carla renunció por las continuas humillaciones a las que la sometía Werner, éste impuso su deseo de que fuera Gabi quien en adelante pasara a ocupar el puesto vacante, a cambio de un sueldo en forma, se entiende. Hammer había accedido confiando en que esto traería paz a la empresa, es decir, que su amigo Werner no trataría tan mal a su propia compañera. Pero se equivocaba de medio a medio. La empresa se convirtió en el escenario de sus peleas en público, o sea, en estado de psicosis total.

            Mientras tanto, el nombre Van Halen había supuesto a la empresa un auge tal que hubo que contratar más personal. Made in Germany se exportaba a los Estados Unidos, Nueva Zelandia, Japón y a donde fuera, con ganancias increíbles y márgenes de beneficios que sobrepasaban ya los límites del buen gusto.

            Pero se habían cuidado de no derrochar el buen dinero; habían invertido, como tiene que ser, en montar su propia factoría maderera y su propia planta de barnizado, una gran carpintería para construcción de guitarras en toda regla, lo cual significó más empleados aún y también un buen parque de maquinaria. Para sacarle provecho, Hammer había desarrollado un proyecto de construcción variable con el cual podía asumirse la fabricación de modelos especiales con costos aceptables. El cliente podía pedir su instrumento como  juego de piezas separadas para ensamblárselo el mismo, pero si lo deseaba también podía requerir las demás prestaciones que ofrecía la empresa en lo que se refiere a equipamiento, barnizado y demás servicios especiales.

            Todo funcionaba a la perfección y por aquel entonces acudían a la empresa, a esta especie de meca de luthiers, tipos de la talla de Alvin Lee, Kralle Krawinkel o Marius Müller-Westernhagen. Y sin embargo, Hammer pronto se percató de que no había suficiente dinero para pagar a los gerentes el salario mensual acorde con una empresa de tal envergadura. Pero no era grave, pronto todo marchó sobre ruedas y los jefes pudieron por fin tomarse las largamente merecidas vacaciones, pues desde hacía unos años la palabra vacación estaba prácticamente borrada de su vocabulario.  

            Así fue como Hammer llegó en 1983 por primera vez a Formentera. Se lo debía a su vieja amiga Iris, a quien había contratado como administrativa y que conocía ya desde hacía tiempo la isla. «Gerd, ese es EL LUGAR para ti.», le había dicho. Y Hammer enseguida quedo fascinado. Ya el segundo día hubo una sesión en Las Ranas, en la que Hammer tuvo que hacer de batería, −cosa que se le daba bastante bien− pues por entonces había escasez de baterías en Formentera.

            El equipo estaba formado por una variopinta mezcla de cachivaches. No había alfombra bajo la batería, el bombo se resbalaba hacia delante cada dos por tres. Schoppi, con cinta en la frente y chaleco de cuero sobre el torso bronceado, que ya por entonces era uno de los hippies de más edad de la isla, un artista y hombre de buen talante versado en el arte de la vida, sujetaba el bombo con el pie para que Hammer pudiera tocar. Entretanto coqueteaba con una jovencísima modelo de Düsseldorf sumándose al coro en los estribillos. El ambiente era fenomenal en Las Ranas, los porros circulaban, había un montón de gente joven de buen humor  y mujeres hermosas. En resumidas cuentas: el paraíso.

            Además estaba La Fonda Pepe, sitio de encuentro general, y el John´s bar, un establecimiento al aire libre, situado entre San Fernando y San Francisco, con una piscina a la que, entrada la noche, solía saltar una caterva de gentes muy variadas: energía positiva en estado puro. Nadie que señalara los peligros de baños nocturnos en estado de embriaguez total, ningún miembro de las fuerzas del orden que los prohibiera o sancionara, pocos coches, ningún autocar de viajes a forfait, nadie haciendo jogging, apenas familias, ni una sola discoteca en sentido clásico, ni grandes y caras limosinas de fabricación alemana y sobre todo ni un solo Audi.

            Todo era un increíble easy going hasta la madrugada y a continuación baño en el mar en la mañana. Formentera era punto de encuentro por excelencia para solteros y Hammer, aunque casado, había encontrado allí todo tipo de amigos y amoríos y en cada una de sus estancias había tenido la sensación de renacer.

            Esto había hecho que empezara a devanarse los sesos pensando qué podría hacer en el islote para legitimar estancias más prolongadas y no sólo las cortas vacaciones. Con Thomas, el especialista en reparaciones de guitarra de su empresa en Hanover, concibió la idea, a primera vista descabellada, de abrir en Formentera una escuela de construcción de guitarras: cursos para la fabricación de guitarras eléctricas, una estancia de dos semanas y te llevas a casa una guitarra perfecta que tú mismo has construido con madera virgen.

                 La inventaron en tiempo record y en tiempo record la pusieron en marcha. Sobre todo, la perspectiva de obtener óptimos beneficios, animó a Hammer a emprender el asunto con fuerza, a adelantarse a todas las dificultades que pudieran presentarse y tener soluciones preparadas. El único verdadero problema era que Hammer tenía que involucrar también a Werner, fiel a la consigna: «Lo haremos todo juntos». Uno puede estar en la isla mientras el otro se ocupa en casa del negocio. Trabajo compartido, beneficios compartidos. De modo que se convirtieron en una sociedad de tres personas.

            El proyecto había tenido una buena acogida, contaban con una buena cantidad de reservas, aunque no tantas como Hammer y Thomas habían calculado previamente. Partiendo de la idea de piezas premontadas de Hammer, Thomas, profesor de formación profesional, había desarrollado ese estupendo esquema para el curso, y en junio había comenzado, en efecto, el primero de construcción de guitarras del mundo occidental, con participantes ansiosos de aventuras, entre los cuales había algunos con las mejores aptitudes musicales. Sessions en bares de la playa, en cuevas y apartados edificios en ruina. Su taller, su cuartel general, estaba en San Fernando, y contaban con un equipo de música completo, incluido grupo electrógeno Honda transportable a cualquier lugar de la isla para una Live-Performance, euforia, eufórica. El paraíso parecía haberse hecho realidad y también el sueño de hacer música libremente, en cualquier momento y en cualquier lugar.

            El primer batacazo llegó cuando apareció Werner con su mujer Gabi y su pequeña. Ya las primeras horas de esta familia en la casa alquilada expresamente para ellos –había otras dos contiguas en la que se alojaban los directores del curso y los participantes− motivaron la decisión de Thomas de retirarse al taller y utilizarlo como dormitorio, haciendo saber a los demás su deseo de no querer ser importunado con los asuntos privados del tercer socio.

            Pero esto no fue del todo posible pues cada segundo día Werner se presentaba en el taller con el dichoso bulto de ropa sucia que generaba su criatura, con la intención de utilizar la lavadora de la escuela que había sido transportada hasta allí por iniciativa suya. Entretanto, la trastornada de su hija iba desperdigando por todo el taller los juguetes que acarreaba. Un sueño paradisíaco empañado por una familia nefasta. 

            Además, empujado por el desastre familiar en que vivía, Werner aparecía  a menudo por las noches en el taller en busca de consejo y consuelo, una vez incluso con unas gafas hechas pedazos que su Gabi, en medio de una de las habituales discusiones, le había tumbado de la cara.

            ¡Acaba ya esa relación! ¡Sepárate! ¡Forget it! Esa mujer no es para ti. Eran los únicos consejos que Hammer y Thomas tenían para darle. Y luego sucedía con regularidad que a la mañana siguiente veían a la pareja en perfecta armonía junto con la hija que a Hammer, en realidad, le daba una pena increíble. Seguro que en las noches la cría presenciaba aquellos desencuentros, en directo o acurrucada tras la puerta de su habitación. Horrible. Cómo iba a desarrollarse mejor la estúpida criaturita con semejantes padres.

            Y Werner era absolutamente incapaz, no solo como padre sino también como enseñante. En efecto, en los últimos años se había visto claramente que si servía para algo, era para programar ordenadores. Pero en cuanto este hombre entraba en contacto con gente, todo se desmadraba. Su inclinación destructiva a emitir comentarios en un tono desagradable era capaz de arruinar en segundos la atmosfera alegre y distendida de la nueva meca de los luthiers de la guitarra y ya en la empresa había sido motivo de discordia, sobre todo en las temporadas en que Hammer se ausentaba para entregarse a la isla. Werner era un tipo que sencillamente no tenía reparos en descargar la frustración que le producía su entorno familiar en los empleados; como recibía palos de su mujer, daba palos a sus subalternos.

            Hammer encendió uno de sus últimos Gitanes y constató que su vecino fumaba Gauloises. La dura cajetilla azul yacía sobre la mesilla plegable delante de él. ¿Lograría por fin dejar de fumar esa mañana, conseguiría doblegar a Rosie y en definitiva también a Werner?

            ¿O acaso acabaría gorroneándole al vecino? ¿Puedo coger uno de sus Gauloises…, pensaba ya en decirle, a la vista de la cajetilla azul? Que va, si era necesario Hammer tenía fuerza de voluntad. Como su propio nombre indica (Martillo) era varón de herramienta dura. Pero una cosa no tiene que ver con la otra. Y además ya era la mañana.

            Le costaba sacarse ese desastre empresarial de la cabeza. Aspiró con avidez su Gitanes y lo apagó presionando brevemente el corto filtro. La debacle se había prolongado durante tres años. Poco antes del final de la segunda temporada de excesos en Formentera, Hammer había conocido a Anna, se había entusiasmado y enamorado locamente justo antes de la inminente catástrofe total; le había comunicado a su esposa Rosie, con la que mantenía desde hacía tiempo una relación matrimonial de conveniencia agotadora, que lo suyo había llegado definitivamente a su fin. En efecto, Hammer lo había hecho, aunque no le había sido fácil, su hija tenía en ese momento 14 años y no es fácil separarse cuando hay hijos de por medio. Pero el amor había triunfado en este caso, como no.

                 En junio de la tercera temporada, para ser exactos el 18 de junio a las 11 horas y veinticinco minutos, mientras Hammer explicaba a los participantes del curso en Formentera el efecto estabilizador del puente de acero empotrado en el diapasón, se produjo el accidente en el cepillo de espesores en Hanover:

            El recién contratado carpintero Herbert K. (Titular en la sección local del Bildzeitung, del 19 junio) había introducido en la cepilladora un cuerpo de guitarra tensado trasversalmente en un dispositivo especial, la manga derecha de su jersey de fabricación biológica con dibujo de cabezas de reno se había enredado en uno de los tornillos de tensar del dispositivo y el sistema de introducción automático había arrastrado también el brazo del pobre carpintero hacia la cuchilla de la cepilladora.

            Entre desgarradores sollozos Iris había informado del grito estridente que había sacudido la empresa durante medio minuto aproximadamente. Y cuando por fin uno de los otros empleados había conseguido apagar el interruptor, el desdichado tenía el brazo amputado hasta el hombro, hecho trizas en un santiamén. El orificio de alimentación de la cepilladora sólo tenía la medida de un cuerpo de guitarra  y de ninguna manera hubiera cabido por ahí el torso del carpintero, de modo que finalmente por suerte éste no fue a parar a la cuchilla, sino sólo el brazo que acabó siendo desgarrado de la articulación del hombro.

            En la cepilladora todo estaba lleno de sangre, los jirones de carne y restos de huesos del brazo del carpintero quedaron repartidos por las bolsas colectoras por efecto del sistema de aspiración. No había nada ya que pudiera distinguirse y ser congelado para luego volvérselo a coser.

            Un horror. Hammer regresó ese mismo día, dejando de lado cualquier consideración referente al curso. Werner lo recibió encogiéndose de hombros y con cara de lamento. ¡La gran mierda! A la mañana siguiente se presentó en la empresa un comité del gremio de artesanos de Baja Sajonia y de la inspección de trabajo. ¿Qué hacen ustedes aquí? ¿Construcción de guitarras? ¿Qué dice, que aquí no hay maestro carpintero? ¿Industria? ¿Cómo va ser esto una industria? En cualquier caso, esa gente declaró clausurado el taller en el acto y amenazó con restricciones y multas draconianas a la dirección de la empresa para el caso en que se constatara infracción a la ley. A la sazón el pobre Herbert K. ya no tenía brazo derecho, pero estaba fuera de peligro; había sido culpa suya, una imprudencia, lo dictaminaron incluso los de la comisión del gremio de artesanos. ¿Por qué un carpintero con formación de tal tenía que llevar un estúpido jersey de lana ecológica de manga demasiado larga mientras trabajaba?

            En cualquier caso, un horror. Adiós taller. A la mañana siguiente ya Hammer había hablado por teléfono con Thomas que había quedado solo al frente del curso y le había dicho que al tenor de lo acontecido tendrían que despedirse del proyecto Formentera. Un golpe fuerte para Thomas que por consiguiente se sintió bastante solo en la isla, pero quiso frenar el asunto, cosa comprensible. Formentera Guitars era la niña de sus ojos, el primer proyecto de envergadura que lograba sacar adelante. Afortunadamente, uno de los participantes del curso, un entusiasta llamado Ekkehard se declaró dispuesto a comprarle a Werner y a Hammer su parte.

            En el negocio alemán todo era un caos. El brazo y la sangre de Herbert K. se habían llevado de golpe todos los ingresos del taller por delante. Había que tomar medidas rápidas y contundentes, despedir a los carpinteros, vender el taller y conseguir de nuevo–independientemente de si el cierre del taller por parte del gremio de artesanos era legalmente impugnable o no− un equilibrio entre costes y beneficios para la empresa. 

            A pesar de esta enorme debacle, Hammer estaba lleno de energía. Sobre todo Anna le había dado un nuevo chute; él la había involucrado en el asunto y esa mujer había tenido la suficiente distancia y ojo analítico  para reconocer qué era lo que no funcionaba en esa empresa. A finales del año anterior se había trasladado de la Cuenca del Ruhr a Hanover para ir a vivir con él; las primeras semanas las pasaron en la oficina de Hammer, bajo condiciones bastante duras y sin embargo había sido un tiempo intenso y estupendo para los dos, hasta que encontraron por fin un piso donde mudarse juntos.

            Mientras tanto en la empresa, o en lo que quedaba de ella, había mal rollo. Al menos habían podido reducir los gastos de personal, pero así y todo, la cosa no pintaba nada bien. Se acumulaban obligaciones de varios meses que en parte eran ya reclamadas por los acreedores a través de sus abogados. Hammer le había informado a Rosie, su mujer, acerca de la peligrosa deriva de los acontecimientos, pero ésta había hecho oídos sordos.

            A continuación Hammer tuvo que ocuparse de la venta de las máquinas y al mismo tiempo mantener controlada la situación en su conjunto. Fue entonces cuando se percató de que el dinero que percibía Gabi, la mujer de Werner, era el factor más desestabilizante.

            Hammer pegó un respingo abandonando sus pensamientos, cuando los empresarios del transporte sentados a sus espaldas empezaron a entonar una especie de himno de Ibiza. También su vecino enarcó las cejas en gesto reprobatorio.

            −Por desgracia mi avión privado tiene de momento una avería en la transmisión –susurró Hammer.

            −Estas son las cosas que hay que aguantar –dijo sonriendo el vecino− Pero, no se preocupe, pasará.

            Luego una chica joven con leotardos negros y un culo más o menos cuadrado se abrió paso por el pasillo. Hammer tuvo que pensar en la chica en prácticas que Werner había contratado a comienzos del año. Una muchacha recia y bastante eficiente para el trabajo, de unos 18 años de edad  que solía llevar medias de malla negras bajo una minifalda negra: una imagen grotesca en una carpintería.

            Ella era la única que, por entonces, antes del accidente, lograba sacar a Werner de su oficina al menos por un breve lapso de tiempo. Pues habitualmente éste pasaba el día entero arriba, ante el ordenador, y eso desde hacía años, desarrollando el programa informático de la empresa en una especie de terapia ocupacional autoimpuesta. A oídos de Hammer había llegado el rumor de que en su ausencia se estaba cociendo algo entre estos dos.

            El personal observaba el panorama con desconfianza, puesto que había indicios de que el contacto sexual con la chica en prácticas podría incluso conllevar riesgos sanitarios. Y es que ésta recibía a menudo la visita de tipos sospechosos y fascinada contaba de uno de ellos que le gustaba meterse dildos de goma en el culo. En fin, sólo eran chismes, rumores, pero lo cierto es que bastaban para que en la empresa todo el mundo acabara considerando a Werner un estúpido redomado.

            Poco antes Hammer había intentado apartar del ordenador a este pequeño genio de la física que era Werner y animarlo a que acabara de desarrollar por fin una pequeña bobina de alambre de cobre que, a la manera de un filtro de cruce, hubiera podido modificar fácilmente el sonido de la guitarra y haberse convertido con seguridad en un éxito de ventas. Pero la actividad creativa había disminuido precisamente desde que Werner había abandonado su ordenador y en cambio pasaba todo el tiempo metido en el taller.

            Y es que había descubierto los cuando menos dudosos encantos de la chica en prácticas y en armonía mental con la recia muchacha había comenzado, como proyecto de aprendizaje, la fabricación de varias guitarras custom de complicadísima construcción. Y eso en medio de la rutina diaria del taller. Desplegaban una actividad juguetonamente ruidosa como si se tratara de algo de suma importancia ocupando para tal los puestos de los empleados encargados de finalizar la construcción de los módulos.

            Y luego el asunto de la cama plegable de Hammer en la oficina. Al abrirla para tomarse un descanso de media hora tuvo que descubrir unas manchas de gran tamaño cuya procedencia no dejaba lugar a duda. A la pregunta de Hammer: «¿Ahora follas en mi oficina, en mi cama y con menores drogadictas?», Werner sólo tuvo como respuesta un sordo «¿Por qué?». Hammer retiró la sábana y se la tiró a Werner sobre el teclado. «Haz el favor de lavarla».

            Pero para colmo de males, una mañana la chica en prácticas pidió permiso a Hammer para ausentarse para acudir a un chequeo médico que le exigían para poder hacer un curso de formación de orfebre que pronto comenzaría. Poco antes Gabi había llegado a la oficina a hacer su trabajo de contabilidad.  Atraído por los gritos de ésta en el pasillo quejándose de «estragos en su despacho» y de que «Aquí ya no se puede trabajar», Hammer había salido a pedirle explicaciones y ella había reaccionado despotricando contra su Werner para acabar gritando que, en cualquier caso, lo mejor era que renunciara. Hammer inmediatamente le tomó la palabra y ella, hecha una furia, salió por puertas.

            Una hora más tarde Gabi llamaba a Iris por teléfono para preguntarle si sabía algo de una relación de su marido con la chica en prácticas. Le contó que se la había encontrado bajando del tren en su localidad y al preguntarle que hacía ella allí, ésta le había respondido que tenía cita con Werner.

            Esta vez Hammer no tuvo más remedio que llamarle la atención a Werner más duramente, ante lo cual éste no se mostró, sin embargo, nada razonable. Para la chica en prácticas, el incidente significó claro el final anticipado no sólo de su lío con Werner sino también de sus prácticas en la empresa.

            Werner continuaba con la programación, mejor dicho con el perfeccionamiento del programa informático de la empresa. No obstante, tras algunas averiguaciones, Iris le informó a Hammer de que entretanto había programas mucho mejores en el mercado, cuyo precio no superaba el de un buen ordenador bien equipado. Fue ésta una amarga revelación puesto que la actividad informática de Werner a través de los años le había costado una pequeña fortuna a la empresa. Y en ese momento Hammer tuvo claro que la intención de Werner era asegurarse, de paso y a costa de la empresa, otra fuente de ingresos paralela con los programas informáticos.

            Todos estos amargos descubrimientos se produjeron poco antes del accidente y del cierre del taller. Además Hammer puso a Iris a averiguar lo que costaría una contabilidad externalizada teniendo en cuenta las dimensiones actuales de la empresa. Los diferentes asesores fiscales consultados habían mencionado cifras que suponían una quinta parte aproximadamente de lo que había que pagarle a la mujer de Werner, incluidos los costos salariales adicionales. Además estaba claro que en adelante el trabajo contable sería menor al no existir ya el taller. No había vuelta de hoja: a esa mujer había que despedirla no hoy sino anteayer.

            Werner, sin embargo, no estaba para nada de acuerdo con la intervención de Hammer, pues con el salario de su mujer y el suyo no sólo financiaba los gastos de su hogar y su hija, sino que pagaba la hipoteca de una casa adosada bastante de rancio gusto pequeñoburgués que se había agenciado.

            Por encima del respaldo del asiento que Hammer tenía delante de sí sobresalía el periódico Bildzeitung. Un pequeño titular llamó su atención: «Formentera (isla vecina a Ibiza): dos alemanes ahogados». Muy raras veces su isla era mencionada en los titulares de la prensa alemana y si era el caso, siempre aclarando que estaba cerca de Ibiza. El texto de la noticia estaba escrito en una letra demasiado pequeña como para poder leerlo sin gafas. No importaba.

            En el marco de esta decadencia general, Hammer, que no solía hacer este tipo de cosas, había empezado a llevar a cabo revisiones cada vez más frecuentes de los justificantes, las cuales le habían hecho notar que las actividades de Werner en asuntos informáticos ocasionaban enormes gastos ya tan sólo en concepto de líneas telefónicas para la transmisión de datos. Además por esas fechas su viejo amigo Werner había adquirido un costosísimo monitor a color y una impresora de chorro de tinta a cargo de la empresa. Ambos artefactos se hallaban, cosa grotesca, en casa de Werner, cerca de la antigua frontera con la RDA, con lo cual Steffen, abogado y amigo de Hammer, había señalado la posibilidad de retirarle a Werner su participación en el negocio por falta grave contra los intereses de la empresa (un repugnante artículo de la ley de sociedades con responsabilidad limitada que permitía amplias interpretaciones). Suponiendo erróneamente que el asunto podía resolverse de común acuerdo, Hammer había rechazado esta vía.

            Entretanto las discusiones con Werner habían llevado a Gabi al abatimiento total. En una ocasión había gritado histérica que destruiría el soporte de datos de seguridad de la empresa a punta de tijera. Siguiendo el consejo de Steffen, Hammer, en su calidad de gerente, censuró por escrito inmediatamente este comportamiento reprobable, con el fin de estar preparado en caso de que más tarde hubiera pleitos legales. Era la primera vez desde la fundación de la empresa que censuraba a alguien. Por consiguiente estaba claro que el disgusto estaba servido, un disgusto mayúsculo.

 Hammer sintió escalofríos, se pasó la mano por las dos arrugas de su frente que en ese año se habían hecho más nítidas y profundas y se repantingó en su asiento del avión.

−¿Le apetece otro francés? –le preguntó su vecino de pelo mucho más blanco que el de Hammer que habiendo sido un día castaño oscuro era ahora, a sus cuarenta, entrecano, medianamente largo y rizado.

La barriga de Hammer no era prominente, pero tuvo que reconocer que sí más acentuada que la del vecino que sobrepasaba los cincuenta.

−Sí, gracias, encantado –respondió Hammer y se maldijo de nuevo por su vicio.

Maldito vicio de fumar. Se acordó de su última recaída. Esa estúpida manera de fumar a lo Guadiana, primero unas pitadas. Eso no le hace mal a nadie. Uno es adulto y no necesita estas cosas. Un autoengaño sin fin. Cortar el cigarrillo después de cuatro caladas, luego volver a fumar, y otra vez cortar, y todo de ser posible con las pinzas para el olor a cigarrillo no pase a los dedos y nadie se dé cuenta del embarazoso fracaso.

O la manía de sacar las colillas de los ceniceros y apretarlas para que vuelvan a tener su forma original y luego con mala conciencia sostenerlas con la punta de los dedos para volver a encenderlas e inhalar.

En la parte posterior del avión volvieron a armar jaleo. Frases obscenas y de muy mal gusto recorrían el avión; algo decían de la animadora rubia del año anterior; la palabra «metérsela» se oyó varias veces.

Hammer cavilaba: Ekkehard, el posible comprador que se había mostrado dispuesto a asumir inmediatamente la participación en Formentera Guitars, seguía muy entusiasmado y tenía un fajo de billetes listo para cerrar el negocio. A comienzos de julio Hammer viajó con Anna a Formentera por cinco días para aclarar las modalidades del traspaso y hacer un último balance. Todo había salido bien y no había ya ningún obstáculo que impidiera la venta. Ekkehard incluso había dado una pequeña paga y señal para reafirmar el carácter serio de su intención.

En esos días Anna había manifestado a menudo sus reservas en referencia a las cualidades de Formentera. «Para mi gusto hay demasiadas íes en la isla: Harry, Schoppi, Molli, Tony, Tomie, Yogi y demás. ¿Qué tipo de gente es esta, todos con un nombre terminado en i? Esos diminutivos ñoños, ¡lamentable! A Hammer le había molestado oír sus opiniones, pero por otra parte… a lo mejor tenía razón.

Una vez en casa, Hammer le había pedido a Werner que repensara la situación de Gabi de manera que pudieran volver a un marco financiero sostenible. Pues poco faltaba para la quiebra. Había encontrado a Werner en un estado de autismo absoluto ante su ordenador. Acababa de inventar un sistema novedoso para hacerle llegar al banco las facturas vía línea telefónica, una revolución en la manera de despachar la contabilidad que no obstante resultaba absolutamente irrelevante ante la desastrosa situación general. La pérdida de los ingresos del taller había tenido consecuencias nefastas. Varios colaboradores habían tenido que permanecer cinco semanas en nómina, a pesar de los subsidios que recibían de la oficina de trabajo.

Y en el mundo de los ordenadores en el que vivía Werner, al margen de toda realidad, seguía habiendo estadísticas impresas sin fecha, agujeros de perforadora en mitad de la letra. Y la contabilidad era realizada por un programa adquirido de forma dudosa por la empresa, aunque por falta de posibilidades de acceso completo no permitía la impresión de ciertas letras como ä, ö, ü y ß. Y eso que, según lo que había averiguado Iris en materia de programas de contabilidad estándar hasta la fecha, con un buen sistema no habría problema para registrar las minutas en cuenta a la hora de facturar. Ya de esa manera se hubiera ahorrado la mayor parte de la tarea asignada a Gabi.

Con los beneficios, en realidad ridículos, que arrojaba Formentera se habían podido pagar algunas cuentas pendientes desde hacía tiempo y en parte ya reclamadas por vía judicial. La ruina seguía avecinándose, aunque cada día llegaban consultas sobre el catálogo con sellos de respuesta incluidos. Y es que las piezas de guitarra son un producto que siempre tiene salida.

Hammer hubiera querido hacer un catálogo completamente nuevo, sobre todo teniendo en cuenta las innumerables llamadas que se recibían a diario de clientes quejosos. Pero la falta del taller y la insoportable situación de la empresa hacían que un nuevo catálogo fuera lo último en lo que se podía pensar. A Gabi le había advertido reiteradas veces ya por escrito su intención de despedirla por una serie de nimias pero molestas faltas.

Precisamente la circunstancia de tener que aguantar a esta insoportable persona en su propia empresa lo había hecho pasar definitivamente al ataque. Pero tuvo que constatar que de hecho la empresa ya no le pertenecía como había creído hasta ese momento, tras convocar la primera asamblea oficial de la sociedad, para imponer el despido de Gabi por decisión de mayoría simple.

Hammer, Rosie, la mujer de Hammer y Werner, los dos últimos con caras malhumoradas, se habían reunido en la sala de desayuno. Y se produjo el mayor desastre que cabía imaginar sumiendo todo el acontecer en la penumbra más absoluta: Hammer había expuesto todos los argumentos que justificaban la necesidad de prescindir de Gabi, pidió que realizaran una votación y sencillamente la perdió. No sólo Werner votó naturalmente en contra, sino también Rosie. Se trataba de la pequeña e infame venganza de la esposa abandonada que aprovechaba la primera ocasión para demostrarle: Lo que tú quieres, Hammer, no te será dado. Y eso ante una situación de extremo peligro para la empresa. Esta tonta prefería cortar la rama sobre la que ella misma estaba sentada, con tal de darle a entender a Hammer: Tú ya no llevas la voz cantante. Si quieres tener algo que decir, tendrás que ponerte de acuerdo conmigo. De vuelta al lecho matrimonial, mi querido esposo.

Hammer sintió como si le cayeran las vendas de los ojos: dejando a su mujer había perdido, como por encanto, la mayoría en su empresa; adiós muy buenas. Y no tenía sólo el 10 % en su contra; tras el divorcio, en caso de duda, el porcentaje en su contra podía ser del 27,5 %, que sumado al 45 % de Werner bastaba para hacerle la vida imposible y castigarlo dentro del que antaño fuera su reino. Prácticamente todo había dejado de tener sentido, para él que lo había ideado todo tan bien.

            El enorme disgusto dio paso a la sobria conclusión de que después de haber hecho todo por reflotar el barco que zozobraba, se veía ahora frenado por esa ordinaria de su mujer. De modo que se dedicó por un lado a concebir oscuros planes, y por otro, inmediatamente después de volver elaboró una simple lista de los precios actuales de la gama de productos, para adjuntar a una carta de disculpa, con una breve referencia al accidente del taller, en la comunicaba que de momento no podían asumirse encargos…

            Luego se fue de fin de semana largo con Anna al mar del Norte. Dejó preparadas en la empresa la lista de precios y la carta para que fueran enviadas por fin a los 700 clientes que esperaban. Cuando regresó le informaron de que Werner, si bien había aparecido por la empresa, no había abandonado su despacho. El envío no se había realizado porque el inepto no había imprimido las etiquetas para la circular o algún programa informático había impedido hacerlo.

            Además durante ese fin de semana habían aparecido los primeros nubarrones en la relación de Hammer y Anna. Ella no estaba a gusto en Hanover, le molestaba el ambiente en general, el estrés y el hecho de que él le dedicara tan poco tiempo. Sí, quizás era cierto que en esos días había bebido demasiado. La funesta palabra duda fue pronunciada con frecuencia.    

            Entretanto el volumen de deudas superaba con creces los activos y el capital de la empresa. Para salir de esa evidente situación de bancarrota y liquidar definitivamente el asunto con Werner y Rosie, Hammer les había expuesto con lujo de detalles en una larga sesión nocturna una propuesta de separación que venía a significar que había que liquidar la empresa y en adelante cada uno debía gestionar la suya propia según su propio criterio e inclinación.

            De lo contrario cumpliría con sus obligaciones de gerente y solicitaría el concurso de acreedores. Ni a la propuesta ni a la amenaza hubo reacción alguna.

            En cambio, a finales del mes de julio Hammer recibió por correo certificado una citación a una asamblea de la sociedad. El punto número uno de la orden del día era el despido del socio y gerente Gerd Hammer. De manera que los 45% y 10% habían unido fuerzas para intimidarlo. Además se le exigía devolver inmediatamente a la empresa cualquier objeto perteneciente a la misma que se hallara en su poder. Esa noche Hammer, presa a su vez de un pequeño ataque de pánico, había intentado sacar del ordenador todos los datos actuales de la empresa y constatado que Werner había cambiado ya todas las contraseñas.

            Un «Permiso» sacó a Hammer bruscamente de sus elucubraciones.

            Su vecino de asiento tenía que ir al lavabo. Estremeciéndose levemente Hammer se levantó para dejarlo pasar quedándose de pie en el pasillo. De nuevo no consiguió divisar ninguna cabellera de rizos espectaculares. Detrás de él continuaba la algarabía de los empresarios de transporte.

            −Pronto lo habremos conseguido –dijo el vecino al regresar del lavabo con intención tranquilizadora.

            Hammer volvió a dejarse caer en su asiento, echó el respaldo hacia atrás y dormitó. La Mola. Desde arriba en los acantilados miraba hacia lo lejos por encima del mar oscuro. ¿Quién era esa persona que tenía a su derecha? Las gafas, la postura corporal, la camiseta roja… ¿Era Werner? Hammer miró hacia el faro en lo alto, cuyos rayos de luz se extendían en derredor sobre tierra y mar en el aire vaporoso de la noche formando una especie de tienda de campaña giratoria.

            Miró de nuevo hacia adelante a la derecha. La figura dio unos pasos hacia adelante  con su andar torpe y patizambo. No cabía duda: era Werner. Hammer miró a su alrededor. No había nadie más en aquel lugar en los confines de la Tierra donde Julio Verne había recibido la inspiración para su novela Héctor Servadac.

            A la izquierda la placa conmemorativa. Miró de nuevo hacia la derecha. Werner había avanzado hasta el borde del acantilado de unos 200 metros de altura. Hammer siguió caminando sin hacer ruido. De repente olió a Werner. Faltaban tres metros. Saltó hacia adelante, alto como un luchador de carate y le pegó una patada por la espalda. Cayó sobre las rocas peladas y vio cómo Werner volaba hacia lo lejos sobre el acantilado.

            Werner gritó: «No tendrías que haber ido tan lejos» y desapareció en las profundidades, demasiado hondas como para que Hammer hubiera podido oír un golpe o un chasquido. Unas cuantas gaviotas de la especie puffinus maurethanicus planeaban con elegante vuelo sobre el agua emitiendo chillidos como de gato.

            −¿Boardshop-journal? ¿Le apetece comprar algo? –dijo su azafata preferida sacándolo del sueño.

            Hammer se alegró de que lo despertaran, aunque enseguida pensó que el sueño le había gustado. Pero, ¿acaso las gaviotas vuelan de noche? Sí, al menos la puffinus sí que lo hace, como puede constatarse en el panel con la descripción zoológica que figura en algunos sitios de la isla –puesto que se trata de una especie protegida− junto a la placa del gobierno balear.

            Los últimos segundos del pato Donald con Chip y Chop, fuera ya era pleno día, el sol cegaba con un resplandor rojo a través de la ventanilla.

            −Mira, esa es Formentera ahí abajo. ¿No crees que deberíamos saltar del avión? –le decía el vecino a su mujer.

            Mira tú por dónde. El hombre rechazaba el boardshop-journal. Hammer hizo otro tanto. Altitud de vuelo 10.214 m., temperatura exterior -53°, hora local 9:22 am., distancia al aeropuerto de destino 86 km.

            El avión aterrizó con brusquedad, sólo unos cuantos pasajeros aplaudieron. Hammer aplaudió fuerte y con ganas y dirigió una mirada irónica a su vecino, en quien tras el comentario sobre Formentera creyó reconocer a fin de cuentas una especie de aliado alemán.

            −Una bonita semana en Hamburgo, ¿verdad? –dijo en dialecto de Hamburgo un tipo alto y fortachón que ya se había levantado dos filas más adelante –Hamburrgho, el puerrto, muchos árrbohles en la ciudad, el río Alster. Gente muy maja, los alemanes. Y todo tan barratho... Bonita semana, ¿eh?–Los dos chicos a su lado se partían de risa.

            Hammer conocía a esos tres de haberlos visto en la isla. Eran músicos. Miró hacia delante intentando localizar a LA MUJER. No había manera de llegar a la salida anterior, a lo mejor iba a estar a su lado en uno de los buses del aeropuerto y entonces lo echaría todo a perder. También la gente que hacía cola para salir por la parte posterior avanzaba lentamente, pues algunos jubilados bloqueados no acertaban a llegar a los pasillos con su equipaje de mano.

            Hammer cogió su bolsa de viaje, se abrió paso hacia delante, tomó nota de la empalagosa sonrisa de la azafata.

            −¡Felices vacaciones!

            −¡Feliz vuelo de regreso! –respondió Hammer al pasar por delante de ella y salió al sol de  la mañana. Mucho mejor salir al aire libre, bajar por la escalerilla y dar unos cuantos pasos hasta el bus, que ser expulsado directamente al aeropuerto a través del finger en forma de acordeón.

            De ella ni rastro. Tal vez era mejor así. El estado de Hammer seguía siendo preocupante, quizás ahora más que nunca. La caricatura que había visto ante el espejo del lavabo lo había dejado muy preocupado. Un borracho de aspecto degradado. Aunque, veremos lo que pasa al esperar taxi.

            ¿Por qué tendría que pasar algo? Tonterías, memeces. Cómo iba a abandonar el barco con ella al lado si Luisa sin duda lo estaría esperando. Decidió dirigirse al final de la cinta transportadora de equipajes y desde ahí miró obsesivamente a su alrededor. Nada. Las posibilidades de que su maleta y la de ella aparecieran más o menos al tiempo no eran pocas, puesto que habían facturado al mismo tiempo. Pero tampoco durante la eternidad que tardó la cinta en ponerse en movimiento ni poco después cuando se oyeron los fuertes golpes de las maltratadas maletas cayendo al suelo y empezaron a salir las primeras piezas del equipaje junto con los portaperros por el orificio cubierto con anchas tiras de goma, la divisó por ninguna parte.

            Dos Gitanes con filtro se hallaban aún en la cajetilla. Encendió uno y pensó si debía cambiar de sitio. Unos pasos más adelante estaba el matrimonio mayor con quien había compartido asiento. Era extraño lo que pasaba siempre en esos vuelos. Estás sentado directamente al lado de una persona,  prácticamente en contacto corporal debido a las condiciones de estrechez, rodilla junto a rodilla, intercambias unas cuantas palabras, la conversación resulta simpática y hasta interesante o, por el contrario completamente fútil. Al cabo de dos horas y media uno se levanta, sale del avión, va a recoger el equipaje y hace de nuevo como si no nunca en la vida hubiera visto a la persona.  

            Justo en el momento en que se disponía a abandonar el edificio de la terminal, miró en diagonal y vio sus rizos oscuros y su delgado brazo sosteniendo la maleta. Su fenomenal trasero se movía enérgicamente hacia la salida. Usted ha perdido la partida.

            Las maletas de Hammer fueron casi las últimas. ¿Qué ilegalidades secretas hay en ese transfer de equipaje, en esos pocos metros en los que las maletas van a parar a la cinta o son transportados en esos carritos en cadena por el aeropuerto y de allí pasan de la escotilla al espacio de carga? Fuck it! Cuando salió, se tropezó con sus dos compañeros de viaje.

            −¿Cogemos el taxi juntos?

            −¿No iba usted a follar y a beber a Punta Arabi? –preguntó el hombre como admirado, pero con una franqueza en su forma de hablar que sorprendió a Hammer.

            −Fue una broma tonta.

            −Bueno, en realidad tampoco me imaginé que fuera usted de esos –dijo el hombre con aplomo y sonrió− Uno conoce el paño.

            −¿Y usted como renano vuela desde Hamburgo? –dijo Hammer con desconfianza que en ese momento identificaba claramente el dialecto del vecino.

            −Nuestro hijo vive en Hamburgo. De manera que matamos dos pájaros de un tiro –respondió el de la cabellera de rizos plateados.

            Mira que bien, pensó Hammer. Probablemente es de Düsseldorf, pero simpático. Influenciado por las reservas que se tiene en Formentera frente a los de Düsseldorf, Hammer había estado observando intensamente a la gente en la ciudad y constatado que el renano y sobre todo el de Düsseldorf, a diferencia de los alemanes del norte, −eso creía Hammer− tenía una presencia más juvenil, deportiva y más lanzada y que, sobre todo los hombres más maduros, solían vestir más a la americana y usar con mayor frecuencia vaqueros y atractivas chaquetas de cuero.

            ¡Ay, ese carácter intrépido, ese rasgo de la personalidad que, según había experimentado Hammer precisamente en Formentera, se manifestaba tan a menudo en desenfreno, bullicio  y falta de distancia con respecto a los demás…! Pero al mismo tiempo ese trato más abierto también tenía su lado bueno, pensó. Esa dicha nacida de una especie de desvergüenza, en oposición a las caras malhumoradas que se ven a mansalva en el centro de Hanover. Esa gente que primero dejaría que le pegaran un tiro antes de ponerse en movimiento para echar un vistazo al centro de la ciudad.

            Los compañeros de viaje se sentaron en el asiento posterior, Hammer, delante. En el tablero de mando delantero había una pegatina de prohibido fumar. Curioso, pensó Hammer, pero si casi todos los españoles fuman.

            −Al puerto, para Formentera –El taxi se puso en marcha.

            −¿Y bien? –preguntó Hammer− ¿Qué hace usted en Formentera?

            −Vacaciones, ¿qué si no? Nuestro hijo tiene aquí una casa.

            −Buen hijo. Los tiempos cambian. Antes eran los padres los que tenían las casas.

            −¿Y usted?

            −Me tomo unas pequeñas vacaciones, un respiro, puede decirse. Además esta es la mejor época para estar en Formentera.

            −Eso es verdad. Nosotros venimos cinco o seis veces al año y tenemos que decir una y otra vez que octubre es el mejor mes.

            −Exacto –dijo Hammer−, incluso aunque alguna vez haya una pequeña tormenta. El agua aún está caliente y la luz es incomparable.  

            Se reclinó en su asiento y empezó a dormitar de nuevo. El sueño volvió a cobrar cuerpo, esta vez en una nueva variante: él volvía tambaleándose del arrecife hacia el aparcamiento y allí estaba ella, la mujer hermosa de las piernas largas y los rizos oscuros.

            −Hola –le decía− ¿ha tenido un buen vuelo?

            Hammer pegó un respingo. Estaban llegando a la ciudad de Eivissa. Había poco tráfico y el taxi corría a casi 100 km por hora a lo largo de la cadena de colinas a la izquierda. Resecos campos color marrón se extendían a ambos lados de la carretera, de vez en cuando había por un lado o por otro una vieja rueda de  viento de madera, a la derecha un letrero que ponía «Playa En Bossa», era la entrada para automóviles a esa espantosa playa ibicenca llena de enormes complejos hoteleros al cual más horripilantes, un fuerte contraste con Formentera.

            Luego pasaron por varias rotondas que sin duda son muy prácticas, pero que a Hammer cada vez le resultaban exageradamente numerosas. Como si en efecto el número de «glorietas» fuera indicador de las glorias y el bienestar de la localidad correspondiente. No podía ser de otra manera. Poco después entraron en las instalaciones del puerto y recorrieron un trecho a lo largo de la alta verja que separa el puerto de pescadores de la carretera de la costa, hasta llegar al atracadero de Formentera.

            Hammer pagó el taxi, cogió su bolsa de viaje y sus maletas y atisbó en dirección a los ferrys. La última persona que atravesó la escalera para acceder al rápido fue ella. Luego levantaron la escalera devolviéndola al muelle. El vapor estaba listo para zarpar, Hammer, consternado. Pero a fin de cuentas había tenido razón. Ella estaría en su isla, él ya la seguía la pista.

            ¿En definitiva quizás lo mejor que le podía deparar el destino? Sin duda. En que aprietos se habría visto para explicar que una buena amiga lo iba a recoger y que por determinados motivos era mejor que no los viera descender juntos la escalera. Un lío, final de todo acercamiento. ¿Y qué diablos lo hacía estar tan seguro de que por el hecho de viajar juntos, habría una comunicación entre ellos?

            Cincuenta por ciento de probabilidades de que ella lo rechazara, más aun teniendo en cuenta la pinta que llevaba. Tonterías y despelote. Y se cabreó consigo mismo. ¿Qué castillos en el aire estaba construyendo? ¿Pero, sería correcto – en cuanto a la parte italiana− embaucarse deliberadamente en una aventura, en un asunto del que era evidente que no podía salir nada bueno ni duradero? ¿Era esa la gran tibieza del tercer milenio, que ahora Hammer debía experimentar por primera vez? ¿O acaso era que amaba demasiado a las mujeres?


            El rápido había atracado y Hammer no daba crédito a sus ojos. Unos metros más adelante estaba la Joven Dolores en el muelle, esa maravillosa embarcación de madera que él creía ya desaparecida desde hacía al menos dos años. También sus dos compañeros de viaje miraron sorprendidos.

−¡No puede ser! ¡La Joven! –exclamaron pellizcándose los brazos. −¡Increíble! –susurró el hombre sin aliento.

−Un momento –dijo Hammer, descargó las maletas y corrió hacia el lugar para echar un vistazo más de cerca.

Joven Dolores ponía en el morro en letras negras, pero todo el barco estaba recién pintado, en color crudo y con pintura de buena calidad. La proa estaba adornada con un aparejo nunca visto de tubos de aluminio con bombillas de colores y del interior de la embarcación salía música. ¿Y qué era eso? A unos tres metros de la punta de la proa había un resplandeciente logo rojo y verde en el que se podía leer en letras gruesas: Línea italiana. Próxima salida: 11:00 horas, ponía un letrero en el embarcadero. Un tipo de la tripulación sonreía desde ahí arriba.

Secundo giorno della Joven Dolores –dijo un italiano. Hammer estaba sorprendido, no obstante, le enseñó los dos pulgares levantados.

Se dirigieron la nueva y flamante taquilla de Linea Italiana y compraron billetes. La mujer tras el mostrador explicó que la Joven Dolores había sido restaurada por unos compatriotas suyos y que ahora estaba lista para asumir las comunicaciones con la isla.

−Mejor que sea italiana a que no sea –dijo el compañero de viaje de Hammer.

−Así es, Italia –contestó animado Hammer− Los italianos saben cómo hay que hacerlo, capito!

Al fin y al cabo esa antigua embarcación había estado ya dos veces durante meses en un taller de Denia. Y las malas lenguas afirmaban que la nunca volvería. Dique de carena, chatarra, el fin fatal de una época que volvería jamás. Hammer se sentó con el matrimonio en una mesa del bar del atracadero. Pidieron café con leche y hierbas sólo para Hammer. Éste echó mano del último Gitanes con filtro que le quedaba. Al fin y al cabo ese no era el momento adecuado para dejar de fumar.


−Nosotros venimos desde hace treinta años a Formentera –dijo el marido− .Por entonces la Joven Dolores ya llevaba tiempo circulando. Fue la primera embarcación que transportaba, algo es algo, 3 coches por viaje a Formentera. Estos tenían que subir a bordo a través de una ancha tabla y luego eran levantados y colocados a los lados a punta de mera fuerza bruta –Con sus brazos y hombros hizo una demostración del impulso que tomaban para levantarlos−. Uno a la izquierda, el otro a la derecha, hasta que en la mitad había suficiente espacio para el tercer coche.

La esposa completó riendo:

−Si las circunstancias no eran favorables, es decir si se trataba de vehículos anchos, al último conductor no le quedaba más remedio que permanecer sentado en su coche porque las puertas no se podían abrir. Esto podía ser aburrido –dijo abriendo manos y antebrazos en un gesto de lástima− y si a eso le añades el calor que llegaba a hacer cuando el sol quemaba y sobre todo cuando había mala mar…−Luego efectuó con ambos antebrazos un movimiento de columpio− Entonces era terrible porque al último conductor, al del coche de en medio, no le quedaba más remedio que vomitar entre las dos puertas de los coches sacando la cabeza por la ventanilla.

Hammer ya sabía por experiencia propia que cuando había viento fuerte, la travesía podía convertirse en un balanceo infernal.

Ese día de octubre sin duda no sería así. La dársena yacía lisa como un espejo bajo el sol de la mañana, a lo lejos, a la derecha el enorme ferry Tenerife; adelante a la izquierda, los innumerables mástiles de los barcos de vela contrastando con el cielo azul. Algunas gaviotas planeaban blancas sobre la pintoresca fortaleza. Un día de ensueño, cálido y prometedor, el mejor de los mundos volvía a ser suyo.

−¿A qué se dedica usted profesionalmente? –preguntó el hombre.

Hammer empezó a contar alegremente:

−Tengo una empresa de guitarras, guitarras eléctricas. Pasa por momentos difíciles ahora mismo, en realidad es una historia increíble –Hammer desgranó un breve monólogo de pormenores y avatares de la empresa.

El Gitanes se le había apagado hacía tiempo.

−Disculpen, enseguida vuelvo –sacó unas monedas de euro del bolsillo de su pantalón y se dirigió al bar. Sentimiento de fracaso. Recordó cómo había vuelto a empezar: el primer cigarrillo tras un masaje placentero como supuesto acto de placer, luego gorreando aquí y allá. Y al final la amarga constatación de que volvía a tomarle el gusto al cigarrillo. «¿Me permite?» Y luego sorprenderse in flagrante en acciones deplorables. Cuántas veces había echado mano del paquete de tabaco de Werner mientras este se hallaba en ese momento delante de otro ordenador. Rápido una papelina, rápido una porción de tabaco. Luego bajar al taller, liar el cigarro, fumarse la mitad, apagarlo y esconder el resto maloliente. Siempre manteniendo la esperanza de que eso no fuera más que un arrebato, un breve desajuste superable en cualquier momento, no problem.

Al poco tiempo no pudo por menos que pescar colillas del cenicero, recomponerlas y encenderlas con el mechero que incomprensiblemente se hallaba en el bolsillo de su pantalón. De cuatro a seis caladas se le podía sacar aún a cada colilla. Decadencia abismal. Al final decidió optar por lo menos denigrante, es decir por la compra regular de cigarrillos y no mucho después por el consiguiente outing. Entreguémonos a ello, disfrutemos la caída en el vicio. ¿Plural? ¿Tampoco éste conseguía mitigar la dimensión de su fracaso? No way. Luego esas fases de la enmienda, de la abstinencia y recaídas a intervalos cada vez más cortos.

Hammer introdujo un euro y sesenta y cinco en el expendedor automático y sacó una cajetilla de Ducados.

−Todos estos son motivos por los cuales uno vuelve a fumar –le dijo a la pareja y siguió hablando de la crisis permanente de Werner con Gabi, de los escándalos diarios, las amenazas de destrucción de soporte de datos, su separación.

El hombre se metió un Gauloises a la boca diciendo:

−No hay nada que pueda justificar el fumar. Uno fuma o deja de fumar. A unos les sienta mejor, a otros peor –Apuntando con su índice a Hammer añadió−. Y quizás la mejor opción para usted sería dejarlo. Pues fuma usted como un carretero.

−Es cierto, en el fondo mi intención era dejarlo a partir de esta mañana. Maldita sea.

−Una bonita semana en Hamburrgho, ¿eh?  −dijo alguien en la mesa de al lado en dialecto− Gente muy maja. Y todo tan barratho.

−¡Y el río Alster y la lonja!  Edificios herrmosos, todo… −Eran de nuevo los tres tipos del avión.

En la mesa del otro lado se repantingaban una pareja de jubilados holandeses en sus sillas de plástico y orientaban sus cuerpos hacia el sol. Él en bañador con el torso fofo y desnudo y ella otro tanto, solo que con un sujetador absolutamente minúsculo cubriéndole los senos apergaminados, en resumen un espectáculo repugnante. Hammer pidió un palo y pensó si debería derramar una parte de esa bebida marrón sobre el jubilado. El perjuicio no habría sido grande, pues prácticamente no llevaba ropa encima. Pero el calor de la mañana hizo que se sintiera sencillamente de buen humor. La temperatura sería en ese momento de unos 22 grados, después de los 4 de la noche anterior.

Hammer siguió contando:

−Bueno, yo quedé atónito. De golpe y porrazo entendí: esta ya no es mi empresa. Zas, se acabó. Todo lo que esté por debajo de los 50% es basura, minoría, dependencia. Le estuve dando vueltas a este pensamiento durante varios días y por fin volví a echarle un vistazo a los extractos bancarios. Y cuando vi el anuncio de proceso de ejecución por parte del seguro, me cayó la venda de los ojos: hemos quebrado, totalmente –exclamó Hammer con voz tan fuerte que casi se asustó de sí mismo.

El camarero se acercó trayendo el palo. Hammer miró hacia la izquierda donde estaba la pareja. El hombre se había echado aún más hacia atrás en su silla.

−No puedo verlo. Pero da igual.

−¿No es asqueroso? –dijo su vecina de asiento.

Hammer sintió surgir en él una fuerte simpatía hacia esa mujer.

−En cualquier caso les dije que declararía el concurso de acreedores si no aprobaban hasta tal y tal día nuestra separación bajo las condiciones propuestas por mí.

El hombre medio desnudo se untaba crema protectora. Hammer miraba el vaso del palo.  ¿Y si ahora hiciera el indio en toda regla? ¿Si armara un escándalo con unos vulgares holandeses completamente anodinos que se desmadran en un ferry español? Hasta podía ser gente buena que simplemente no sabe comportarse mejor. ¿Hay que combatir la ignorancia por todos los medios?

−¿Sabe qué? –dijo el vecino− Ahora vamos a viajar juntos a Formentera. Usted es un tipo agradable con un destino difícil de llevar. Creo que mi mujer y yo, que somos mayores que usted, vamos a proponerle espontáneamente que nos tuteemos.

−Muy bien, me llamo Gerd.

−Yo soy Alfred Starkowski y ésta es Marianne, mi mujer –dijo Alfred sonriendo y tendiéndole la mano a Hammer. Marianne hizo otro tanto.

−¡A vuestra salud, pues! –brindó Hammer y se echó el palo al coleto−. Si el estar con vosotros no fuera tan agradable… habría cogido la bebida y la habría vaciado sobre la barriga desnuda del de al lado.

−Hombre, Gerd, tengo la impresión de que ese asunto te llega hasta la médula. Demasiado odio perjudica la salud –dijo Marianne.

−Hablando de odio: deberíamos levantarnos y dejar que esta gente haga lo que se le venga en gana. La Joven Dolores está a punto de zarpar –Hammer dirigió a los holandeses la mirada más despectiva de su repertorio.

Cogieron sus maletas. Alfred y Marianne tenían unas con ruedas. Hammer cargaba una pesada. Demasiados chismes para tan pocos días. Laptop, impresora y un montón de libros. Quería planificar, estructurar, pero también simplemente leer, leer placenteramente.

Al menos eso. Él, el despedido Gerd Hammer, en una mañana soleada a bordo de un viejo y prestigioso barco de madera, se disponía a disfrutar aquí y ahora de una travesía  que durante mucho tiempo le había estado vedada al resto de turistas. Y ya solo el hecho de saber que él estaría pasando esos días en Formentera, mientras ellos, imbéciles abúlicos que habían creído que podían tirarlo por la borda, en el colmo del estrés y presas de angustia existencial tendrían que rendir cuentas en Hanover al síndico de la quiebra, los pondría en su lugar y los haría conscientes de su vilísima vileza.

  Bien así, pensó Hammer. Y por lo demás, vamos a emprender la persecución. La isla es pequeña y ya habrá ocasión de atisbar también la cabellera de rizos largos y oscuros. Maldita sea, tenía que llamar a Luisa. En la cubierta echó mano de su móvil y tecleó la «L» y dándole a la flecha que apuntaba hacia abajo llegó hasta Luisa Formentera.

−Tengo que volver a telefonear –dijo en tono rezongón a Alfred y Marianne.

«En este momento no…» ¿Cómo podía ser? El mensaje del sistema digital español. ¿Cómo podía ser que ella no estuviera disponible? Había dicho que lo recogería en el puerto. El día anterior habían hablado por última vez.

            Marianne y Alfred estaban sentados en la parte anterior de la cubierta. Hammer volvió a unírseles. Nunca era capaz de juzgar adecuadamente ese tipo de contactos establecidos durante los viajes. Estos dos le caían bien. No sólo porque le habían propuesto el tuteo. Tenían buen talante y eran personas maduras y simpáticas. Y eso que según su aspecto exterior correspondían a una categoría que él tenía almacenada en su cerebro desde hacía mucho tiempo como la de seres de otro mundo. Seres de pelo blanco con los que normalmente no tenía mucho que ver ni que lidiar.

            Y ahora cuando se miraba al espejo, veía que no estaba lejos de tener un aspecto similar. ¿Y acaso no era así que la gente mayor, mientras estuviera mentalmente en forma, tenían cosas mucho más interesantes que contar que los jovenzuelos? No obstante, no estaba del todo seguro si aquello sería el comienzo de una buena amistad o sólo una relación pasajera. No importaba, en cualquier caso se alegraría si los volviera a ver en la isla.

            −No logró comunicarme. En realidad tendría que recogerme. ¿Queréis una hierbas?

            −Bueno.

            −Para mí es tradición –dijo Hammer y se dirigió al bar del barco. En el interior todo estaba casi igual que antes. Sólo el bar resplandecía con brillo metálico, la imponente barra de granito oscuro y línea curva estaba iluminada por unos veinte rayos de luz que emitían las bombillas halógenas instaladas en el techo. En los enormes bafles salía una música de discoteca un poco demasiado alta. Rias baixas / Tapas Especiales ponía en un pequeño cartel a la derecha de la barra, km 5. Cogió las tres hierbas en vasos de plástico, admiró la extraordinariamente moderna instalación de aire acondicionado a la derecha de la escalera y volvió a salir.

            Sonó el móvil.

            −Odio este chisme –se disculpó Hammer levantándose de un salto y escudriñando afanosamente en el bolsillo de su chaqueta de cuero para luego acercarse rápidamente el aparató a la oreja.

            −Gerde –oyó decir con claro acento milanés−,  where are you?

            −Ciao Bella, I´m on the boat right now.

            −Listen, Gerde. I have a big problem. My husband arrived here yesterday in the evening in order to stay for the weekend.

            −How, Jesus Christ.

            −He isa not Jesus. But, we must wait until Monday, caro mio –dijo en tono suplicante.

            −Oh, Luisa, please call me any time you can!

            −I do, of course, sorry, very sorry. I cannote helpe.

            −El marido llegó ayer inesperadamente a la isla. Visita de fin de semana –Alfred y Marianne habían escuchado la conversación.

            −¿Una mujer casada? ¿Inglesa? –preguntó Marianne riendo− Ah, eres de esa clase de pillos.

            −Italiana. A veces las cosas vienen como vienen –respondió Hammer con una frase un poco insulsa y se encendió otro Ducados. El siguiente sorbo de hierbas le produjo un violento ataque de tos.

            −Vaya, ¿es por fumar o es que te has atragantado? –le preguntó Alfred dándole unas palmadas en la espalda.

            Estas dos personas de algo más de sesenta años habían permanecido jóvenes y eso era lo que a Hammer le gustaba de ellos. Él con su tos se sentía mucho mayor que ellos, a punto de palmarla. Pero se recuperó enseguida.

            −¡Maldito tabaco! –jadeó Hammer.

            −¿Sabías que en realidad nos dirigimos a una zona peligrosa? –preguntó Alfred riendo con un aire sabedor en los ojos azules.

            −¿Por qué? ¿Qué quieres decir?

            −¿No lo has leído en el periódico? –preguntó Marianne.

            −En las últimas semanas no me ha dado tiempo de leer siquiera un periódico. ¿Pero qué ha pasado?

            −Bueno, verás –dijo Alfred dándose importancia−. En Formentera han muerto nada menos que dos personas de disparos de bala.

            −¿Qué, cuándo, por qué? –preguntó Hammer ansioso.

            −La semana pasada y la antepasada. Un ex alcalde y un desconocido. Y no se sabe por qué. A lo mejor, asuntos de la mafia.

            −Pues tendremos que estar alerta y cuidarnos mutuamente en mi isla –dijo Hammer.

            −Vaya, tú también. A menudo oigo que la gente habla de su isla –dijo Alfred-. La palabra isla parece desencadenar en la gente una especie de impulso de ocupación arcaico. Un terreno rodeado de agua que puede ser conquistado como propio y del cual hasta se puede expulsar a los anteriores dueños.

            −Sí, algo así como un cuadrilátero de boxeo de grandes dimensiones –Hammer se rascó la nuca−. Pero antes, en el avión vi un titular del tabloide teutón que decía: Dos vacacionistas mueren ahogados en Formentera –recordó−. Aunque esto tiene que haber sido otra historia.

            −Sí, claro. Pirata Bus. En esa playa a veces hay unas corrientes muy arteras. Se te llevan mar adentro y no puedes hacer nada. A la gente le entra el pánico, se ponen a patalear como locos, pierden la fuerza y se ahogan – Marianne efectuaba los movimientos correspondientes− Cuando lo que se debería hacer es sencillamente dejarse llevar. Simplemente sobreaguar tranquilamente. En algún momento la corriente te tira hacia la derecha y en la siguiente bahía puedes volver a nadar hacia la orilla, de veras. Pero, ¿quién va a saberlo? –dijo suspirando.

            −Pues que se mueran. Ellos mismos se compraron los billetes –dijo Hammer con sarcasmo berlinés como el controlador de tierra en una de sus películas favoritas ¡Aterriza como puedas! Luego pensó de nuevo en su embrollo. ¿Podía contarles a estos dos extraños que acababa de conocer cómo fingió haber sido víctima de robo con fractura en su coche, para así poder asegurarse todo lo importante?

            Se trataban de tú, pero ¿implicaba esto la suficiente confianza? Además, ¿qué iban a pensar de él, que compartían el banco en esa embarcación con alguien a quien al menos habría que tildar de pequeño delincuente? Y eso que no las había tenido todas consigo cuando en un barrio del sur de la ciudad había enfilado hacia un camino del bosque con una fuerte barra de hierro y un trozo de alambre de acero fino en el asiento posterior de su coche. No obstante, cualquier medio le había parecido bueno, cuando tuvo que constatar esa mañana que su llave de la empresa ya no abría la puerta de la misma. Había llamado al timbre, el zumbador había sonado, la puerta se había abierto, pero no había entrado. Obvio que había llegado la hora.

            Por la noche en efecto había introducido la barra de hierro por la junta de goma haciendo palanca para poder meter el alambre y desactivar el seguro de la puerta. Todas las huellas de los daños eran genuinas. A la mañana siguiente había acudido a la policía y había denunciado el robo con fractura en su coche, y puesto denuncia contra desconocido. Habían sido robados: archivadores, prospectos, un ordenador Macintosh con todo el equipamiento, el iBook, en que tenía almacenada toda la información de la empresa: datos sobre los productos, los proveedores, todo; si bien no en la versión más actualizada, sí con la suficiente vigencia como para poder montar con ello una nueva empresa.

            Qué mierda, se había lamentado ante Werner poniendo cara de inocente y casi con actitud sumisa le dijo: Imagínate. Me disponía a cumplir vuestra exigencia de traer a la empresa todo lo que a ella pertenece. Lo tenía todo en el coche y en la empresa ya no había nadie. Mi llave tampoco funcionaba ya. No pude entrar. Dejé mi coche aparcado en la esquina de casa y, mira tú, al día siguiente me habían robado todo. Enseguida fui a la policía, claro y lo denuncié. Aquí está el informe.

            −Ah sí, quería seguir contándoos lo de la quiebra –dijo Hammer retomando el hilo. No estaba seguro de que estuvieran interesados en este tipo de cosas, pero le sentaba bien desahogarse un poco. Se llevó otro Ducados a la boca y decidió que frente a Alfred y a Marianne sólo mencionaría que había copiado todos los datos de la empresa− Entonces… Eso es lo que se hace en casos así, ¿no? Y en la fecha establecida por mí, claro, no pasó nada. Por la mañana cogí mis documentos y me fui al juzgado. Una sensación extraña, no lo niego. Entras, te encuentras en efecto ante una ventanilla de información, das los buenos días y dices que quieres declararte en quiebra. ¿A dónde debo dirigirme? El empleado del juzgado puso una cara extraña.

            Hammer encendió otro Ducados y se odió a sí mismo.

            −¿No es hermoso estar viajando en esta Joven Dolores? –dijo interrumpiendo su relato.

            −Si se contempla desde una óptica puramente de cálculo empresarial, un viaje con la Joven Dolores es una hora de vacaciones y el viaje con el rápido, media hora de tiempo desperdiciado –analizó Alfred.

            −Así es exactamente.

            −A propósito, quería saber lo que has pagado por tu vuelo.

            −145 euros –respondió Hammer.

            −Nosotros cada uno 66 euros. Un muy buen precio incluidas las tasas.

            Hammer tragó saliva. Alfred le dirigió una mirada examinadora y de repente soltó una carcajada.

            −¡Que va! Pagamos incluso más que tú. Pero siempre queda bien mencionar una suma en torno a los sesenta euros ante compañeros de viaje. Se ponen de todos los colores. Rio.

            Hammer estaba satisfecho, se concentró de nuevo en el mar, en mirar hacia atrás a la gran isla de Ibiza que en esa dirección ocupaba el horizonte como si fuera una montaña de mediano tamaño, miró hacia adelante, hacia el sur. Su isla yacía ahí, plana en la lejanía, aunque casi alcanzable.

            −¿A qué os dedicáis profesionalmente? –preguntó de repente.

            −Soy banquero –respondió Alfred− Jubilado. Fui director del departamento de marketing y publicidad.

            −Entiendo, entiendo. ¿Y tú, Mary Anne?

            −Tengo una pequeña galería de arte en Gelsenkirchen.

            −¿La cuna del barroco? ¿Y qué vendes en tu galería?

            −Cuadros y cerámica.

            −Pues tengo que ponerte en contacto con mi amiga italiana. Luisa y Marianne. Luisa tiene una producción de cerámica en Cremona.

            −La cuna del turrón –contraatacó Marianne− No es que sea un negocio muy lucrativo, pero con su pensión de Alfred tenemos un buen pasar.

            −Ah sí, sé cómo es eso. Igual que en el caso de Luisa.

            −¿Qué dice tu banco del asunto de tu empresa? –preguntó Alfred.

            −No tenemos muchos créditos contratados.

            −Muy bien. Pero tienes que estar al quite. En cuanto estos huelan que las cosas os van mal, no se andarán con chiquitas. Los bancos siempre derrochan simpatía, pero son duros como el hierro. Lo sé por experiencia –dijo sonriendo y pasándose la mano por su blanca cabellera rizada.

            −Mira, ahí atrás a la izquierda se ve La Mola –dijo Marianne−. Y eso de ahí a la derecha debe de ser La Playa en Bossa –dijo señalando la destruida costa ibicenca.

            −Quizás es eso lo que hace que Formentera resulte tan fascinante –dijo Alfred−, que uno todavía tiene que venir en el balanceo del barco de la isla grande a la pequeña, la experiencia directa del cambio de lugar. Mientras que en el avión sólo estás sentado como ante el televisor y lo que pasa fuera no acaba de ser realidad.

            −Brun, brun y listo –aprobó Hammer.

            −En cambio toda esta mecánica del barco –continuó Marianne−, la recogida de las amarras, los ruidos que puedes identificar y que te dicen algo, el murmullo del motor, el chisporroteo de la espuma en la popa, el olor a diésel y el aroma salado del mar.

            −Cierto –exclamó Hammer− en el avión ni siquiera hay olores, salvo el de humo del cigarrillo y el de los aftershaves desagradables. Y aquí cuando te colocas en la borda y cierras los ojos, hasta puedes calcular la velocidad del barco por la inmediata cercanía del agua. En el avión lo único interesante es el despegue y el aterrizaje, lo demás no.

            −Y aquí los contornos en el horizonte son mucho más cercanos que a diez mil metros de altura –dijo Alfred entusiasmándose.

            Se había generado una euforia general de fin de viaje.

            Sonó el móvil. Hammer volvió a saltar.

            −Gerde, I´m so sorry! Dispiace!

            −Don´t worry –le dijo Hammer con propiedad−. I´ll stay at the Pitiüses in San Fernando, opposite the Bar Verdera on the main Street. You can reach me any time.

            −Just, I want to see you asa soon asa possible!

            −Of course –dijo Hammer pensando de repente en la majestuosa cabellera de rizos oscuros y volvió a llevarse un Ducados a la boca.

            −I´ll call you again soon.

            Hammer prosiguió con el relato del drama de su empresa.

            −¿Dónde estaba? Eso: en la quiebra. Probablemente la demás gente que se declara en quiebra va a hacerlo en otro estado de ánimo. Yo llegué ahí en sandalias, vaqueros y chaqueta raída al juzgado. Supongo que la mayoría se pone sus mejores galas para la ocasión queriendo compensar la vergüenza de tener que manifestar abiertamente su fracaso. Yo, en cualquier caso, estaba muy relajado y declaré todo oficialmente y con todas las de la ley. El empleado del juzgado tomó nota y todo quedó arreglado y firmado. Luego regresé a la empresa. Ahí estaba ya mi querido Werner sentado en mi despacho, ese pobre diablo con su actitud de hombre enfermo y sacudido por la vida –Hammer se levantó e imitó la postura de un tullido−  me pregunta con suma estulticia como si no quisiera creérselo: «Y bien, ¿has hecho la declaración?»

            Hammer torció el gesto haciendo una mueca tonta.

            −Sí, dije. Como acordamos. Y entonces el hijoputa va y saca un papel del bolsillo de su chaqueta, lo desdobla y entregándomelo dice en tono agrio y cabreado: «Entonces, toma nota de esto». Esos pusilánimes fracasados de tres al cuarto ya se habían buscado hacía tiempo un abogado. De él era el escrito que me presentaba, redactado con terminología jurídica pulcramente elegida en el que se me despedía sin previo aviso por motivos de peso. Prohibición de entrar a la empresa, reclamación por daños y perjuicios, exigencia reiterada de devolver sin demora todos los documentos de la empresa a la sede de la misma, etc.. En ese momento faltó poco para que le diera un puñetazo, pero al final di media vuelta y me marché con un: «Que os follen».

            Hammer bebió de un trago el contenido del vasito de hierbas, apagó la colilla en un cenicero recién estrenado de aluminio pulido y sintió un leve mareo. La Joven Dolores avanzaba traqueteando a buen ritmo por entre las aguas mansas, ya habían dejado atrás los acantilados de Espalmador orientados hacia Ibiza. Adiós a la pesadumbre alemana. Pasara lo que pasara, en Formentera estaba a buen recaudo. Pero, ¿qué era eso que se divisiva al otro lado?

            Vio gente desplazándose de la punta de la isla de Formentera hacia Espalmador. El pequeño tómbolo que separaba las dos islas parecía haber sido terraplenado y afirmado. Increíble. En los quince años que llevaba visitando la isla nunca había vadeado ese trozo de agua; ahora por fin se lo había propuesto. Llegar una vez hasta Espalmador, esa era su intención, sólo por no dejar. Aunque, ¿para qué? Una mini isla, quizás de 500 metros de longitud, con yates y speedboats procedentes de Ibiza en la minúscula bahía con playa de arena; al parecer también Juan Carlos aparecía a veces por ahí. Foget it! ¿Qué era esto ahora? ¿Daría el paseo en los próximos días, sin vadear? ¿O Espalmador había quedado definitivamente enterrado y borrado de su lista?

            Divisó el molino de sal, faltaban diez minutos, a dos kilómetros en línea recta estaba la costa donde aterrizaban los pijos alemanes que abandonan en lanchas rápidas su isla, el terreno que con orgullo consideraban suyo, para poder fardar de la increíble libertad de la que supuestamente gozan de poder desplazarse en un salto hasta Formentera, gastando 300 litros de gasolina para luego anclar en una playa de arena cualquiera supercool o en una bahía, como no la hay más que en Formentera −un sitio sin hoteles, sin paseo marítimo ni farolas costeadas con dineros de la UE, sólo arena, playa− y luego, a lo mejor borrachos perdidos, ponerse a follar en las dunas y a continuación acercarse al chiringuito más próximo: rondas de Moet, Codorniu, gambas, langostas para aquí, langostas para allá. Y luego caer largos cual langostas, descerebrados que hasta habrán instalado en su embarcación una cabina bronceadora para nunca palidecer.

            El esposo que llega en avión desde Cremona, no te jode. La tuvo ante sus ojos, plásticamente, cimbreando las caderas de un lado a otro, vio sus cabellos y las incomparables arruguillas de la risa en su rostro. En diez minutos bajarían del barco y no habría encuentro. Hammer tendría que tomar un miserable taxi hasta San Fernando.

            −¿Cómo os desplazáis del puerto hasta vuestra casa? –les preguntó Hammer a sus compañeros de viaje.

            −Te llevamos. Tenemos un coche grande y, si todo funciona,  está en el puerto.

            −Qué bien. El coche del hijo.

            −Para algo tienen que servir los hijos –gruñó Alfred.

            La punta del puerto estaba a tiro de piedra. Hammer recordó cómo había atracado allí la primera vez. Por entonces eso no significaba aún gran cosa. El puerto de Formentera no era para nada espectacular. Quería decir simplemente que uno había llegado. Aunque al menos inmediatamente el panorama era abarcable y simpático. Ahora era muy diferente, más intenso, un breve cosquilleo en torno al corazón. Las palmeras importadas daban risa, sin embargo, había una cierta promesa cuando tu barco avanzaba traqueteando  a lo largo del muelle, al otro lado los barcos de vela y los yates. Sentimiento de holganza; un lugar que augura buenos tiempos.

            −¿Quieres acabar de contarnos tu historia mañana en el desayuno? –preguntó Marianne que bajaba tras él la escalerilla de la Joven Dolores.

            −¿Dónde desayunamos? ¿En el bar Verdera?

            −No, el bar Verdera es demasiado ruidoso –contestó ella casi indignada−. En San Francisco, en el Matinal o en la Estrella.

            −Ok –respondió Hammer−. El primer café me lo tomaré en San Fernando, pero luego me acerco. ¿A las once y media va bien?

            −Buena hora –Depusieron las maletas y Alfred se dirigió al aparcamiento a recoger el coche. Al poco llegaba en un Mercedes diésel color amarillo.

            Bonito, el trecho de carretera recto hasta San Francisco, abajo a la izquierda el lago de sal, Ibiza, como una cordillera ancha y plana, al fondo, a la derecha cercas de mampostería, a la orilla de la carretera el tendido eléctrico y de teléfono, algo flojo. Arbustos de pita, todavía uno que otro molino de viento, unas cuantas naves industriales a izquierda y derecha, luego el taller de Schoppi a la derecha con las serpientes, payesas y reptiles de colores hechos de hormigón.

            Al poco rato estaban entrando en la glorieta de San Francisco, la que era hasta la fecha la única rotonda de la isla. ¿Qué era esto? Los resaltos a la salida de la localidad que desde hacía pretendían hacer que los conductores fueran más despacio, habían sido como apartados de la calzada, a izquierda y a derecha había varios montones de segmentos planos en la cuneta. ¿Había entrado en razón esta gente? ¿Acaso había ganado la estadística? ¿Más accidentes en la ciclovía? En fin, daba igual…

            Luego la carretera presentaba un leve descenso con curvas no muy pronunciadas; a la izquierda, el cementerio y un poco más adelante, en el mismo lado, la nueva gasolinera; el cielo azul arriba a la izquierda, adelante, arriba a la derecha, en todas partes, lógico! Y ya estaba ahí San Fernando, o San Ferran en catalán, una localidad sin la más mínima pretensión, un conjunto de casas de la posguerra pintadas de blanco, ni la sombra de modernismo, ausencia de balaustradas o miradores como en Barcelona o Palma, nada que parezca amable, sencillamente un pueblo español feo y polvoriento y así y todo: para Hammer el pueblo de los pueblos, el mejor del mundo. Y también aquí a la entrada del pueblo habían retirado los topes de la calzada. Parecía como si acabaran de hacerlo.

            Alfred detuvo el Mercedes a la derecha, delante de la Pitiüses. A Hammer le sobrevino, a pesar de la alegría, un gran cansancio. Bajó del vehículo, tiró de su pesada maleta, les dio un abrazo a los dos compañeros de viaje, enfiló hacia el bar Verdera y se arrastró hasta la pensión. La recepción estaba en el primer piso. Ni un alma. La foto del fallecido Bob colgaba en el lugar acostumbrado. El viejo de sonrisa tímida, como trasfondo, el lomo de muchos libros.

            En el momento en que se daba la vuelta para ir en busca a algún miembro del personal abajo en el bar, llegó Nancy subiendo la escalera.

            −Gerd, estás de nuevo aquí.

            −Qué le vamos a hacer –le dijo a la holandesa−. ¿La 204 está libre todavía?

            −Sí, como si hubiera sabido que venías. Como siempre con vista al bar Verdera incluida.

            Él se restregó los ojos, rezongó un: «Tengo urgencia de dormir». La mujer le dio la llave y él subió al segundo piso. Atravesó el estrecho pasillo hasta la 204, tiró la maleta sobre la cama derecha, estuvo bregando con el cerrojo derecho hasta que al fin cedió, sacó el aparato de alimentación y enchufó el móvil  para recargarlo, corrió las cortinas, encendió un Ducados y se dejó caer en la otra cama.

            Ahí estaba de nuevo para la acostumbrada estancia en el centro de reclusión. Llegada habitual, adjudicación de la habitación, y luego régimen abierto para pasear por el parque más pequeño del hemisferio balear…

            Cayó en una especie de duermevela y empezó a soñar. De nuevo estaba en los arrecifes de La Mola con camiseta roja, ¿qué hacía ahí? De nuevo Werner dirigiéndose hacia el abismo. Hammer volvía a saltar, pero Werner se daba la vuelta, esquivaba el puntapié de Hammer torpe pero eficazmente, le agarraba la mano y se la mordía, el muy imbécil. Un fuerte dolor en los dedos, Hammer pegó un respingo. El Ducados le había producido una pequeña quemadura. Hammer corrió hacia el lavabo a mitigar el dolor con agua fría, asustado de que a lo mejor le habría podido pasar lo que a Steve Marriott, el viejo, el cantante de la Small faces que él admiraba y que acabó quemado en la cama. Luego se acostó sobre el colchón y en segundos se durmió.

II

Noche profundamente oscura, diez y quince. Todo el día durmiendo. Hammer se deshizo de las sábanas. Hora de ir al pueblo, sin falta. Aún tenía puesta la ropa de viaje, se desvistió por fin, se metió bajo la ducha. Mucha agua sobre el cuerpo. Estupendo ser un hombre más o menos libre. Sonó la melodía del móvil. ¿Por qué no se lo había llevado consigo al baño?

            Cerró el grifo del agua, secó con las manos una buena parte de la humedad de su cuerpo y corrió hacia la cama.

            −Caro mio. I have a Little time. My husband telephoned a friend and is gone to La Sabina to meet him in the port.

            −Perfecto –exclamó Hammer−. I can´t wait to see you.

            −Listen, Gerde. I am in the Fonda Pepe now. We can meet on the Church place.

            −5 minutes! I am just in the bathroom. I´ll put on my things and hurry up.

            −Ciao –dijo ella alargando las palabras como suelen hacerlo todos los italianos del norte.

            Hammer volvió precipitadamente al baño, acabó de quitarse los restos de jabón bajo la ducha, se secó, no se puso desodorante ni perfume, nunca lo hacía en Formentera, abrió de un tirón la maleta y se enfundó rápidamente la ropa limpia. Cerró la puerta, bajó corriendo la escalera y salió al aire tibio de la noche. Eso era lo que buscaba: salir sin chaqueta en una noche de octubre. Sólo unas cuantas personas mayores seguían sentadas en el Verdera, seguramente bebiendo coñac.

            Pasó de largo frente al que fuera su taller, ahora claramente iluminado, en la calle St. Jaume. En ese momento no quería saber nada de luthiers ni a aspirantes a hacerlo. La pubertad les dura 20 años más que a las personas normales, se le ocurrió pensar de repente a modo de tesis. En diagonal al taller se hallaba un parque infantil recién construido. En una gran inscripción se le denominaba Parc Infantil Bob Baldon. Un bonito reconocimiento para el fallecido Bob que gestionó con gran cariño durante casi cuatro décadas su biblioteca circulante detrás de la Fonda. Las contribuciones de Hammer a esta institución auténticamente cultural de Bob habían sido una selección de obras de Henscheid y Frank Schulz, así como todos los libros de Douglas Adams.

Hammer dobló a la izquierda, se dirigió a paso rápido hacia la Fonda pasando frente a la pizzería y a la taberna de Felix. En ese breve tramo se topó con al menos 12 caras conocidas. Una de ellas lo hizo dudar. ¿Era Klaus? Si lo era, algo no le cuadraba. El hombre que parecía serlo, era delgado y espigado. Klaus era un tipo con aspecto bastante ursino. En fin, daba igual. Hammer siguió caminando deprisa. Mucha animación. La vieja bombilla iluminaba como siempre desde el techo el rincón anterior de la casa que albergaba la Fonda. Y ahí, justo en el rincón del muro estaba sentada ella, la de los rizos oscuros, hermosa y acompañada por los tres tipos del barco.

            Pasó de largo, en dirección a la iglesia. De repente estaba tan nervioso que no estaba seguro de poder reconocer inmediatamente a Luisa entre un grupo de mujeres después de tanto tiempo. De súbito se le había esfumado su imagen, sus arruguillas de la risa. Dobló a la derecha hacia la plaza de la iglesia y ahí estaba ella, sola, en la oscuridad. No doubt. Hammer avanzó.

            −¿Cara mia? –Ella dio un paso hacia adelante, sus manos se juntaron, los dedos se entrelazaron, los brazos se abrieron; una mirada larga y profunda, por primera vez él sentía su cuerpo.

            −Caro mio –dijo ella como siempre al teléfono.

            Él miró sus ojos marrones, ambos se enfocaron mutuamente, como incrédulos. Ese recuerdo imaginario de Estrómboli, esa encarnación repentina de una voz telefónica reencontrada tras sofisticadísimos intentos, hecha realidad aquí y ahora, corpórea, tangible, carne y figura.

            De repente empezaron a besarse desaforadamente. Hammer estaba excitado. Sorprendido se dio cuenta de que su mano derecha se había quedado enganchada del trasero prieto y redondo de ella. Era agradable palparlo, muy agradable, lo tenía fabulosamente prieto, algo más compacto en la zona de la cadera, y qué importaba…

            Hammer metió su pierna por entre los muslos de Luisa, ésta suspiró. Él casi se sorprendió un poco de verse asaltado por un fuerte deseo. ¡Oh, qué salto repentino de la fantasía a la tangible realidad!

            −Oh, caro Gerde –exclamó ella conteniendo el aliento−. We have to wait until Monday. He will leave in the afternoon. I´ll be there for you then.

            Para terminar le cerró la boca con la suya y la forma cómo ella presionaba su lengua contra la suya, despertó el fuerte deseo de raptarla sin más, de apoderarse totalmente de ella y llevársela aunque fuera a su habitación de las Pitiüses.

            −Oh, Luisa.

            −Oh, Gerde, I have to go now –Las yemas de sus dedos lo acariciaron agarrándose y retirándose a la vez, le dirigió por último una mirada encendida y desapareció.

            Él se sentó ardiente y convulso en el muro de hormigón cercano a la puerta de la cocina de la Fonda. Vivo deseo. Ardor. Esa mujer, esa increíble pasión escondida tras la fachada más bien fría de una italiana del norte. Grandes cosas estaban por suceder.

            Que si excitación, que si tal que si cual, Hammer la tenía dura, pero Hammer tenía hambre. No había desayunado más que el snack plástico que le habían dado en el avión, no había comido al mediodía ni después. Se levantó con la intención de echarse algo sólido entre pecho y espalda. En la barra de la Fonda se encontró de frente con Paul, el Manopla que estaba reclinado en la columna del centro de color verde menta.

            −Hey, Gerd, ¿quieres reponer fuerzas?

            Ay, qué mierda,  esa infesta verborrea de hippie viejo. ¡Todo menos dejarse engatusar! Paul nunca había sido santo de su devoción, y no solo por el gorro de ganchillo multicolor que llevaba en la cabeza. El tipo era un lameculos. Y sin embargo, a Hammer le resultaba una y otra vez fascinante estrechar su mano; hoy también era como coger un filete de carne fría.

            −Espero remesas legales –repuso en estilo de la nueva onda de Hanover para poder seguir moviéndose sin ser molestado, pues Paul no entendería esa jerga ni preguntaría por su significado quizás porque no le interesaba saberlo.

            Próxima estación: la heladera. Ahí estaba Andrea que enseguida abrazó a Hammer.

            −Gerd, ¡qué bien que estés aquí de nuevo, príncipe mío!

            −Vaya, cómo es que estás aquí, TÚ, la más dulce de todas las chicas −Y eso que Hammer no tenía nada que ver con Andrea, era sólo un escarceo íntimo basado en la mutua simpatía, a veces hasta impúdico, una forma de interacción a la que se habían acostumbrado a lo largo de los años. A lo mejor era precisamente ese ritual el que había impedido que la relación fuera a más; en cualquier caso, había diversión por ambas partes, y también los testigos de esos tiroteos de palabras la disfrutaban.

            −Mi girl con el culo más majestuoso de todo el hemisferio occidental –fanfarroneó Hammer−. Tengo que comer algo con urgencia. En ese mismo instante divisó en la parte posterior del restaurante a Alfred y a Marianne.

            Al entrar echó un vistazo al mostrador de vidrio situado a la izquierda de la puerta. No more fish,  se había acabado el pescado. Qué pena, había dormido demasiado. A la izquierda en la cabecera de una larga mesa, Schoppi bebía un sorbo de su café; desde la derecha lo saludó Irene fumando. Hammer le devolvió el guiño y continuó camino hacia los dos compañeros de vuelo sin detenerse.

            −Mira por dónde. Nos vemos doce horas antes de la cita concertada. Qué bien que estéis aquí –dijo Hammer saludando a la pareja−. Tenéis que servirme ahora de base sólida −Siguiendo una inspiración, se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta, palpó la cajetilla de Ducados, la cogió entre el índice y el pulgar. No quedaba ni uno−. Enseguida vuelvo –dijo y, impelido por el vicio, regresó a la sala donde estaba la barra y el expendedor. Para sus adentros se maldijo a sí mismo. Una mañana de travesía, mucho dormir y así y todo ni un solo pitillo más que sujetar entre los dedos.

            Al menos esa ventaja tenía la cajetilla blanda de los Ducados: enseguida sabías a qué atenerte. Recordó el cabreo que se había cogido quince años antes cuando en las tiendas ya no vendían HB más que en cajetilla dura; las blandas sólo en los expendedores automáticos. Motivo suficiente para cambiar de marca y pasarse a una de mejor tacto. Ya por entonces se decantó por los Gauloises. ¡Oh, vicio, oh desperdicio! Como castigo sintió un leve dolor de cabeza, un malestar que de haber sido no fumador nunca habría experimentado en esta isla, independientemente de las cantidades de palo, San Miguel, vino tinto o demás que hubiera consumido en una noche.

            El paso de nuevo por la sala de la barra le pareció una carrera de obstáculos. ¡Todo menos detenerse! Sacar los Ducados de la máquina y volver a la compañía de esas dos agradables personas y disfrutar de una buena comida. En los altavoces sobre la puerta de entrada tronaba en ese momento Midnight Rambler de los Stones. En el expendedor automático ponía: no funciona. Cabreado se acercó a la barra. Delante de él, un hombre pedía algo, ¿era Klaus?

            −¿Klaus? –preguntó Hammer en voz alta.

            El hombre se dio media vuelta

            −A que te has llevado un susto –le dijo sonriendo con cara demacrada y chupada−. Pero al final no me reconoces.

            −Hombre, Klaus. ¿Eres tú de veras? –repuso Hammer sonriendo a su vez, pero sintiéndose de verdad desconcertado.

            −Me va como la mierda. Te lo cuento mañana en el bar Verdera. Ahora tengo que irme a casa. Sólo hice un alto para una cerveza.

            −La máquina no funciona –le dijo Hammer al camarero señalando el expendedor.

            −¿Qué cigarrillos quieres? –le preguntó este en un alemán impecable.

            −Ducados.

            Le dio una cajetilla.

            −Dos –dijo Hammer a posteriori.

 Otra cajetilla blanquiazul llegó a sus manos. Pagó el pedido y volvió rápido a la mesa.

            −Aún no acabó de aterrizar –dijo sin aliento dirigiéndose a Alfred y Marianne−. Todo el tiempo ocurren cosas. Te retienen para conversar contigo. Y yo sólo quiero estar aquí con vosotros, charlar y comer algo.

            −Es el alma. No puede aclimatarse tan rápido como el avión –comentó Alfred.

            −Las nuestras tampoco están aquí del todo –dijo Marianne divertida.

            −¿Conocéis a Klaus de Leverkusen? –preguntó Hammer.

            −Sí, claro. ¿Acabas de verlo?

            −Sí, ¿qué le pasa?

            −Cáncer –dijo Marianne en voz baja.

            −Uno muy artero, incurable –añadió Alfred−. Ya estaba claro hace seis semanas cuando estuvimos aquí la última vez.

            −Mierda –rezongó Hammer.

            −¿Qué hay de tu italiana?

            −Acabo de verla. Un encuentro breve e intenso –Hammer emitió un ruido jadeante de placer.

            El camarero se acercó y sacudió la mano de Hammer.

            −¿Qué tal, Ammer?

            −Todo bien –respondió el alemán y pidió un gazpacho y, a pesar de las noticias sobre la enfermedad de las vacas locas, el T-Bone Steak argentino−. Poco hecho, a la inglesa, con ensalada, en lugar de patatas.

            −Entonces puedes seguir contándonos lo de tu empresa –dijo Marianne dándole pabilo a la conversación.

            Hammer pensó durante unos instantes en qué parte del relato se había quedado.

            −Ah, sí. Os decía que estaba ahí fuera, despedido sin previo aviso. Ya habían cambiado las cerraduras. Tenía, claro, un cabreo enorme, pero cualquier caso no podía decidir nada teniendo la participación minoritaria. De modo que al día siguiente abrí mi nueva empresa, nuevo nombre, nuevo membrete, diseñado en Macintosh. Lo primero que hice fue escribirles a todos los proveedores desde mi dirección privada etcétera, etcétera. Fue un asunto muy peliagudo porque no contaba con demasiado dinero. Vendí todo lo que podía vender, sobre todo mi hermosa colección personal de guitarras. Tardé tres días en hacerlo en un guitar-oldie-show, pero al fin y al cabo por lo que me dieron me hubiera podido comprar fácilmente un nuevo BMW de la serie 3. Imaginaros la cantidad de dinero que hay en los bolsillos de uno de esos coleccionistas.

            Y eso que no le había sido nada fácil separarse de todas esas viejas Fender y Gibson de los años 60, una incluso firmada por B.B. King.

            −Que se le va a hacer –prosiguió Hammer−. Mientras Werner, su mujer y a lo mejor también la mía, tienen que presenciar cómo el síndico de la quiebra hace su trabajo y liquida toda la empresa, yo estoy aquí en Formentera esperando. Y para colmo, a principios de año murió mi madre. Una apoplejía. Zas, de golpe, de un momento a otro. En sí una muerte bonita. Mi madre era un caso  especialmente tenebroso. Pero eso os lo cuento otro día. Por consiguiente, me llegó una buena herencia, como quien dice otros dos BMW de la serie 3. Eso claro, me vino de perlas desde el punto de vista económico, una buena reserva. Ahora esa empresa en quiebra no me deja ni a sol ni a sombra. Yo por mi parte no puedo hacer nada, a mi mujer y Werner el agua les llega al cuello y no saldrán indemnes, pero todos podemos perder mucho dinero.

            −En Formentera aprendí a comer pescado –se oyó decir en la mesa de al lado en dialecto de Hamburgo.

            −¿Y tú, por tu cuenta, como Gerd Hammer, no puedes subastar simplemente el activo de la quiebra? –propuso Alfred− Así te deshaces de tus dos contrincantes. El nombre Hammer es en todo caso tuyo, si te he entendido bien, de modo que empiezas sencillamente de nuevo solo.

            −Es eso precisamente lo que he pensado hacer. Mi nueva empresa ya está registrada. Y en cualquier caso será otra cosa más estructurada. Un comercio al por mayor exclusivamente. Y si consigo recuperar la vieja empresa sin que me cueste mucho dinero, también está bien. Ya le he dicho a mi abogado que busque la manera. Que mande a un testaferro a la subasta y que intente superar toda oferta.

            La comida llegó. Hammer cortó un trozo del jugoso filete y se llevó el bocado a la boca con fruición.

            −Necesito ese equipamiento: mercancía, estanterías, báscula de correos, chismes de oficina, en fin todo lo que no tengo ahora.

            −¿Podría pasar que un competidor tuyo compre las cosas? –preguntó Marianne.

            Hammer se encogió de hombros.

            −No creo. Nuestro negocio tiene un grado de especialización tan alto que apenas nadie podría aprovechar estas cosas. A lo sumo los ordenadores. Pero si los compras nuevos vas a la segura, igual que con este filete de ternera.

            −Por cierto, hablando de comida –dijo Alfred y levantó el índice− han abierto un nuevo restaurante gallego donde encuentras ostras y todo tipo de pringosidades. Rias Baixas, hoy al medio día estuvimos ahí poco después de dejarte.

            −Sí, de veras fantástico –se apresuró a decir Marianne−. Estábamos en el supermercado frente a la cueva de estalactitas. Ya sabes esa cueva ridícula a más no poder. Y al lado mismo está el Rias Baixas. Unos amigos que nos encontramos en el super nos lo recomendaron. Algo estupendo, una mezcla de gallego e italiano, pero al fin y al cabo el que lo lleva es un gallego.

            −Pues sí, los italianos se hacen cada vez más fuertes, y para la muestra: la Joven Dolores.

            −Lo cual a veces no está nada bien –comentó Alfred−. Rompen los precios de la finca raíz porque compran todo, pero de veras todo, a precios exorbitantes. Los ricos italianos.

Alfred levantó las manos en actitud suplicante.

            −Y luego están los italianos de agosto. Son los mecánicos de coches de Turino, gente basta, desconsiderada, que se apoderan de todo y todo lo hacen suyo. Los del Blue Bar pueden contar la tira de historias al respecto. Como que de repente aparece un tropel de chicos y chicas que se comportan como si esa fuera su taberna, piden que les expliques todo acerca de la comida y la bebida, debaten acerca de la carta de vinos examinándola de arriba abajo, y al final piden una garrafa de agua y una pizza. O toman en alquiler una casa con cuatro camas. En agosto claro los despluman que es un placer. Porque eso también hay que verlo. Pero luego son doce los que se alojan en la casa y al final puedes hacer reformas y reponer todo lo que te han destruido.

            −Bueno, decidme, ¿qué ofrecen en el Rias Baixas? –preguntó Hammer con curiosidad.

            −Como te decía, Vicente, el dueño, es un gallego de Santander –dijo Marianne poniendo cara trascendental−. Y para lo que es España tiene una oferta enorme en comidas frías: no sólo judías verdes o espinacas en zumo de limón y aceite de oliva o cuscús con camarones, gambas sobre judías blancas. Todo estupendo, igual que la gama de verduras al vapor o en encurtido: alcachofas, zanahorias, calabacín, berenjenas, pimiento, español. Además vitello tonnato, italiano, bueno.

            Hammer tragó saliva.

            −Pero escucha lo que digo, el punto fuerte radica en las pringosidades de Galicia que son el no va más: pulpo, cocido y espolvoreado con pimentón y sal gruesa, servido caliente sobre una tabla de madera redonda, pulpo a la gallega, muy bien hecho, delicioso. Después ostras gallegas, son las mejores del mundo, mucho más carnosas que las demás, las conchas más redondas no tan quebradas –Alfred resopló placenteramente− Pero luego: percebes que los pescadores gallegos recogen en las rocas batidas por el oleaje, en los pequeños intervalos entre ola y ola. Descienden en rapel, agarran los manojos de moluscos que crecen en la roca y hacen que les vuelvan a subir antes de que la siguiente ola gorda del Atlántico se estrelle en el acantilado. Es peligroso. Por eso son tan caros.

            −Los percebes parecen patas de elefante en miniatura con un pico en el extremo superior –explicó Marianne−. Son así de grandes –señaló la medida de las dos falanges superiores del índice de la mano izquierda con el índice y el pulgar de la derecha−. Dentro tienen un músculo color naranja que se saca con un pequeño tenedor de dos puntas o con un mondadientes para poder comerlo, es buenísimo. Que te ofrezcan esto en Formentera es una revolución. Además, según el día hay diversos tipos de mariscos, caracoles, atún fresco, lonchas de pechuga de pato a la plancha con chili y cilantro fresco, resumiendo una increíble Meca de exquisiteces.

            −Bueno, en principio siempre me parece mil veces mejor cuando son gastrónomos del país los que se instalan aquí –dijo Hammer−, y no esos alemanes con sus tabernas para beber altbier y sus restaurantes con jardín. Eso que contáis suena fenomenal. Iré mañana.

            −También el surtido de bebidas es estupendo. Cuatro tipos diferentes de tintos Ribera del Duero, cualquier cantidad de Riojas, buenos vinos blancos y unas 10 clases diferentes de vino espumante, varias cavas Codorniu, champaña italiana, española, francesa, de todo.

            Hammer se había comido la última hoja de lechuga y se llevó un  Ducados a la boca.

            −Un carajillo –le pidió al camarero. Los otros dos subieron el pedido a tres−. Y la cuenta, por favor.

            −Bueno, nada contra la comida de la Fonda –dijo Hammer−, pero aquí dentro hace un calor insoportable. Quiero salir al muro a tomar un poco de aire fresco. ¿Os venís?

            −Querido Gerd –dijo Alfred−. Tienes ante ti a unas personas mayores. Nosotros nos vamos y dejamos a los filósofos que filosofen. ¿Nos vemos mañana en San Francisco?

            −Seguro.

            En el muro de la Fonda seguía habiendo gran animación. Hammer se sentó con su San Miguel en la mano y entabló conversación con Andrea diciendo:

            −Bueno, dulzura ¿cuándo podré penetrar por fin con mi miembro pulsante e incircunciso en todos tus orificios corporales?

            −Puedes empezar por el situado entre el dedo pequeño y el siguiente de mi pie izquierdo e ir haciendo méritos a medida que subas –respondió ella.

            −¿Ahora y aquí? –gimió él ruidosamente−. ¿No sería mejor que empezara por tu oreja? Guau…

            −No, por ahí no –resopló ella.

            Un bigotudo sentado a la izquierda escuchaba atentamente. Rituales extravagantes. Hammer empezó a sentirse un poco más en casa. Además sobre el muro de la Fonda había como siempre desde hacía años vapores de hachís en el aire y muchas de las chicas llevaban atuendos al estilo hippy. Bonito. El primer oficio que había ejercido Hammer en sus años mozos había consistido en vender hachís, actividad nacida naturalmente de su consumo propio. Bonita época. Noches enteras se las pasaba uno filosofando, bebiendo té y a veces descoyuntándose de risa.

            Pero de eso hacía mucho tiempo y el costo ya no le hacía más efecto que un buen somnífero. Pero para Hammer el que cada quien bebiera y fumara lo que le apetecía seguía formando parte del buen sentido de la vida y por lo visto, ahí y en ese momento no había prohibiciones, amonestaciones ni reglamentaciones. ¿Tendría algo que ver con el gobierno ecologista?, pensó Hammer. Que va.

            Luego miró hacia el hostal que quedaba frente a la Fonda y se dio cuenta de que el gran eucalipto que desde siempre había dominado la calle con su abundante fronda cual gigante que reposa, ya solo alcanzaba una altura de pocos metros, un poco por encima del primer piso de la casa. Fue el primer momento de perturbación del sentimiento de armonía lentamente recobrado.

            −¿Qué pasó con el árbol? –le preguntó a Andrea.

            −La última tormenta fuerte, poco después de Pascua. Ya sabes, cuando la lluvia en Mallorca se lo llevó todo.

            A Hammer le encantaban los eucaliptos sobre todo porque una vez, hacía años, en el comienzo de un trip de LSD un eucalipto había jugado un papel decisivo. Sucedió en uno de sus primeros viajes a los EEUU, a Hollywood Hills. Se hospedaba en una hermosa casa de madera estilo español situada en una colina, en la que vivía una amiga suya con un productor de cine, por lo visto completamente fracasado. Ese hombre algo achacado se había sacado del bolsillo  con expresión trascendental tres papelinas que se colocaron bajo la lengua y esperaron a ver lo que pasaba, bebiendo una copa de vino y mirando desde la terraza en la parte superior de la casa hacia la colina.

            California, comparable en clima, fauna y flora con las Baleares, no fue para Hammer la Tierra prometida, pero tuvo sus pequeños encantos. Sobre todo recordaba a un colibrí  que revoloteaba por ahí acudiendo a un bebedero instalado especialmente para él en uno de los pilares de la terraza, permanecía en el aire casi sin hacer ruido, hermosamente exótico, absorbiendo el agua del tubo de cristal con su pico largo y delgado como una gran mariposa nocturna o una cola de paloma sobredimensionada. Poco tiempo después, como si nada hubiera sucedido, Hammer había bajado la mirada hacia la parte inferior de la casa, donde la copa de un eucalipto era mecida por un tibio viento, y había enfocado las hojas superiores que se encontraban en ese momento en un estado de cambio trepidante. Supo entonces que había llegado la hora. Un trip fantástico, colores en todo su esplendor.

            −Qué pena, qué pena el eucalipto –se lamentó− ¿Qué basa? –preguntó con acento que parecía un albanés hablando dialecto de Francfort−  Dime de una vez sin rodeos qué basa en la mierda de isla.

            −Lo estás viendo tú mismo –le dijo ella señalando brevísimamente con los ojos en dirección a una gente sentada a su lado−. Los turistas alemanes de viajes de forfait han aumentado, en cambio los italianos han ido a menos. Creo que han descubierto Menorca. Además lo de la protección de las dunas, un disparate. Durante todo el invierno pasado han estado cercando y cableado las dunas de toda la playa del Migjorn; colocaron pasarelas de madera larguísimas pintadas de verde claro a lo largo de las dunas, una idea descabellada. Te sientes como en una isla del mar del Norte. Y unieron Espalmador con Formentera.

            −Qué horror, lo de Espalmador lo vi en la travesía.

            −Uno se acostumbra, pero ten cuidado. Primero porque a la altura del Pirata Bus y un poco más adelante alguien ha quemado una parte de las pasarelas y vallas, y segundo porque en las últimas tres semanas dos personas han sido asesinadas a bala, ambas con la misma arma.

            −Sí, ya lo he oído. A lo mejor el tirador anda otra vez rondando tras el muro o entre los cactus− Hammer se esforzó por imprimir un aire diabólico a su mirada y señaló hacia la oscuridad− ¿Y se sabe algo más?

            La chica puso cara trascendental.

            −Eran el último alcalde y alguien de San Francisco que no conozco. De edades similares. Se hacen conjeturas. Dicen que el que no conozco era alguien de la época de Franco con mucho que esconder: denuncias y pequeñas torturas. Y del ex alcalde se dice que puede tener que ver con que no perdía ocasión de prohibir la música en vivo. Porque la discoteca de La Sabina era suya. Y la gente que va fiestas al aire libre, claro no acude a su discoteca. Esa gente tiene un pensamiento simple y pragmático.

            −Bueno, claro, por ese motivo podría habérsele asesinado, a la rata esa, que me consta que lo era –comentó Hammer− ¡Que trabas no les había puesto en su época de la escuela de construcción de guitarras en Formentera! La última fiesta en la cueva del faro les había costado una multa del carajo. Se salvaron de tener que pagarla argumentando que no habían sido ellos los organizadores. Alguien a quien no conocían bien, había montado la fiesta y les había pedido ser tan amables de tocar.

            Volvió a darse cuenta de que los tres tipos del barco estaban sentados a su izquierda, pero ahora sin la de los rizos oscuros.

            −Y, ¿habéis llegado bien? ¿Pasasteis una bonita semana? –exclamó Hammer en dirección a donde estaban ellos.

            −Super guay y todo muy barato. Hay que volver sin falta –respondió el más pequeño de los tres en su dialecto− Tú también estabas en el avión de Hamburgo, ¿no?

            −Sí, sí –Y Hammer aprovechó la ocasión favorable para preguntar− Oye, ¿quién es esa mujer tan guapa que hace dos horas estaba sentada aquí con vosotros en el rincón?

            −¿Te refieres a Karo? Quiere abrir aquí un negocio, algo con internet y publicidad y además canta con nosotros.

            −Somos un grupo. Tocamos en el Blue bar –explicó el más alto.

            −Ajá –se alegró Hammer− Puede que os funcione, pues el ex alcalde ya no está.

            −Sí, ya nos hemos enterado. Un poco fuerte, pero yo también se lo hubiera deseado. El Blue bar estuvo cerrado el año pasado dos meses por culpa de ese hijoputa.

            Hammer caminó hacia la parte posterior del restaurante dirigiéndose al lavabo del establecimiento, primero porque este era mucho más limpio que el de la entrada y segundo, porque en el de detrás se podía echar cerrojo. Vertió el resto de polvo sobre la superficie del depósito y lo inhaló. Saber que aún le quedaba un resto le resultaba insoportable. «Lo pasado, pasado está y pelillos a la mar», pensó Hammer y desenrolló el billete de veinte euros.

            −Karo –repitió para sus adentros mientras regresaba al muro pensativo− ¿Karoline?

            −No, sencillamente Karo.

            −Y ¿por qué no viajó con vosotros en el barco?

            −Business! Tenía que aclarar hoy mismo algunos asuntos y por un pelo alcanzó a coger el ferry anterior al nuestro. En cualquier caso no hubiéramos podido coger un taxi los cuatro. Tiene un temperamento fuerte, la Karo, pero canta muy bien y tiene una figura estupenda.

            −Como no.

            Luego se presentó.

            −Gerd Hammer, Alemania.

            El más alto se llamaba Rüdiger, le decían Rodger, el mediano Hannes y el pequeño Andreas.

            −También toco y canto –añadió Hammer.

            −Ya te hemos visto, el año pasado –dijo Rodger− Ya sabes, en estos días tocamos en el Blue bar. Si te apetece, un día podemos hacer una pequeña sesión al terminar.

            −Encantado. ¿Tomáis algo más? −Fue a buscar unos cuantos palos y unas San Miguel y volvió a sentarse− ¿Y cómo es que has venido si siempre andas mal de dinero? –le preguntó a Andrea.

            −Si te contara. Tengo un viejo amigo en Düsseldorf que me pagó el vuelo para que le trajera unas cosas. Debes conocerlo, es Volker Bachmann.

            −¿Ese pequeño cincuentón perdonavidas con convertible BMW, ese gilipollas maniático que sólo habla sandeces y siempre está buscando una víctima que lo escuche?

            −Exacto, pero entretanto tiene un Mercedes tuneado de fábrica y con un chasis bajo. Diez centímetros de zócalo, óptimo para toda ondulación del terreno.

            Hammer se acordó de una vieja historia que hizo que Volker perdiera todo prestigio ante él: Durante su ausencias, Werner había alquilado el pequeño domicilio común en la colina a una chica joven, de unos veinte años, de la que, según él mismo decía, estaba colado. El muy imbécil. Cuando al regreso de Hammer la inquilina, que por cierto tenía un cierto parecido con la chica en prácticas, ya se había mudado, se dio que Hammer coincidió una noche en el muro de la Fonda con Volker. Éste, señalando a la chica, le había contado que ella lo había llevado a su casa, y que cuando él había descubierto en la mesa de la cocina un instrumento para inyectarse droga, había puesto pies en polvorosa, por miedo al SIDA, claro y tampoco había pagado.

            Lo sorprendente de la historia había sido en esencia para Hammer primero que Werner hubiera alquilado una casa que les pertenecía a los dos a una drogadicta que instaló ahí su pequeño burdel y segundo que el tal Volker soliera acudir a mujeres de la vida, cosa que Hammer no sólo encontraba ridículo y reprobable, sino completamente ajeno a la isla.

            −Pues bien –continuó Andrea−, me pagó el billete y pensó que haciéndolo también podía poseerme. Y luego hubo toda una serie de cosas nefastas que tuve que aguantar− dijo indignada−. Un trípode de más de veinte kilos de peso, un grabador de CD, una escoba y un recogedor con sus correspondientes palos que encuentras aquí en la isla a montón, una burrada. 128 kg de exceso de equipaje. Una locura haber podido trasportar todo eso. Y en el puerto primero me dejó esperando, para acabar apareciendo ocho horas más tarde, haciendo bulla con su estúpido convertible.

            Pero al parecer estaba de veras convencido de que junto con todos esos utensilios también la tendría a ella a su disposición para lo que fuera.

            −¿Me permite que la folle un poco, señorita Andrea? –le susurró Hammer.

            −Señor Bachmann, estoy a su disposición para jodienda total –dijo Andrea con mayor facilidad de palabra.

            Pero ese mismo día se mudó a las Pitiüses, tan insoportable le resultaba el hombre, según dijo, que ya tenía preparada una lista de cosas que ella debía ir a buscarle con la bicicleta.

            −El tipo tiene una agencia de publicidad en Düsseldorf –siguió relatando Andrea− y vive aquí en una de esas casas de lujo de Cala en Baster, ahí se la pasa quitando la mala hierba. Y hoy por la mañana me llamó por teléfono para pedirme que le averiguara lo que cuesta llamar por teléfono a Alemania –dijo apasionándose como era su manera y, puesto que estaba achispada, empezó a parecer sobreexcitada−. Además me cambió la fecha del vuelo del domingo al jueves; quiere decir que vuelo tres días antes.

            −Jueguitos para demostrarte que estás bajo su férula. El billete de vuelta que tienes ya no vale, de modo que dentro de poco tienes que acudir a rogarle de rodillas que dé el otro.

            −No lo había pensado –susurró Andrea−. Sabe que no tengo dinero, pero no lo sabe todo –dijo sonriendo significativamente.

            Andrea parecía haber bebido ya lo suyo. A Hammer siempre le atacaba los nervios cuando en ese estado empezaba a desarrollar energías de magia negra.

            −Tengo que ir un momento adelante –dijo él, se incorporó y se sentó en el muro cerca de la calle al otro lado de los tres músicos. En la calle se había congregado un grupito de españoles más jóvenes, chicos y chicas, probablemente lugareños o gente que trabajaba en la isla.

            Hammer no llevaba un minuto sentado cuando se desató una pelea entre dos españoles que gritaban: «Puta, puta». Uno de los dos era más fuerte; éste tiró del otro apartándolo unos cuantos metros de la acera y con tremenda bofetada lo catapultó por encima del muro enviándolo a unos siete metros de donde estaba Hammer a la escombrera que partía en ligera pendiente desde el muro de la Fonda. Un lugar que no tenía otra utilidad y no dejaba de ser peligroso pues, aparte de la gran cantidad de colillas que tiraban allí los clientes; a ese plano inferior iba a parar algún que otro vaso o botella que lanzara allí un borracho a altas horas de la noche.

            Es ese el sentido de esa superficie, pensó Hammer, permitir libremente la visión hacia abajo, hacia la calle y a la gente que sube o baja, servir de escombrera para colillas y vidrio, así como de pila colectora –el término le gustó especialmente− para noctámbulos aporreados y lanzados por encima del muro.

            El noctámbulo aporreado volvió a incorporarse, se rasgó la camisa blanca en un gesto dramático, saltó al muro y empezó a atacar de nuevo a su contrincante. «Puta, puta» volvió a oír Hammer que gritaban. Obvio que el asunto iba de faldas. Ambos fueron retenidos por al menos dos personas de ese sexo que tiraban de ellos, otros personajes masculinos intentaban a su vez calmar a los pendencieros.

            El que voló por encima del muro fue el primero que logró zafarse y en una especie de acto compensatorio le dio un puntapié al cubo de plástico de la basura colocado en el rincón del muro de la Fonda sacándolo de su soporte. Justo en ese momento el más fuerte de los dos logró liberarse, asaltó al del puntapié, lo agarró de la cabeza, lo inmovilizó apretándolo entre el antebrazo y el tronco y le zampó unas cuantas bofetadas en plena cara. Haciéndolo empezó a gritar y mientras golpeaba una y otra vez esa cara inmovilizada, su voz derivaba en un histérico falsete. 

            Hammer se levantó de un salto en el momento en que al alboroto se desplazó claramente en la dirección del lugar donde se encontraba. A continuación contempló desde la puerta de entrada la escena, entretenido y divertido, pero guardando una segura distancia. Ese día hubo de todo, mujeres borrachas, españoles enloquecidos, histeria a mansalva. Echando un vistazo a las españolas, le llamó la atención que no hubiera estado en condiciones de deducir a partir de sus caras la forma que tendrían sus culos. ¿Sería que sus habilidades se reducían al ámbito alemán? ¿O acaso todas las españolas tenían culos con formas interesantes?

            Entretanto el más fuerte de los camareros de la Fonda había intervenido  apartando al hombre en situación de inferioridad y hablando con éste para tratar de calmarlo. Poco a poco parecía que los ánimos volvían a sosegarse. Hammer empezaba a sentirse preocupantemente embotado, emprendió camino hacia su casa, enfiló tambaleándose calle abajo, pasó por delante de la panadería y percibió en su centro olfativo el aroma seductor a pan fresco. Las tres y veinte señalaba el reloj de su móvil.

III

De nuevo un día en el que Hammer se levantó con la cabeza hecha un bombo. Tanteó con los dedos la mesita de noche en busca de la cajetilla de Ducados. Se palpaban dos cigarros dentro. Ocho años sin fumar y ahora desde hacía seis meses de nuevo como un carretero, fumando, bebiendo y metiendo coca. «El hombre es imbécil porque es imbécil», pensó de repente Hammer sin más. Corrió las cortinas y miró hacia abajo. Klaus o la sombra que quedaba de él estaba sentado solo allá abajo. Eran las diez y media, hora de levantarse.

            Mientras Hammer se duchaba, sonó el móvil. Se maldijo y caminó esparrancando las piernas y dejando una huella de agua a su paso hasta la cama.

            −Caro mio –oyó en voz baja−, good news. My husband will leave this evening already.

            Al parecer ella había provocado una pelea, y el esposo, que en cualquier caso tenía asuntos de negocios urgentes que resolver, había decidido espontáneamente cambiar su vuelo para esa tarde. En eso se reconoce la gente con dinero, pensó Hammer. Vuelan cuando se les da la gana. Cita esa noche a las seis y media en las Pitiüses, mudanza al barrio suizo.

            Hammer, un poco excitado, se llevó el penúltimo Ducados a la boca, se sentó en la cama y caviló sobre los traseros de las dos mujeres. El culo de Luisa era sin duda espectacular. Tuvo la sensación de acariciar con el índice y el anular esos dos músculos redondos del deseo… El culo de Karo igual de espectacular, pero a su manera, promocionado por unas piernas más largas, estaba a punto de aparecer ante sus ojos cuando se dio cuenta de que seguía sentado en la cama aún medio mojado.

            Recién duchado Hammer bajó para dirigirse al bar de la perdición enfrente de su alojamiento. Klaus se levantó y se abrazaron. Fue extraño sentir su cuerpo en directo y de forma concreta; estaba duro, escuálido, enflaquecido, con brazos increíblemente delgados, ya era sólo huesos como si los últimos músculos se hubieran despedido para siempre. Hammer pidió un café con leche y un agua con gas.

            Klaus tenía una porción de boquerones delante de sí y parecía disponerse a pelar unos ajos con su navaja para añadirlos a los pescaditos.

            −Los he traído yo mismo porque ahora ya no les ponen ajo a los boquerones porque a algunos de nuestros compatriotas alemanes no les gusta.

            −Increíble –se admiró Hammer−. Bueno, cuéntame, ¿qué te pasa?

            −En fin, una mierda –empezó Klaus y lo miró con ojos amarillentos y sin brillo−. Cáncer de páncreas.

            Hammer tragó saliva.

            −¿Y no se puede hacer nada?

            −No, no hay esperanzas. Me dijo una médica de pasada. Tumor quístico del páncreas inoperable; ante esto sencillamente no hay nada que hacer, no way. Podría tomarme cosas homeopáticas. Zumos de cereales, extractos de algas y demás pócimas milagrosas que han dado resultado en otros tipos de cáncer, pero no en el de páncreas. He recabado toda la información posible.

            −¿Y cuánto tiempo te queda? –Hammer mismo se asustó con su pregunta.

            −Quizás un mes, quizás tres, es difícil de decir. En cualquier caso he tenido tiempo para arreglar algunos asuntos importantes y por lo demás dejaré que venga lo que tenga que venir –dijo Klaus en tono grave.

            −Sí, así tiene que ser –Hammer llegó a la conclusión de que al fin y al cabo su pregunta no había sido demasiado directa−. No es fácil despedirse. De todas formas: una gran mierda.

            −Oye, que esparzan mis cenizas aquí sobre Punta Pedrera. He perdido más de 30 kilos, me he quedado en los huesos. Aunque… −Enarcó las cejas y volvió a mirar con aire circunspecto− No te imaginas el éxito que tienes con las mujeres cuando estás tan delgado. Ah sí, tengo que contarte un chiste de rubias –Se reclinó adoptando una actitud grave para luego acercar el tronco a Hammer con aire conspirador.

            −Dos rubias conversan y una le dice a la otra: «Hace poco folle con un intelectual». «¿Y?», responde la otra. «Tenía un miembro…» «¿miembro? ¿Qué, cómo?» −Klaus enarcó las cejas− «Pues es, cómo te dijera, eh…, como una minga, una picha… sólo que más…» −hizo una pequeña pausa como pensando− … pequeño.

            Qué fuerte. Klaus conservaba su humor. En ese mismo momento apareció en la terraza del Verdera una matrona teñida de rubio, increíblemente gorda seguida por una mujer pelinegra más bien anoréxica, ambas con labios brillantes color rosa, llenas de colgajos dorados, pantuflas doradas, bolsos dorados. Se apoderaron de la mesa de al lado. «En cada nedo un adillo», pensó Hammer. 

            Apenas se hubo sentado, la gorda se desató:

            −Suerte que no hayan venido nuestros maridos hoy. Hay que ver la bulla que meten y las paridas mentales que llegan a soltar. Qué suerte que no tengamos que oírlas.       

            Klaus enarcó las cejas con gesto atormentado, mientras que Hammer no pudo contener la risa. La gorda ni siquiera miró desconcertada. Alemanes en el extranjero. Ahí está la madre de los boquerones.

            −Lo que me faltaba –se lamentó Klaus por lo bajo−. Ciertamente sátira real, pero ¿hay que tenerla aquí ante las narices? Aunque la verdad es que lo peor son los maridos que las acompañan. Una gentuza redomada, gordos, medio desnudos, de testuces burdas como toros, barrigas increíbles que les cuelgan por encima del pantalón de la sudadera. ¡Y en general la ropa que llevan! Con semejante atuendo no me atrevería a salir ni a la puerta de mi casa.

            En ese instante, un par de mariposas pavo real que efectuaban un vuelo vacilante danzando una en torno de la otra se pasaron en una de las esquinas de la mesa bañada por los rayos del sol. De súbito y antes de que Hammer pudiera impedirlo, Klaus dejó caer la palma de su mano sobre la pareja de mariposas. Luego la levantó mano, apartó los tristes despojos de los lepidópteros sacudiéndolos hacia el borde de la mesa y sopló fuertemente el polvo de las alas que quedaba en sus dedos.

            −Hombre, Klaus –se indignó Hammer− ¡Qué dureza la tuya!

            −¡A la mierda estos insectos! –luego señaló de nuevo con la cabeza, como si nada, a las jubiladas−. Apuesto a que antes han comido algo en la panadería alemana de Pujols. Y este verano han aparecido aquí, de buenas a primeras, con la intención de comprarse la casita en Pujols con el dinero duramente trabajado. Dicen que en una de esas casas ondea en el techo la bandera de Düsseldorf. Y ahora infestan cada mañana el aire del Verdera. Ya he pensado si no tendría que ir a desayunar de ahora en adelante en el Rias Baixas. Pero a lo mejor me cuesta más que en la panadería alemana.

            −Es de esperar que no se convierta esto en la nueva moda en la isla, quiero decir, lo de las banderas de Düsseldorf –susurró Hammer aún bajo shock por la repentina muerte de sus insectos preferidos−. Pero volviendo a tu situación: si me necesitas, puedes contar conmigo.

            Klaus colocó su huesuda mano sobre el brazo de Hammer.

            −Gracias, pero para el caso ya he tomado mis precauciones –Palpó con la mano derecha el anillo en la izquierda y con las puntas de los dedos abrió la tapa semiesférica de éste−. Todas las noches tomo medicamentos con morfina, si no fuera así, no sabes tú, los dolores que tendría. Imposibles de soportar sin morfina. Claro que lo dejan a uno bastante grogui. Pero aquí dentro, dijo señalando una cápsula redonda hay algo más efectivo. Cristales de cianuro, nunca se sabe lo duro que puede ser –susurró Klaus, cerró de nuevo la tapa del anillo, cogió con el tenedor un boquerón y se lo comió junto con uno de los ajos partidos en cuatro.

            −En realidad todo el mundo debería llevar eso consigo –rezongó Hammer aunque asustado. Una sensación extraña, ver a este hombre, que había conocido lleno de vitalidad y bien alimentado, demacrado, indefenso y desanimado. Su postura, la expresión de sus ojos… y al mismo tiempo constatar que su aspecto juvenil no se debía a un buen estado de salud sino a su enfermedad… Y no obstante, había un atisbo de esperanza en las pupilas de Klaus, extrañamente desdibujadas. 

            −¿Qué tal te va a ti? ¿Qué hay de Anna? La rubia por la que estabas colado.

            −Me dejó. Este ha sido en el fondo el golpe más fuerte que he sufrido en el último tiempo.

            Klaus levantó la frente.

            −Formabais una bonita pareja. Siempre me daba gusto veros.

            −Sí, qué se le va a hacer, se me atravesaron muchas otras cosas –dijo Hammer entre dientes, casi contento de poder añadir alguna pena propia a la desgracia de Klaus.

            −¿Y qué me dices de tus negocios? Marchaban estupendamente, ¿no? –insistió Klaus− ¿Cómo va lo de las guitarras? ¿Ya has firmado contrato con Keith Richards?

            En ese momento la cara de Hammer se puso seria.

            −Y una mierda –empezó a soltar todo el rollo que ya le había contado a Alfred y Marianne. Klaus escuchaba con atención. El móvil vibró en el bolsillo de pecho, Hammer echó mano de él, presionó la tecla verde y se alejó de la mesa con un: Disculpa.

            No era un acento italiano el del otro lado de la línea.

            −Hola, asiduo de la isla –oyó que decía la voz de su abogado Steffen, al que también le llamaban Stefano− Acabo de hablar con el síndico de la quiebra, un viejo colega mío. Sabes que esa gente son todos juristas.

            −Sí, sí, todos delincuentes.

            −Pues bien, todo está perdido –le soltó Steffen− porque ni tu mujer, ni tu querido Werner quieren poner más dinero. Estaba claro que no lo harían. Tú tampoco quieres. Prefieres subastar, ¿no?

            −Sí, eso es lo que pensaba.

            −Debía preguntártelo para hacer todo conforme al orden establecido. La fecha de la subasta no tardará en ser comunicada.

            −Bien.

            −No suenas muy fresco, querido amigo. Como abogado tuyo te aconsejo ir a tomar un buen desayuno al Matinal y mantener la cabeza fría. Como te conozco seguro que ayer has estado pecando fuertemente. La próxima vez volamos otra vez juntos. Ciao, bello.

            Sacó de nuevo un Ducados y se sentó otra vez con Klaus.

            −Era mi abogado por todo ese rollo de la quiebra y demás –Hammer hizo un gesto con el pulgar indicando hacia abajo.

            La rubia gorda había vuelto a incurrir en una gritería desenfrenada sobre los precios en euros, cuando un hombre más joven, que a Hammer le recordó al cantautor Wolfgang Petry, se sentó a su mesa. Tenía pelo castaño claro, pero el mismo bigote, una gran cadena de oro con medallón al cuello, cadenita de oro con emblema gravado en la muñeca, reloj de pulsera en la izquierda, barriga incipiente y por lo demás, un bronceado tan increíblemente sospechoso como si aprovechara el día entero no sólo el carácter balear de Formentera sino también un solárium gratuito.

            −Jose, me haces un café con leche. ¿Hay tarta de chocolate como la de la otra vez? –le gritó el hombre al dueño del Verdera en el más puro acento de Renania−. A Jutta le encanta. Está al caer.

            −Pero, ¿qué pasó con tu amiga? –insistió Klaus ignorando el barullo.

            −Varias cosas a la vez –pensó Hammer−. Primero que todo el lío del negocio me preocupaba mucho. Quizás le di la impresión de que para mí eso era más importante que ella –En ese momento se preguntó cuál había sido en realidad el desencadenante−. Y a fin de cuentas creo que fue mi hija. Anna siempre me dio largas, que mi hija era cosa mía, parte de mi vida anterior con la que no quería tener nada que ver. Cada vez que estaba previsto un encuentro con ella, Anna casualmente tenía una cita importante, visitar a una amiga en la Cuenca del Ruhr u lo que fuera.

            Hammer se llevó otro Ducados a la boca.

 −¿Sabes qué? Yo la quería de verdad. Pero esa sensación permanente de que la persona a la que amas no quiere tener nada que ver con aquellos a quienes quieres por naturaleza, es decir con tus hijos, y constantemente está poniendo obstáculos, va creando un pequeño y maligno nudo en el alma –Inmediatamente cruzó por su mente el pensamiento de que tendría que haber dicho maldita cicatriz en lugar de nudo maligno.

            −Sin duda –repuso Klaus−, probablemente desde esa perspectiva se puede explicar por qué llevo esta mierda conmigo y pronto me habrá llegado la hora.

            −Todo puede estar relacionado –susurró Hammer−. En cualquier caso, en cuanto me dijo que se había equivocado, engañado al pensar que la relación conmigo era algo extraordinario, la dejé marchar. Lloré después a moco tendido, pero no hice nada. Como si supiera que de nada servía. Era Acuario, hubiera encajado bien.

            −Deja ya la tontería de los signos del zodíaco –dijo Klaus acalorándose−. Ocúpate más bien de tu hija –dijo luego en tono suplicante−. La mía murió a los 24 años. Conoces la historia, accidente de tráfico.

            −Sí, la conozco. ¡Qué mierda! –Y cambiando de tema preguntó:− ¿Cómo llegaste aquí? ¿En avión?

            −No, con mi Dos caballos. El viaje hasta Barcelona fue bastante agotador, pero así al menos he podido traer más cosas y ahora las tengo aquí. Estoy enfermo de muerte pero motorizado.

            El ruido de la mesa de al lado volvió a acentuarse. Trataban el tema: un bávaro canciller. Luego, a la izquierda, un Opel Vectra de color blanco aparcó cuidadosamente en un hueco de fila. Otra pareja de jubilados bajó del vehículo.

            −Guauh  –retumbó desde la otra mesa− ¿Coche nuevo?

            −Este se lo agenció Helga –contestó el jubilado con voz también retumbante hurgando en la entrepierna del pantalón de su sudadera azul marino.

            −Nuestro viejo Mercedes ya estaba pal arrastre –comentó Helga que llevaba puesto un pantalón de sudadera blanco y un jersey de angora color rosa eléctrico tachonado de lentejuelas.

−Con el calor del verano, a los diez minutos de empezar el viaje la aguja ya estaba en zona roja –informó el marido de mejillas coloradas que sin darse tregua pidió a José que en ese momento pasaba deprisa por ahí−. Dos jarras, por favor.

Al menos ya sabe dos palabras en español, pensó Hammer, se incorporó e imitando al jubilado le dijo a Klaus.

−Nos vemos. Que no decaiga ese ánimo, mi querido. Aún te necesitamos.

En la calle levantó el pulgar como en los viejos tiempos. Ya el segundo coche que pasó se detuvo. Un Mehari de color verde claro, esa carroza de plástico reforzado con fibra de vidrio sobre chasis de Dos caballos. Era Harry el de los dos caballos también llamado por algunos simplemente Dos caballos.

−Gerd, ¿no tienes coche?

Hammer negó con la cabeza.

−Puedes usar mi Dos caballos rojo. Es el fun-car para la isla. Los frenos recién hechos. Arranca incluso en la mañana. El único defecto es el indicador de gasolina.

−Para, Harry –lo interrumpió Hammer−. La semana que viene podemos hablar de eso. He tenido algunos gastos imprevistos. Esta semana quiero andarme un poco con tiento.

−¿Tú, con tiento? Pero si siempre tiras de largo –El tubo de escape del coche de Harry sonaba como si pronto fuera a exhalar el último suspiro.

−De momento no tiro para nada de largo –dijo Hammer y temió que él otro le desgranara toda la historia del paso del Dos caballos rojo por los talleres o tener que volver a contar por tercera vez la suya. Además sabía naturalmente que Harry siempre alquilaba sólo Dos caballos descapotados o con techo de lona hecho polvo. A lot of sun, pero de noche sobre todo con lluvia un feature nada agradable, teniendo en cuenta que con los Dos caballos de Harry siempre había que contar con otros defectos.

Y ya estaban en San Francisco.

−Igual nos vemos en el Matinal –Hammer le dio las gracias por el viaje.

El en Matinal, ese bonito bar de desayunos decorado en colores azul y blanco, ya estaban sentados Alfred y Marianne ante sus croissants y su taza de café.

Olla, Ammer –susurró Marianne con leve acento italiano.

−Acabo de hablar con mi abogado –contó Hammer−. El asunto está en marcha. Pronto habrá subasta.

Antes de que los otros dos pudieran abrir la boca, los asaltó a todos un nuevo suceso. Mollete, uno de los viejos locos de la isla llegó con Andrea doblando la calle, se plantó ante Hammer, lo levantó de un tirón y lo abrazó.

−Hombre, Gerd, carroza…

 

El Bar Verdera

Como vacacionista asiduo de Formentera apenas puedes estar sentado en paz sin que los conocidos te saluden y quieran conversar contigo, pensó Hammer. Por otro lado también se alegraba de ver a esta ilustre pareja. Aunque odiaba que lo saludaran con el apelativo de carroza…

−Andrea, ¿puedo… tu oreja?

−No, aquí no.

−Rollete, ¿qué hay de los ovnis? –le preguntó Hammer al hombre riendo, agarró a Andrea y le plantó un beso en la mejilla izquierda y otro en la derecha−. Y uno en el medio. Tú, la más encantadora de todas las mujeres. ¿Sales ahora con Rollete?

−Qué va. El trasero de Andrea tenía una forma bien redondeada, un poco despedidora, caderas muy descarnadas. Podría tener las piernas un poquito más largas. Cautivadoras arruguillas de la risa apuntaban a sus ojos verdiazules. Y Hammer llegó a la conclusión de que las arrugas en la cara no permitían deducción alguna acerca de la calidad o presencia de arrugas en el trasero. Por lo general era simplemente la expresión de la cara lo decisivo, al menos en las mujeres alemanas.

Los dos se sentaron en la mesa contigua.

−¿Que qué hay de los ovnis? –dijo Rollete resoluto echándose hacia atrás  los largos mechones de pelo.

−La última vez asegurabas a pie juntillas que los había, pero antes de darme una explicación ya te estabas largando porque divisaste al tipo del afgano y tuviste la imperiosa necesidad de hacerte con él.

Rollete pidió una cerveza, dejó sus gafas a un lado y aspiró profundo. Hammer rozó la pierna de Alfred con el pie izquierdo y la de Marianne con el derecho.

−Gilipollas ignorante, claro que existen los ovnis. Yo tampoco lo creía hasta el momento que yo mismo vi uno. Recorría el trecho entre San Francisco y el cabo, de casualidad miré en diagonal a la izquierda arriba y vi una luz resplandeciente, muy lejos, pero muy intensa. Ahí estaba y… –La mano derecha de Rollete realizó un gesto rápido hacia arriba con el índice estirado para luego zas, caer como un rayo hacia abajo−. Estaba ahí y zas… –Su mano volvió a señalar recto hacia arriba−  … volvía a elevarse y luego… −La mano de Rollete efectuó varios movimientos en zigzag−. Plum, chin, chán, plas, zas… y desapareció. Movimientos en zigzag, te lo digo yo, eso no tiene explicación. No hay objeto que pueda volar así y menos a esa velocidad. Y a una distancia considerable.

−Sí, lo sé –dijo Hammer divertido− Vosotros tirados en un prado en la mañana, lluvia de colores  y luego los ovnis. Lo que estabais era completamente alucinados.

Ese era el método de Hammer para hacer hablar a Rollete ante espectadores, y funcionaba.

−Ese no es el único ovni que he visto –Ahora Mollete se pasaba ambas manos con los dedos abiertos por la cabellera larga hacia la nuca−. En una ocasión en que veníamos de una fiesta a las tres de la mañana caminando por el bosque y cogimos un atajo por la carretera del cabo hacía el muladar…

−¿Andrea y tú?

−No, qué va. Gilipollas. Era Elke la que iba conmigo, mi amiga de ese entonces. A la derecha había una bifurcación del camino entre los pinos que conducía a un claro y ahí estaba, como en ET, ese platillo enorme que brillaba con luz blanca, resplandeciente y de ahí salieron unos seres atravesando una especie de rampa. Todo eran vapores. Una nave espacial, del todo real.

Hammer volvió a tocar con los pies a Marianne y Alfred que escuchaban embelesados.

−¿Y a ti no…? –Hammer buscaba las palabras apropiadas− ¿No se te ocurrió, por ejemplo, acudir a la Guardia civil? Un suceso así lo habrías podido comunicar a la policía y cumplir con tu deber ciudadano de residente.

Rollete se golpeó la frente con la palma de la mano.

−No, lo alucinante es que tardamos dos años y medio en ser conscientes de lo que habíamos visto, ¿comprendes? Pasaron dos años y medio antes de que intercambiáramos las primeras palabras sobre lo sucedido. Y es que desactivaron nuestra conciencia. No quieren testigos.

En ese momento Hammer sintió las pataditas de Marianne y de Alfred.

−¡Ajá! ¿Dos años y medio después lo recordaste?

Rollete resollaba.

−Tengo un montón de esos libros que están en la lista negra, ¿comprendes? –su voz se hizo más baja− Todos prohibidos. También sobre ovnis. Contienen la tira de historias de gente que ha experimentado este tipo de cosas. Obvio, también hablan de los trucos refutados, pero sólo en uno de los libros hay tres casos comprobados que sencillamente no se pueden rebatir. Y a fin de cuentas, si sólo la mitad de lo que cuentan es cierto, ya sería increíble. Y al menos la mitad es cierta. Y hay otras cosas –Su frente se contrajo formando arrugas trasversales que parecían mariposas.

            −¿Qué otras cosas?

            −Los Rothschild –dijo Mollete apasionándose con su segundo tema preferido y dirigiendo a Hammer una mirada penetrante− Esta gente siempre lo ha controlado todo, las guerras en el mundo, ya en el siglo XIX…, a Napoleón ya lo financiaron, o la Primera Guerra Mundial. Ningún problema para ellos. Imagínate que tú y yo ahora queremos hacernos la guerra…

            −¡Dios no lo quiera!

            −Gilipollas, escucha. Los Rotschild te dicen: Aquí tienes el dinero para tus armas. Yo voy y les digo: Aquel tiene armas, yo también necesito… Y lógico, me dan a mí también dinero. Entonces nos tiroteamos y, si quieres, soy yo el que pierde, a mí me exprimen. Porque tienen que recuperar su dinero. Y tu dinero, obvio, todo me lo sacan a mí, puesto que soy el perdedor. Así funciona, hasta el día de hoy. He dedicado mucho tiempo a estudiar este asunto. Estos libros no los encuentras en las librerías. Están en el índice de los prohibidos. Al fin y al cabo nadie quiere ser consciente de esto. Y lo mismo pasa con los ovnis.

            Andrea escondía ahora la cara como Marianne –la camarera acudió y Hammer pidió otro café con leche y

            −Agua con gas para los ovnis.

            −En fin, qué se le va a hacer. Ovnis y alianzas oscuras, todo entre nosotros –les susurró a Alfred y a Marianne.

            −Muy revelador –aprobó Alfred cortésmente.

            Rollete se pasó la mano por la frente emitiendo un suspiro.

            −Bien, vamos a ocuparnos de nuevo de las cosas cotidianas.

            −Podría ser mejor idea –consintió Andrea.

            −Aunque una cosa tengo que decir antes: el afgano es cachondo. Y lo mejor es que sea afgano blanco. Pero ahora, dejando la droga a un lado… Podría contaros una historia –dijo Mollete adoptando de repente el acento sajón− La semana pasada me camelé a una hermosa sajona, y cuando estábamos en pleno bum, bum, fuera la ropa y venga a la cama, ella va y dice: Rollede, te quiero, te quiero. Pronunciando siempre Rollede como en su dialecto sajón.

            −Suena al director de cine Rosa von Praunheim –comentó Alfred.

            −Sí, a su película Bettwurst –resopla Rollete− Escucha: la chica se da cuenta de que hay algo raro en mí. La tengo enfrente, en bragas y sujetador; enormes pechos, nada mal, pero de alguna manera me recuerda también a mi última casera en Alemania –Rollete toma un trago profundo de cerveza.

            En ese momento los pies de Marianne y Alfred aprietan fuertemente los de Hammer.

            −Escucha; la tengo frente a mí en la cama, de repente me mira y de buenas a primeras dice: Rollede, ¿cómo lo quieres? Podemos hacer lo que sea. Yo pienso, ¡vaya! Y ella añade: –Mollete volvió a beber un sorbo y Marianne lo miraba fascinada− ¿Lo hacemos de manera que nos corramos al mismo tiempo o prefieres hacerlo tú primero?

            Andrea soltó una estridente carcajada y todo en la mesa tembló y se estremeció.

            −Eso me tumbó –continuó Rollete− Estás cachondo perdido y te salen con semejante frase. Y ya no hubo manera. Le dije: creo que hoy no habrá corrida. Y luego la llevé de vuelta a San Fernando.

            −Y bien, es el carácter sumiso y amistoso de la mujer del este –analizó Hammer mientras fue consciente del hecho de que durante todos esos relatos no había fumado ni un solo Ducados−. Se te ofrecen abiertamente.

            Harry, que realizaba en ese momento su recorrido insoslayable y obligatorio por San Francisco, se había sentado al lado de Rollete mientras este contaba la última de sus historias.

            −Podías haber optado por el numerito de atarla a los postes de la cama o el de la botella de champán o cualquier otro. Quizás así hubiera habido manera –dijo Harry resoplando y subiendo el tono de la voz.

            Como haciendo un esfuerzo Alfred se atrevió a preguntar a Rollete:

            −Oye, ¿y a ti porque te llaman Rollete?

            −El mote me lo puso un compañero en el bachillerato, el pendejo. Claro, por entonces yo era más regordete. Hoy más bien no –Rollete señaló un vientre casi plano como una tabla, encuadrado por un chaleco de tela fina.

            −Eso es cierto –dijo Alfred sonriendo− Pero, ¿no te molesta que uno te diga Rollete?

            −No tengo problema. Durante unos dos años estuve luchando contra este apodo diciéndole a la gente por ejemplo: Si sigues llamándome Rollete, dejas de ser amigo mío. Pero no podía saber que la cosa era tan grave, porque sabes qué pasa, la gente o es ignorante o es cortés. Los ignorantes simplemente me decían: ¿Por qué? Si tú eres Rollete. Y los corteses –porque no hay nadie que en este aspecto sea más que cortés− pasaban a llamarme entonces Erwin, que es mi verdadero nombre, pero pronto me di cuenta de que sólo lo hacían por cortesía. Y a mis espaldas seguían usando el apodo para referirse a mí: Acabo de hablar por teléfono con Rollete… o: ¿sabes algo de Rollete?

            −¿Y no acabaste harto? –preguntó Marianne.

            −Para qué forzar a la gente, si de nada sirve. Soy Rollete y ya está.  Después de saber cómo era la cosa a mis espaldas, dejé de empeñarme y me alegro de que los ignorantes ya no tengan que tener mala conciencia. 

            −Supongo que vives aquí en la isla –preguntó Alfred

            −Sí.

            −¿Y qué haces durante el año?

            −No puedo hablar de eso –rezongó Rollete con aire de importante.

            −Ah –dijo Alfred que pareció no quedar muy satisfecho.

            −Es que sería peligroso –añadió Rollete− Para mí por supuesto, pero lo que es mucho peor: te pondría en peligro a ti.

            Después de que todos estos locos se fueron despidiendo uno a uno, Hammer seguía sentado ahí a la mesa con su tercera taza de café junto a Alfred y Marianne. El cielo de octubre llenaba la estancia de azul trasluciendo por entre los tejados de la calle del Matinal.

            −Querías contarnos más acerca de tu madre –dijo Marianne.

            −Sí, mi madre. Ay, ay. Bueno, yo estaba en la feria de Fráncfort. Exponíamos todavía, poco antes del accidente en el taller. De pronto llega un vigilante de la nave con una bata gris y me da un papel. Que llame a este número de teléfono, a un doctor Dingens en Hanover. Muy importante. Pienso, qué le pasará de nuevo a mi madre. Era de veras una arpía. Luego por fin el médico al teléfono que me dice con toda claridad: «Siento comunicarle, señor Hammer, que su madre murió hoy a las 14:30. Ataque de apoplejía.» Quedé como si me hubiera caído un rayo encima. Pensaba que cumpliría los noventa. Esa mujer, madre mía, que no hizo más que atormentarme durante toda la vida, y no me malentendáis cuando digo que la noticia de su muerte me supuso una leve sensación de alivio. No por el dinero. Ni siquiera sabía que tenía tanto. No, sencillamente porque ya no estaba. Por fin paz, paz para siempre. Aunque inmediatamente me cabreé. Mira que morirse precisamente en ese momento. Lo hizo a propósito. Sólo para seguir martirizándome post mortem.

            Hammer volvió a echar mano de los Ducados. Había acabado por emborracharse con su propio monólogo.

            −Una madre es una instancia. Uno puede intentar defenderse, pero en últimas no sirve de nada. Y para la muestra un botón: cuando tenía dieciocho años, hubo una ruptura total, después de que le aconsejara a una de mis novias al teléfono que no follara tanto conmigo. Que mis nervios eran muy débiles y que eso me afectaría.

            −Me puedo imaginar que tuviste una juventud difícil –suspiró Marianne arrugando la frente en gesto comprensivo.

            −Llamé a la funeraria y la hice meter en la cámara frigorífica.

            Harry, el de los Dos caballos, que seguía sentado en la mesa contigua, se disponía a marcharse.

            −Espera –le dijo Hammer− ¿Vas a tu casa?

            −Sí.

            −Entonces llévame. Quiero echar un vistazo al Rias Baixas, queda por ahí por donde tú vives, ¿verdad?

            Harry arqueó las cejas en gesto arrogante.

            −El señor Hammer no se puede permitir un vehículo, pero sí ir a chupar ostras− Y cuando iban camino de San Francisco dijo:−  A propósito, no creo que dure mucho –Poco después se detuvo para dejar bajar a Hammer.

            Rias Baixas ponía sobre la puerta de entrada al jardín con emparrado que albergaba unas veinte mesas normales y de bar. Bajo el letrero, a lo largo de la misma anchura y en la típica letra arenosa catalana: Tapas especiales. A través de una gran puerta de vidrio se podía ver en el interior una barra de al menos seis metros de longitud que brillaba por los muchos tubos de neón en el techo que la iluminaban como si fuera el ovni de Rollete en el claro del bosque. En cualquier caso Hammer no pudo por menos que tener esa asociación y miró encantado a todo lo que en aquella vitrina esperaba ser despachado, vivo o muerto, pero en todo caso refrigerado.

            Vicente, el dueño, salió precipitadamente y lo saludó estrechándole la mano y haciendo alarde de idiomas:

            −¿Todo bien? Tutto bene? Allese gute?

            −Totalmente –contestó Hammer y pidió ostras gallegas, un puñado de percebes y una poción de judías verdes al vapor en zumo de limón y aceite, y para acompañar: vino blanco. Luego tomó asiento en una de las mesas del jardín y caviló: Luisa, ¿cuándo estarían por fin juntos? ¿O estaría la salvación en la de los rizos oscuros? ¿Acaso lo apropiado en su situación no era estar paseando placenteramente por la isla? En cualquier caso, todo estaba bien. Y para completar, llegó Vicente con las exquisiteces que había pedido.

            Fue lo mejor de todo lo que había comido hasta ahora en esa isla, segurísimo. Treinta y cinco euros incluida una botella de Marqués de Riscal blanco. Un sueño, aunque no precisamente barato. Pero era buena señal. ¿Se convertiría la isla de Hammer en un paraíso culinario? Hammer nunca había acudido a Formentera por la comida. En este sentido había sin duda destinos más interesantes. Y encontrar a este gallego aquí, cerca del pueblo más feo de España… ¿Cambiaría todo para bien?

IV

Hammer no acudió esa tarde a la playa, como solía ser la costumbre en Formentera sino que se ocupó de recoger sus cosas para la mudanza que iba a realizar. Estaba sentado en las Pitiüses fumando y haciendo planes para su empresa y consignándolos en su ibook, el que supuestamente le robaron cuando le abrieron el coche, cuando sonó el móvil.

            −Gerde, he is gone. I am in the port now. I can pick you up in Pitiüses.

            −In 10 minuti?

            −Sí –Hammer estaba como electrizado. La hora de la verdad. ¿Rizos oscuros? ¡Qué diablos! Italia. Luisa le había dado a entender en una conversación telefónica anterior que por su parte podían prescindir de condones, when we make love, Gerde. Y él tampoco había pecado desde su época con Anna. Ahora irían directamente al grano, piel a piel, a por todas, en todo…

            Estaba ya en la calle, cuando ella se detuvo frente al hotel haciendo rechinar los frenos en un Suzuki blanco. Hammer tiró su maleta en el asiento de atrás; ella metió el cambio y arrancó precipitadamente. Había tensión en el aire, un fervoroso deseo de absolver cuanto antes el recorrido de manera que la forma más sublime de unión pudiera por fin hacerse realidad con ímpetu primitivo. Pasada la fonda doblaron hacia una pequeña carretera alquitranada. A la derecha Las Ranas, un restaurante que antiguamente había tenido mucho prestigio, y poco más adelante a la izquierda los Apartamentos Mayans.

            Un paisaje agreste, con un bosque de pinos al fondo, cercas de mampostería a ambos lados de la carretera. Bajo las amplias higueras sombreantes, provistas de todo tipo de puntales, un grupo de cabras atadas unas a otras con una cuerda corta por dos de sus patas con para evitar estampidas… Más adelante, colina arriba un bosque de sabinas, ese tipo de conífera arbustiva de formas retorcidas, cuyas ramas sin corteza parecen grandes bastoncitos salados.

            Una vez arriba se vieron recompensados por la vista sobre la Mola. Nada más llegar al barrio suizo –cantón Casaspijas, pensó Hammer− se seguía a la izquierda a través de un portalón con forma de arco y color ocre por un camino que unos ochenta metros más adelante acababa en una entrada de gravilla, toscanamente flanqueada por ocho cipreses. Luego había varias adelfas frente a un bungaló dividido en dos partes ensambladas, cuyos muros exteriores se estrechaban ligeramente por la parte superior. Colores  que iban del ocre al terracota, y vidrio. En efecto, las fachadas anterior y posterior estaban completamente acristaladas, de modo que un amplio espacio de la construcción permitía la visión hacia el otro lado, hasta los acantilados de la Mola. Delante, a la izquierda, el ancho mar relamiendo la estrecha franja de la costa que se extendía hasta el promontorio de la Mola. Hermoso, hermoso. Luisa aparcó el Suzuki ante la casa, a la izquierda de la barbacoa.

            Hammer cogió su maleta y la siguió al interior de la casa; suelo de brillo mate que acariciaba suavemente los pies, también en colores ocre y terracota. Seguro que tienen calefacción bajo el pavimento, pensó Hammer. Una selección de muebles de diseño italiano, ultramodernos, sillas con patas de aluminio abrillantadas y tapizadas con cueros de distintos colores junto a una mesa de madera de teca, encima colgaban dos pesadas lámparas halógenas semiesféricas de cristal macizo. Más adelante un majestuoso sillón de televisión, tapizado en piel, con un respaldo que se ensanchaba hacia arriba. Macetas de barro con plantas de hoja perenne, un bloque de cocina con campana extractora en el centro de la estancia, todo de la mejor calidad, lo mejor de lo mejor. El industrial italiano no había ahorrado en nada.

            Hammer dejó caer su maleta, se quedó pasmado durante unos instantes y estrechó a Luisa entre sus brazos.

            −Oh, cara mia.

            Mucho más no había que decir. Se fundieron en un abrazo, se devoraron y mientras se quitaban la ropa tambaleando, Luisa lo dirigió al sillón de la televisión, lo empujó sobre la napa fina y se acurrucó sobre él con solo la blusa de seda fina cubriéndole los hombros. Hammer le desbrochó los últimos dos botones, retiró la blusa y besó sus duros pezones como capullos. Él agarró su trasero acercándola a su cuerpo. Luisa jadeaba trabajosamente, paseó su lengua por el cuello y el pecho de él, se deslizó hacia atrás y abandonó el sillón colocándose en la piel de oveja tendida frente al mismo y, acurrucada entre sus piernas, saboreó a Hammer que palpitaba fuertemente.

            De repente paró, miró hacia lo alto y echó mano a la mesilla colocada al lado del sillón. Agarró una botella de porcelana blanca con pico de plata, volvió a sentarse sobre él y regó algo del contenido sobre sus pechos y sobre la parte anterior del torso de Hammer.

            −Olio di Toscana, olive oil from Tuscany, good for skin –Vertió más cantidad sobre los hombros, la espalda y el vientre, apartó la botella se deslizó hacia arriba sobre Hammer. Se refregaron, el uno contra el otro, como dos peces. Hammer estaba extraordinariamente excitado, en el colmo de sus deseos. Mordió el delgado haz de músculos sobre su clavícula, aspiró el aroma del aceite, se la acercó al cuerpo y dejó que ella se encargara de la motricidad. Todo se deslizaba, resbalaba, se sacudía, se contraía, fuera de quicio.

            Algo duro, peludo sacudió a Hammer sacándolo de su éxtasis. Un gato blanco refregaba su cuerpo contra su pie y le arañó la pantorrilla. Hammer le asestó un puntapié mandándolo lejos y se concentró de nuevo en Luisa que a horcajadas sobre él parecía estar a punto de alcanzar el climax. Sus manos abarcaban las dos divinas redondeces del trasero, se deslizaron acariciando la piel suavemente lubricada, se deslizaron más profundamente y de súbito se corrió largo y tendido. Hammer jadeaba, Luisa no paraba de gritar.

            El gato hundió de nuevo el hocico en la pantorrilla de Hammer y volvió a arañarle, cuando él lo echó hacia un lado.

            −Oh, Gerde –suspiró Luisa y arrimó su cabeza al cuello de él.

            −Oh, Luisa, carissima –jadeó Hammer− you are my obsession! Is this the italian way of making love? –enseguida se avergonzó de la insulsez de la pregunta que acababa de formular en inglés y susurró en alemán un: «Creo que te quiero».

            −It issa just my way. I knew you woulda like it. And issa best oil in the world!

            −Yes, I laik –Hammer se esforzó por dar un ligero acento francés a la palabra like.

            Ella se giró hacia el gato que estaba acurrucado junto a la mesilla.

            −Oh, this is Fletcher, the cat. Fletcher, this is Ammer, Gerd Ammer die Germania –dijo mediando entre los dos y añadió− Flechter, you can also say Martello! Martello means Hammer in Italian.

            Hammer se enteró de que Fletcher era un gato abandonado que había sido acogido en esa casa y que también a Luisa la ponía de los nervios. Sin embargo, aceptaba el hecho y le daba de comer. A pesar de que a Hammer le gustaban los gastos, desde el comienzo ese animal no gozó de su aprecio. La piel se le traslucía rosa a través del pelo, en la cabeza tenía una herida hecha costra, fruto probablemente de una pelea con otros gatos, y luego esa forma incisiva de perturbar su éxtasis, una criatura de Dios, fea y más bien desagradable. Del Dios que no existe, pensó Hammer.

            Luisa había atravesado la estancia hasta donde estaba el enorme refrigerador de acero inoxidable. Hammer la había seguido con la mirada, observaba su manera de andar y el duelo sensacional de sus picantes nalgas. Ella regresó con una botella de cava, Codorniu brut, y dos copas. Una vez servidas, Hammer la atrajo hacía sí por la espalda, disfrutó su deslizamiento toscano, vertió cava sobre sus hombros y lo absorbió con fruición. Luisa se levantó de repente, su bien redondeado culo estaba entonces ante la cabeza de Hammer, apretó las piernas de éste, vertió Codorniu sobre su martello y absorbió desde allí el pequeño pozo formado entre sus muslos. Hammer se sentía estupendamente bien, tomó a su vez un sorbo de champán y lo derramó en el sexo de ella. Un gusto increíblemente sensual, mezcla de ese aceite de oliva toscano, cava veneciano, esperma de Hammer y humores de cuerpo femenino noritaliano.

            Después de la segunda vez que follaron a lo loco, él la cargó hasta la cama del dormitorio. Durante un rato estuvieron tumbados en silencio, arrimados el uno al otro en posición embrionaria.  Una ragazza muy hermosa, grandiosa, pensó Hammer. Luego cogió un Ducados y caviló: euforia eufórica. La debacle de su empresa jamás podría con él. Estaba enamorado, tenía la supremacía sobre la voluptuosidad, el sexo, los excesos, sobre todas esas cosas que estaban muy por encima de toda cotidianidad, sobre todo aquello que sus compañeros burgueses no podían siquiera imaginar. El gato Fletcher saltó a la cama y rasgó la sabana. Poco después volvió a cruzar con sus garras la pantorrilla izquierda del intruso. Hammer le dio un fuerte empujón apartándolo.

Despertó con pensamientos voluptuosos y no logró orientarse de nuevo hasta no palpar el trasero prieto y redondo de Luisa apretado contra su martello, ya sin la firmeza matinal, como pudo comprobar en ese mismo momento. Agarró el pecho de Luisa, su soberbio pecho. Redondo y recio ponme precio, pensó Hammer y presionó sus pezones. Pero la jodienda no acababa de arrancar. ¿Qué pasaba? Hammer lo atribuyó al cigarrillo. Veneno vasoconstrictor.

            −Sorry, it´s too early.

            −Amore mio –le susurró Luisa en tono indulgente, salió deslizándose de la cama y se puso a manipular la cafetera semiautomática. Hammer oyó el ruido de los granos moliéndose, luego un zumbido largo de máquina eléctrica, luego un traqueteo, luego la espuma de la leche encrespándose sonoramente. Luisa se acercó hasta la cama en puntillas, con pies descalzos y una bandeja en las manos.

            −Servicio totale solo per te, Gerde Martello.

            El móvil de Martello necesitaba una estación de carga muy poco práctica; un estúpido aparato demasiado enclenque sujeto a un largo cordel. Lo había conectado al enchufe de la superficie de trabajo de la cocina y había colocado el móvil encima. Luisa había ido al supermercado a hacer la compra rechazando rotundamente su compañía. Caminó descalzo sobre el piso lubricado y encerado y se puso a mirar con atención el interior de la estancia. Todos los detalles muy finamente escogidos. Sobre todo el cuarto de baño: la bañera y el lavabo eran al parecer de obra o de cemento, las superficies bien revocadas y como el suelo fregados con colores terracota y luego sellados. Además la grifería era de acero inoxidable de muy buen gusto. El grifo del agua era un tubo en forma de cuello de cisne que se torneaba elegantemente sobre la orilla de la bañera. Cautivadora le pareció a Hammer la estación de la pasta dentífrica, un tubo de acero inoxidable con pie sólido que contenía obviamente un dispensador de la marca Theramed.

            Un ruido atronador procedente de la cocina lo sobresaltó sacándolo de sus agradables observaciones. Fletcher había saltado a la superficie de trabajo  de la cocina y se había puesto a rasgar un cartón de crackers. Había barrido el móvil de Hammer haciéndolo caer de la superficie de trabajo. Estaba en el suelo, la estación de carga con su tapa se habían roto.

            −Maldito bicho glotón –pensó y gritó Hammer. Luego agarró a Fletcher al vuelo por la nuca y lo lanzó al otro lado de la estancia− Hace un momento te has zampado todo un bol de comida, bastardo –le gritó. Fletcher se escabulló hacia afuera a través de la puerta de la terraza.

            El móvil, no obstante, parecía funcionar. Encendió un Ducados y probó a llamar a Steffen.

            −¿Hay alguna novedad?

            −No exactamente, aunque tu Rosie me ha llamado por teléfono preguntándome qué significa esto de la suspensión de pagos y si ella tendría que responder personalmente como afirmaba Werner. Le he explicado toda la situación, pero creo que no me ha entendido. Tu ex mujer es un poco corta.

            −Mierda –gruñó Hammer− Y encima Virgo. Nunca debí haberme casado con ella.

            −Bueno, que se le va a hacer. Y eso que está más claro que el agua: la empresa está en quiebra. Ella, tu esposa no aportó en su día su capital social. Por consiguiente ahora, en la suspensión de pagos, tiene que hacerlo a posteriori; en el peor de los casos 10 % de los actuales 25.000 euros. Parece que empieza a ser consciente de la gravedad de la situación. Me pregunta qué pasaría si te cediera a ti su 10 %. Si con eso al menos podría quedar libre de toda obligación.

            −Ves lo que te decía, quería atormentarme, se dio un buen baño de poder. Y ahora que empieza a darse cuenta de que es también su dinero el que está en juego, su estúpido orgullo no le vale siquiera 2.500 euros. Qué falta de dignidad, qué tía más tonta y vulgar.

            −Esperemos a ver lo que pasa. ¿Qué tal te va en el exilio?

            −Oye, estoy viviendo en un pequeño palacio con una mujer increíblemente cachonda y encantadora. Ya sabes, la italiana de la que te hablé.

            −Guauh, ¿o sea que existe, que es real? ¿Todo ha funcionado?

            −Bueno, al comienzo hubo pequeños contratiempos. Primero, se presentó el esposo, el muy sinvergüenza cogió un avión sin previo aviso. Pero luego ella lo mandó a paseo, de manera que ahora podemos entregarnos a la pasión, mi martello y yo. ¿Sabes que Hammer es martello en italiano? Más tarde te cuento más detalles –dijo ufano pensando involuntariamente en su fracaso matinal y apagando el Ducados.

            −Me dejas en vilo. Pero de tu martillo no me cuentes detalles. Hasta luego.

            −¡Espera! –exclamó Hammer− Dile a Rosie simplemente que te dé por escrito lo de la cesión del diez por ciento. Cuando vuelva firmo yo también el papel certificando que acepto su oferta, como decís vosotros los juristas. Y con eso queda liberada.

            −Buena idea. Quizás tendrías que haber sido jurista. Hasta pronto.

            Fletcher había vuelto después de la conversación telefónica y había saltado de nuevo a la superficie de trabajo. Hammer tenía los nervios a flor de pie. Ya se oía un zangoloteo. El salero y el pimentero, el expendedor de mondadientes y un tubo de tabletas de vitamina, esparcidos sobre una baldosa especular. Hammer odiaba ese tipo de gatos.

            Cuando Hammer intentó agarrar a Fletcher de nuevo, éste sacó las uñas rápidamente y le rasguñó el dorso de la mano sacándole sangre. Hammer agarró una revista, la enrolló y golpeó con ella al animal. Flechter se dio a la fuga.

            Luisa miró con consternación la mano cuando entró a la casa con la compra.

            −Gerde, what happened?

            −The fuckin´cat, he´s all over the kitchen.  

            −Oh, I know –suspiró ella lamentándolo y cogiendo su mano con cuidado− He isa terrible sometimes. We must put some alcohol on your hand –Salió del cuarto de baño con un pomo de Issey Miyake y un trocito de algodón. Con precaución aplicó unas gotas del perfume con alto contenido de alcohol sobre la herida. Olía bien, pero dolía.

            Hammer le mostró la pantorrilla.

            −Look, almost the same. This fucker did it yesterday when we made love –dijo señalando el sillón. 

            Ella se deslizó hacia abajo, observó su pantorrilla, le besó el pequeño rasguño.

            −¿Love? –susurró y metiendo las manos por entre las piernas de Hammer le agarró el trasero. En cuestión de segundos todo lo demás era secundario…

            Se pusieron ropa de verano ligera, metieron toallas de playa en el gran cesto de Luisa y cogieron el coche rumbo al puerto. Poco antes de llegar doblaron a la izquierda en dirección Porto Saler, luego siguieron el indicador hacia «Can Marroig». Bordearon la laguna de agua salada que con su estrecha abertura al mar resulta lugar predilecto para que atraquen botes de todo tipo. Pronto divisaron arriba en lo alto las ruinas de Marroig que dicen que 150 años atrás fue el primer hostal de la isla.

            Un camino auténticamente criminal con baches profundos apenas esquivables. El Suzuki daba tumbos y traqueteaba.

            −This car does not match the ambience of the house –se lamentó Hammer. Y menos aún con el dispensador de pasta dentífrica, pensó. Dejando a un lado la imagen, era al menos desde el punto de vista técnico un offroad para pobres. Pero al fin y al cabo le habían quitado las aplicaciones de colores que normalmente adornan este tipo de coches.

            Indicadores en color azul sobre los mojones al borde de la carretera señalaban el camino hacia el quiosco de Anselmo. Pronto vieron las puntas de dos mástiles de velero bamboleándose por encima de los riscos de la costa. Hammer aparcó el trasto de coche japonés más arriba del quiosco.


            Dejaron Anselmo abajo a la derecha y dieron un pequeño paseo por Punta Pedrera. A Hammer le encantaba ese pico remoto de la isla. Solo pocos turistas se adentraban en esta zona de difícil acceso, a la que la mayoría llegaba a través del mar. Luisa estaba visiblemente impresionada por el paisaje árido de piedra arenisca similar a la lunar. Pronto llegaron al otro lado y se encontraron de repente en el borde superior de una pintoresca cala, mirando hacia sus aguas lisas y transparentes a unos cinco metros de distancia. Continuaron subiendo hasta llegar al plano rocoso a unos quince metros de altura que se extendía ante ellos ofreciendo una vista embriagadora hacia Vedra, ese enorme peñasco que, semejándose al lomo de un gigantesco brontosaurio, sobresale del agua cerca de la costa de Ibiza.

            Después de un cuarto de hora de camino a través del accidentado plano rocoso llegaron de nuevo al borde del acantilado. Al mirar perpendicularmente hacia abajo sintieron un pequeño mareo. Se trata de un paisaje de riscos recortado geométricamente, estructuras con formas extrañas, superficies esculpidas en ángulo recto por la mano del hombre en la piedra arenisca, planicies bañadas en parte por el mar, utilizadas antiguamente por los ibicencos para extraer bloques de piedra de la costa acantilada para luego transportarlos a su isla.

            Más hacia la izquierda en esta cantera había una bajada a modo de escalera por la que descendieron. Abajo en el agua encontraron un sitio donde poder explayarse cómodamente. El mar era aquí liso como un espejo.

            −Attentione! –dijo Hammer señalando un cúmulo de erizos de mar bajo el agua. Además tras echar un vistazo al agua detectó algo gris-rosáceo: medusas. A veces aparecen aquí en cantidades ingentes, capaces de producirle a los bañistas quemaduras urticantes muy desagradables con sus tentáculos altamente venenosos. Pero el viento soplaba en la dirección correcta, de la tierra al mar, de modo que no había peligro.

            Se desnudaron y saltaron de las rocas al agua fresca y cristalina. Lentamente se va haciendo realidad, pensó Hammer, mientras ella nadaba hacia él riendo, fijaba en él con sus ojos marrones y le echaba los brazos alrededor del cuello. Se sumergieron y se acariciaron bajo el agua hasta que les faltó el aire.

            ¿No era un poema esta mujer? ¿Una revelación? ¿Esas cejas delgadas y bien arqueadas por encima de esos hermosos ojos italianos color marrón? Las arruguillas de la risa, ese cuerpo increíblemente prieto, las piernas delgadas y los pies absolutamente finos con las uñas pintadas de rojo. Hammer la miró con placer cuando ella se dejó caer sobre la toalla.

            −Your feet are like a painting.

            −Oh, Gerde –ronroneó ella cariñosamente y tiró de él hasta tenerlo encima de su cuerpo. Era una delicada magia que parecía asaltarla tras esas primeras erupciones embriagadoras.

            Hammer se sentía como un rey y al mismo tiempo como un jovenzuelo recién enamorado. Sí, en efecto, así era, y todo escepticismo, toda reserva lo abandonaba. A punto estuvo de hablarle de esa otra mujer de los rizos majestuosos, de revelarle su secreto, de purificarse de todo desvío y extravío.  Pero qué va, error capital que a esa edad uno ya no debería cometer.

            El sol era tan abrasador que pronto después del segundo baño decidieron emprender el regreso y trepar de nuevo por la escalera; a trompicones caminaron rumbo al quiosco cogidos del brazo por un suelo abrupto con innumerables piedras del tamaño de un puño.

            Dos yates y dos veleros seguían quietos sobre las lisas aguas. Adelante junto a un pequeño embarcadero permanecía amarrado un zodiac sobre las aguas cristalinas por encima de rocas, algas y arenas. Los dueños del quisco que llevaban años ahí regentando el negocio y que, a primera vista, parecían auténticos piratas de antología saludaron a Luisa y Hammer altivos pero con cordialidad.

            −Una botella de Codorniu brut, por favor! –pidió Hammer. Luego se sentaron en uno de los bancos de madera. Precisamente por la sencillez y la apacibilidad del lugar, ese chiringuito de tablas unidas de prisa y corriendo con un par de clavos ofrecía un ambiente insuperable. Estaban sentados al margen del techo de caña, bebían cava, disfrutaban de una vista maravillosa sobre las rocas acariciadas por las agua con suave ruido de oleaje y el sol calentando sus espaldas.

            Había pescado fresco y ellos pidieron dos rojas a la plancha con ensalada. No tardaron mucho en llegar y estaban exquisitas. Carne blanca y firme con una piel jaspeada color naranja, no muy hecha y con su sabor natural.

            Después de comer Hammer se reclinó placenteramente en su silla.

            −¿Vamos? Shall we go? Andiamo? –dijo farfullando una profusión de lenguas.

            −La cuenta por favor –Luisa insistió en pagar. A Hammer lo asaltó una leve sensación de Gigolo. Pero una cosa estaba clara: Luisa nadaba en dinero y él para nada. Y eso ella lo sabía. Así y todo.

            −Should´nt we share that bill, cara mia?

VI

En efecto la lamió, y ella a él ni se diga, pero sólo al caer la noche después de haber llevado a la mesa una estupenda ensalada de tomate con queso de cabra, aceitunas negras, cebolletas y albahaca fresca, y una olla de unos insuperables tagliatelle con pesto echando humo. Más tarde Luisa fue al cuarto de baño y al cabo de un rato sorprendió a Hammer con un Netz-Bodystocking que aparte de las aberturas usuales tenía también una entre las piernas, como pudo constatar Hammer tras un breve examen.

            −Is that all mine? –preguntó él ante su mirada desafiante.

            −Tutto, all!

            Era esa tensión, mezcla de ternura y erotismo duro, la que lo fascinaba, esa repentina transformación en algo animal. Las yemas de los dedos de Hammer recorrieron los grandes lazos, sintieron esa seductora unidad entre tejido y piel suave y desnuda. Sintió un loco arrobo al tocar, presionar, girar los pezones duros bajo la malla, mientras ella tiraba de él hacia el sillón de piel, apretando su mano contra la parte abombada de su pantalón. A continuación se lo abrió de golpe y se lo bajó. Dándose la vuelta, se acurrucó sobre la napa suave y llevó el miembro de Hammer allí donde la mayoría de las mujeres prefieren no tenerlo. Luisa sí quería y lo preparó todo. ¿Era este el último chute de adrenalina?

            Para Luisa parecía serlo, aunque tampoco dejo de pronunciar el «Be careful!». Poco después de esta incursión profunda en los anales de Hammer a través del acto anal, obsequiándole una mirada significativa, ella se dirigió a la superficie de trabajo de la cocina y se puso a trajinar. Hammer yacía exhausto en el sillón de piel y observaba el voluptuoso y húmedo cuerpo de Luisa mientras ella tarareaba distraídamente alguna melodía.

            Quizás Big Sky Country de Chris Whitley. Ya la primera noche él había puesto su CD Living with the Law en el reproductor de música y activado la tecla de repetición constante para esa pieza. Hammer cerró los ojos, imágenes obscenas atravesaban su mente. Oyó el sonido del corcho del champán sacado con cuidado, el de dos vasos chocando contra una superficie, un leve tintineo. Pausa. Luego en el súbito silencio oyó quedamente ese ruido delatador evidente para quien haya olfateado en la mesa, ese chirriar de materia cristalina contra vidrio, esa especie de ruido de muelas cuya intensidad se va haciendo cada vez más sutil, más silenciosa. Guauh, ¿qué le esperaba?

            Hammer espió curioso por el rabillo del ojo, ella dio media vuelta y se acercó hacia él con una gran bandeja moviendo las caderas como un felino. Una vez estuvo ante él se arrodilló y colocó la bandeja en el suelo al lado del sillón. Una botella de cava Codorniu Brut, dos copas y…, claro, la gran baldosa especular con dos rayas gordas de polvo blanco puestas esmeradamente en el centro. Al margen de la bandeja había un trozo de pajita de plástico blanco de unos siete centímetros de largo con líneas rojas, seguramente procedente de Mc Donald´s. Hammer arqueó las cejas, ella lo miró y sonrió triunfante.

  1. ya se había propuesto varias veces no volver a esnifar nunca más. Pero la noche del vuelo también había caído. Si alguien te ofrece, no dices no. Y eso que sus primeras experiencias con la nieve hacía unos años habían sido realmente fenomenales. Guauh, ese subidón instantáneo de plena presencia. Sensaciones de omnipotencia absoluta, charlas eternas, culto a la personalidad sin reservas, euforia, eufórica, sencillamente un excelente humor. En otras experiencias con el polvo blanco, sin embargo, ese chute inicial, que tanto lo asombró la primera vez, no se había producido y en cambio sí una sensación de excitación y de cierta inquietud paranoica. Cosa que daba rabia dado el precio que había que pagar por su adquisición.

            Un conocido de Oldenburg del cual podía fiarse y que se ganaba muy bien la vida comerciando con este producto natural, le suministraba a Hammer a menudo los fines de semana la aportación, como éste solía expresarse al teléfono. En vista del innegable peligro que encerraba, la tal aportación de excelente calidad era compartida por lo general con su amigo Robert; medio gramo para cada uno. Al cabo de poco tiempo le habían adjudicado al de Oldenburg el apodo de “El Hamburgués”. Oye, ¿no llamarías al hamburgués? o ¿Qué tal Hamburgo desde el punto de vista puramente situacional?

            Hammer había hecho un pedido vía móvil del de Oldenburg. El sábado por la mañana, había recibido puntualmente con el correo un sobre blanco de la marca Jiffy que contenía otro sobre sellado con cinta celo y doblado varias veces en el que se encontraba la hojita de papel cuadrada del tamaño de un pulgar, con canto de unos diez centímetros y doblada en las esquinas y en diagonal con el polvo blanco en su interior.

            La misión de Hammer como distribuidor era esparcir, moler finamente y dividir este contenido en un pequeño espejo de los años cincuenta al cual le había retirado el marco dorado de plástico y que utilizaba especialmente para tal efecto y mantenía escondido en una estantería de la empresa. Para esto había que girar una tarjeta de crédito en torno al montoncito inclinándola en  lo posible y haciendo presión sobre el borde superior. Te cabreabas si en la operación uno de los grandes rocks saltaba fuera. Había que buscarlo sin falta y  devolverlo al espejo para continuar. Y esa operación de dar vueltas con la tarjeta de crédito, cuya única finalidad era obtener polvo fino con una consistencia como de azúcar en polvo, producía ese ruido inconfundible como de muelas.

            Su proveedor le había explicado una vez que era mejor enviar el grano más bien basto pues de lo contrario podía suceder que la humedad a la que estuviera expuesto durante el recorrido postal lo aglutinara convirtiéndolo en una papilla difícilmente consumible, cuyo potenciador de energía podía acabar fatalmente adherido al envoltorio. Mejor enviar rocks más grandes que tener que asumir pérdidas en toda la línea o que acaso por masticar el papel la gente acabara con una garganta y una lengua insensibilizadas.

            Luego se trataba de dividir ese montoncito de polvo en dos mitades iguales empujándolo con el borde de la tarjeta de crédito, formando en ángulo transversal dos largas rayas de lujo que había que juntar algo la una a la otra, quitarle un poco a una, añadirle un poco a la otra hasta que su aspecto garantizara que el reparto había sido equitativo.

            Finalmente una de las mitades del fino polvo estaba destinada a volver a la papelina a través del borde del espejo, la otra mitad a una hojita del block de notas de Hammer anteriormente doblada. Había que plegarla en diagonal. Luego se trataba de dividir ópticamente el lado inferior del triángulo en tres, es decir doblar hacia dentro cada uno de los pequeños triángulos resultantes de forma que quedaran colocados simétricamente uno encima del otro y dieran lugar a un cuadrado terminado por arriba en un techo triangular. Había que doblar entonces el cuadrado horizontalmente hacia arriba y el techo hacia abajo, y abriendo un poco todo hacer que la oreja triangular entrara en la abertura formada por la mitad inferior del cuadrado. Realizando la operación Hammer tuvo que pensar en las gaviotas de papel que le gustaba confeccionar cuando niño. Los tiempos cambian y también los gustos.

            Hammer solía esnifar el medio gramo en el transcurso de una tarde de sábado con la esperanza de que en la noche pudiera despachar mejor y con mayor inspiración el trabajo pendiente. But, no good, acababa constatando una y otra vez. Se perdía en un sinfín de detalles. Polvo blanco, energía mal encaminada, mierda. Y la farlopa tenía además un efecto secundario muy especial. Reducía el martillo de Hammer a su mínima expresión. 1000 voltios en el cerebro y abajo nada de potencia.

            −Gerde, I know you like this –siguió susurrando Luisa con mirada triunfante.

            −More or less –No hay que decir no− It can be, that my martello, my penis –dijo señalando el miembro que reposaba tranquilo− will loose its power –al fin y al cabo avisaba y sin querer tuvo que pensar en el chiste de rubias de Klaus.

            −We will see –dijo Luisa con una sonrisa lasciva, levantó el espejo y le alcanzó la pajita.

            Hammer se cerró la fosa nasal derecha con un dedo y aspiró la raya de una vez. Luisa hizo otro tanto, lamió brevemente su índice, recogió con él los restos, agarró el miembro de Hammer, le retiró el prepucio, refregó el polvo sobre el glande y volvió a chuparlo todo. Al cabo de poco tiempo Hammer notó que surtía efecto, buen material. Luisa resbaló su cuerpo sobre el de él, le besó el cuello y volcó su boca sobre la de Hammer. Éste sintió el sabor amargo del polvo. De repente ella accionó la palanca lateral del sillón y con una sacudida quedaron en una posición casi horizontal. Hammer reflexionó brevemente si esto le recordaba un asiento abatible de coche o un sillón dental.

            En cualquier caso parecía que Hammer estaba en sus manos, perdido irremediablemente. Ella se dio la vuelta sobre él arrastró la lengua del ombligo para abajo sobre su martillo, bajándola por los testículos peludos hacia la entrepierna. Le levantó las piernas y él sintió de súbito como la lengua de ella jugueteaba primero suave, caliente y húmeda alrededor del orificio inferior de su cuerpo para luego tensarse, ponerse dura y de repente, presionando fuertemente entrar en él. Sin llegar a tener el miembro demasiado erecto, Hammer sintió cómo un chorro de esperma le salía del flácido manguito.

            Tras consumir buena coca se puede tener un buen sueño. Aunque estuvieron aún dos horas más en la cama hablando de la mar y sus peces, what to do in the future, my husband, my life, my business, my wife, ya no hubo más efervescencias eróticas, el polvo por fin había surtido su efecto negativo.

            Hammer se despertó sobresaltado. Luisa daba puñetazos contra sus costillas.

             −Gerde, you snore like hell

            Él incluso creyó percibir su último y contundente ronquido en el momento de despertar. Y como una iluminación le sobrevino:

            −Cara mia, when this happens again, just suck on my Little martello for half a minute, you know where, and the snorling will stop.

            Luisa se desternillaba de risa.

VII

Lo único que parecía pretender Flechter era crispar los nervios de Hammer a más no poder. Justo en el momento en que éste hablaba con Steffen y recibía la noticia de que probablemente el martes de la semana siguiente sería la cita, una botella del más refinado aceite de oliva de la Toscana se rompió con gran estruendo. Flechter la había hecho volcar en la superficie de trabajo mientras intentaba por enésima vez apoderarse de la caja de crackers. También durante la noche el gato había sido tan insoportable que Hammer había amenazado a Luisa diciendo:

            −Your cat makes me crazy. I´ll go out and kill it.

            −It´s not my cat –había dicho ella burlonamente soltando un: «¡Basta, Flechter!» que se oyó en toda la sala.

            Luego Hammer lo había cogido del cuello –esta vez muy rápido y sin lesionarse− y describiendo un gran arco lo había lanzado fuera a través de la puerta abierta.

            Apenas había acabado de limpiar el reguero de aceite, Flechter regresó y de un salto se encaramó de nuevo a la superficie de trabajo. Luisa lo espantó con la escoba, aunque ya tenía que haber salido hacía tiempo rumbo al puerto a entregar un paquete para el marido y a continuación hacer la compra.

            Hammer oyó cómo el motor del Suzuki arrancaba y, tremendamente tenso, echó los últimos restos de vidrio en el cubo de la basura. Y eso que había dormido bien, se había sentido más relajado que nunca al levantarse y había paseado lenta y tranquilamente por las estancias de la casa.

            Pero ahora se dirigió precipitadamente hacia el refrigerador y abrió la puerta de un tirón. Inmediatamente el hocico de Flechter se metió en el compartimento inferior. Hammer lo agarró por la nuca, sacándolo de un tirón y lo lanzó al otro lado del cuarto.

            Luego cogió la tarrina de Sheba. Por motivos incomprensibles Luisa creía que esa comida especial, más cara de Kitekat y Whiskas, era la preferida de los gatos. Cerró de un portazo el refrigerador y se acercó a la pila. Pero como siguiendo una inspiración regresó de repente al refrigerador y volvió a abrir la puerta. De nuevo el indiscreto hocico de Flechter estuvo ahí al instante.

            Hammer sacó la botella helada de Codorniu brut de la puerta del refrigerador y empujó con ella a la fiera hacia un lado. Dejó la botella sobre la pila, lavó el recipiente de la comida del gato ya vacío y cogió el abrelatas. Cuando se disponía a abrir la lata, ya Flechter había saltado otra vez arriba y maullaba. Algo es algo. Los gatos saben con seguridad que nunca podrán abrir una lata por sí solos; lata es la lata y papilla es papilla. Hammer volvió a coger al animal por la nuca y lo lanzó en dirección a la mesa del comedor. Luego abrió la lata y puso un poco de ragú de conejo en el recipiente.

            Avanzó unos pasos llevándolo consigo, dio media vuelta, cogió también la botella de cava. No dijo como otras veces: «Bien, Flechter ven». Sencillamente caminó hacia afuera, deambuló tranquilamente por la terraza hacia la barbacoa. Fletcher iba a su lado, maullando de avidez. Justo en el momento en que Hammer colocó el comedero en el suelo, el animal metió como loco el hocico en el asqueroso y gelatinoso ragú con olor a hígado o menudillos cocidos. Hammer contempló la escena durante unos instantes y supo lo que había que hacer. El retrato de Werner se le presentó por una fracción de segundos ante los ojos.

            Luego dejó deslizar la pesada y helada botella de cava de la mano izquierda a la derecha, tomó impulso y la descargó con toda la fuerza de la que era capaz en la cabeza de Fletcher. Para su sorpresa la botella quedó intacta. El cráneo deformado del gato parecía haber sido machacado con un mazo en un mortero. De repente el cuerpo del gato pegó un respingo. Hammer volvió a tomar impulso y descargó la botella entera en la cabeza y el tronco del animal. Con el golpe creyó oír un crujido, un chasquido. En esa milésima de segundo explotó la botella de cava que había ido a parar al lado contra una piedra, inundándolo todo de espuma y líquido.

            También Hammer quedó completamente empapado de cintura para arriba  y asqueado se apartó por unos instantes. Luego se dio la vuelta. El gato permanecía inmóvil. Hammer cogió el cabo del cuello de botella que no se había roto y pinchó con él el costado del animal. No hubo reacción alguna. Dos vidas, señor Fletcher, no siete. El asesinato del gato había sido consumado, ejecutado, realizado. Hammer se sentía extrañamente tranquilo y aliviado.

            Hammer miró el reloj. Luisa podía estar a punto de llegar. Sin pensarlo dos veces agarró los despojos del animal por las patas traseras y corrió los cien metros hasta la calle. Miró a su alrededor y tiró el cadáver en la cuneta al otro lado de la calzada. Una vez hubo regresado, juntó los restos de la botella de cava, y recogió la comida del gato con una pala y la tiró tras un arbusto de romero. En el momento en que limpiaba la pala bajo la pila eliminando los restos malolientes divisó el Suzuki doblando de la carretera al camino.

            Luisa se apeó, él salió a la terraza y la vio correr a su encuentro.

            −Gerde, Gerde. I found Fletcher by the Street. He isa dead!

            −Oh, what a pity! Hammer temblaba un poco y la abrazó− Don´t worry –dijo con voz queda− He was a fucking bastard.

            Con fingida consternación ella lo miró y dijo:

            −Maybe, you are right, Hammer.

            Hammer se tranquilizó.

            −Let´s hava champagne! –Ella se dirigió al refrigerador. Hammer quedó como petrificado. Ya no estaba seguro de tenerlas todas consigo.

            Ella abrió la puerta y se asombró.

            −Gerde, where is the bottle. You drank it?

            Hammer temblaba. El momento de la verdad. No tenía sentido, buscar excusas. ¿Lo entendería? ¿Sentiría repugnancia y lo pondría de patitas en la calle? ¿Qué hacer entonces? La de los rizos oscuros podría servirle de sustituta. ¿Qué era eso? ¿El final de toda moral?

            −I killed the cat with it! –La frase vibró helada en el aire.

            −Non e vero, it isa not true, Gerde –ella lo miró incrédula.

            −Yes, yes, it´s true. He got on my nerves like hell since I came here. He almost killed my phone, he kicked it from the fridge, when he tried to get the cookies.

            −Gerde –suspiró ella− you killer.

            De repente a Hammer se le cruzó por la mente la idea de que era ese el momento de hacer la maleta y desaparecer. Él, el culpable por los cuatro costados, una situación horrendamente enmarañada, Y sin embargo, siguió hablando en tono enérgico.

            −You also did not like this fuckin´cat, Suddenly I knew I had to do it.

            −But how? How did you kill it?

            −The champagne bottle –exclamó él−. Codorniu Brut. It´s a pretty heavy bottle. I crashed his head. Outside, when he was putting this mouth into the food like crazy. He could not have been hungry. He are enough this morning. But he was like «I want, I want, I want more» −a Hammer se le acabaron las palabras en inglés.

            −Oh Gerde, what a crazy guy you are? –dijo ella pensativa.

            De repente él creyó distinguir en los ojos de ella un brillo hasta entonces desconocido.

            −Come with me –dijo arrastrándolo al dormitorio. Se quitó la camisa y lo atrajo a la cama. Llevó la mano derecha de él a su pecho, presionó el pulgar y el índice de Hammer contra un pezón y los juntó haciendo fuerza.

            −Do this –susurró ella y volvió a juntarle los dedos− I need this strong –suspiró.

Hammer estaba ligeramente turbado.

You are sure? –pero se puso a hacer lo que se le mandaba.

More, more.

How do you mean? –preguntó Hammer, preocupado de hacerle daño de veras.

Just more, more strong.

I am afraid to hurt you –verbalizó Hammer indeciso.

Just do –lo animaba ella.

Sus pechos bajo los pezones estaban más blandos que otras veces, lo cual ponía a Hammer más inseguro aún. Como si de repente le faltara la substancia para ese tipo de maltratos. Hammer sintió que se esfumaba su excitación inicial.

More, more, push!

Sorry, Luisa. I can´t, I cannot do this. It´s not my way of making love –dijo Hammer con decisión.

Ella lo miró con un atisbo de melancolía, melancolía femenina. Él la acarició, le besó el pelo  e intentó volver a arrancar de una forma convencional. Ella palpó sobre su pantalón en busca de su vara y pareció sentir que esta ya no estaba en el máximo de su dureza. Se incorporó y caminó hacia la ventana. Luego levantó los brazos y apoyó las muñecas contra el crucero. Estando ahí efectuó un ligero balanceo susurrando:

−Gerde.

Hammer sintió como ante ese panorama su deseo volvía a aflorar. No solo el contorno de su culo fascinante en el fino pantalón de verano sino también los omóplatos y la nuca produjeron un fuerte efecto. Se quitó el pantalón, se levantó y se dirigió hacia ella.

Lega me! Take your belt! –dijo recostándose contra los postigos.

What do you mean? Lega mi? –Hammer volvió a estar inseguro. ¿Quería acaso que la azotara con el cinturón?

Ella giró la cara hacia las muñecas.

Lock my hands on the window!

Hammer estaba asombrado, volvió a la cama, sacó su cinturón del vaquero y volvió a hacer por segunda vez lo que se le mandaba. Se apoyó sobre su trasero esférico y empinado, con la cara en su pelo e hizo lo posible por pasar el cinturón por la parte superior del crucero y apretarlo en el agujero correcto para estabilizarlo. Haciéndolo pensó si no debería ir un momento por la cámara e inmortalizarlo todo en una foto.

Push me again –suspiró ella.

Hammer tuvo que reír para sus adentros. ¿Qué era esto? Era como si estuviera al lado de sí mismo, pero volvió a presionar su cuerpo contra el de ella y puso de nuevo manos a la obra. Una tierra de nadie erótica y desconocida. Y cuando llegó el siguiente More! More strong, Gerde! Se le fueron las ganas.

Luisa, I can´t. I hurt you, I don´t want to.

Ella volvió a dirigirle esa mirada ligeramente implorante.

Oh, Gerde.

Hammer la abrazó, le abrió el pantalón, se lo bajó y luego las bragas.

What you need is a macho man –le dijo mordiéndole el cuello. Ella emitió un leve grito y presionó el trasero hacia atrás contra su duro vergazo. Hammer resbaló hacia su receptáculo, el crucero de la ventana crujía, la mordió bajo la axila izquierda en el costado y se esforzó por ser lo más macho posible.

My sweet devotion –había dicho desatándola y dándole un golpe más bien de broma en el trasero.

At first I thought you wanted me to whip your ass with this.

Oh, Gerde, sometimes I love thisa way. Did I confuse you?

No, no, not at all! –dijo Hammer besándole la oreja y sonriendo.

¿Acaso la nueva experiencia había acabado por gustarle? Al fin y al cabo la sorpresa inicial había dado paso a una cierta excitación. Oh, qué perro cachondo que soy!, gruñó Hammer para sus adentros y siguió admirándose de todo y de sí mismo.

¿Cómo eran estas cosas? ¿Hasta dónde podía llegar uno? ¿En qué acabaría todo esto? ¿Le pediría dirty words? ¿Qué la llamara zorra, guarra, pendeja? ¿Hasta qué punto parecería ridículo? ¿A partir de qué momento, peligroso, abismal? ¿Podía proporcionar placer él saber a otro esclavo de uno mismo? ¿Acaso todas las mujeres llevaban escondido dentro de sí ese deseo de rebajarse, no solo de entregarse sino al mismo tiempo de humillarse?

VIII

El gato seguía en el mismo lugar cuando pasaron por ahí en el coche camino del bar Verdera. A Hammer el nombre le sonaba a Verderben, perdición en alemán y no estaba seguro de si era razonable llevar allí a Luisa. Aunque, al fin y al cabo ella no entendería las sandeces que soltaban todos aquellos imbéciles. Quedaba por ver qué decía del volumen y si le molestaría el ruido de los coches que pasaban por ahí. Quizás sería mejor ir de una vez al Rias Baixas. No, qué va. ¡Arriba la tradición!

            ¡Oh, bar de la perdición! Desde siempre el mejor sitio para enterarse de todo, ver quién había llegado recientemente a la isla, conocer las novedades del lugar o entablar si se terciaba una agradable conversación. Sorprendentemente ahí estaban Alfred y Marianne tomando café.

            −Look, two friends of mine –dijo Hammer−. Let´s sit with them –los presentó− Marianne i Alfredo di Germania, Luisa di Italia –resultó que los dos alemanes no sólo hablaban el inglés, sino también, aunque algo peor, el italiano. De modo que enseguida puso el tema de la cerámica. Las dos mujeres dominaban la materia.

            Tras una larga conversación sobre el oficio, Luisa dijo con entusiasmo.

            −You are very nice people. Can we invite you to dinner one evening? –Describió  cómo llegar a su casa y acordaron verse la noche del día subsiguiente.

            Entretanto habían llegado algunos jubilados que Hammer no había visto antes. El primero, más bien delgado, tenía aspecto de tío baboso cual vendedor de coches usados de Wuppertal, que recién salido del jacuzzi o de la fangoterapia viene a relajarse con una cerveza. Los otros eran sobre todo más gordos; en efecto se trataba de ese tipo de colosos panzudos y de cuellos gruesos como toros ataviados con sudaderas, chanclas de sauna, pantalones de deporte y camisetas sin mangas que mostraban descaradamente sus barrigas cebadas.  Y precisamente esta gente era seguramente la responsable de que los boquerones ya no fueran servidos con ajo. Todos y cada uno llevaban el tabloide alemán bajo el brazo y hablaban de los resultados del futbol. ¿Hay peces en Marte?, leyó Hammer.

            −Gerd, contrólate –le dijo Marianne con intención apaciguadora y agarrándolo por el brazo.

Cuando aparecieron las otras dos mujeres de los colgajos dorados, Hammer se sintió más que incómodo, ¿qué iba a pensar Luisa?

Upper class Germans? –preguntó ella justo en ese momento y se rio.

A Hammer le encantaban esos pequeños toques de ironía que ella soltaba en inglés. Pero, ¿la quería? ¿Qué había sucedido? Vio de nuevo esa expresión en su cara, ese brillo diferente que tenían sus ojos cuando la ató a la ventana. Sí que era extraño.

En la mesa contigua se hablaba a voz en cuello de que alguien había llevado un asado de corzo de al menos dos kilos y medio. También se oyó mencionar la ensalada de arenque. El móvil de Hammer retumbó. Era Steffen. Un momento, le dijo. Y a Luisa: Perdona. Es Stefano, dispiache!, retirándose para hablar en un rincón.

−Tu mujer, Rosie, acaba de volver a llamarme y es que quiere saber qué pasaría si aceptase mi propuesta de cederte su participación en la empresa.

−Bien, bien.

−Le he vuelto a decir que es lo mejor que puede hacer. Y para ti y tu reputación lo más conveniente es que asumas la empresa sin ir completamente a la quiebra. Con 55% te deshaces de Werner, luego inviertes más dinero para satisfacer las demandas de los acreedores y mi amigo el síndico de la quiebra da carpetazo al asunto y lo archiva.

−Bien –gruñó Hammer−. Redacta entonces el papel del traspaso y haz que ella lo firme. Yo te enviaré por fax una declaración de conformidad asumiendo, con el traspaso, todas sus obligaciones. Eso le pondrá los dientes largos.

−Bene. Espero tu fax –dijo Steffen y siguió parloteando−. Y además le haré firmar que para la tramitación de vuestro divorcio sea válido el estatus financiero existente en el momento de su cesión del diez por ciento. El síndico de quiebra hará un balance de vuestra calamitosa situación económica. De modo que en asuntos de manutención también deberías salir bien parado.

−Pon esto en marcha y llámame de nuevo –le dijo Hammer un poco hastiado de tanta táctica−. Bien, hasta pronto.

−Nos mantenemos en contacto. ¿Qué tal Italia?

−Un poco estrano, a Little strange –Hammer le dio un papirotazo a su colilla.

En la mesa de los jubilados se quejaban a voz en grito de los altos precios de esto y lo otro, y el segundo más gordo daba consejos de cómo reducir los costes del seguro de coche. Gentuza alemana, pensaba Hammer, es la peor porque, como la entiendes, estás expuesto a toda esa mierda que sale sin filtrar de sus cerebros.

I would prefer if they spoke Italian –le dijo bromeando a Luisa.

−A estos el cerebro no les da ni para el humor de la chusma –comentó Alfred por lo bajo.

  Klaus se arrastró a paso lento desde las Pitiüses hasta el bar. Los saludó a los cuatro y se dejó caer en una silla de la mesa contigua.

−¿Qué tal tu día, gordo? –le preguntó Hammer. 

−Mientras tome puntualmente mi dosis de morfina, voy tirando bastante bien – repuso Klaus esbozando una débil pero aún ágil sonrisa−. Y no tienes idea el éxito que uno tiene con las mujeres cuando está así de delgado.

Eso ya se lo había dicho el día anterior, pero también a Hammer le pasaba que cuanto mayor se hacía menos consciente era de qué cosas decía a quién, cuándo y cómo. Una plantilla Exel en la cabeza sería la solución, pensó.

−Dime, ¿eres creyente? –le preguntó a Klaus por lo bajo.

−Qué va. Las religiones son una mierda. La gente religiosa es gente mentalmente enferma que no controla sus emociones.

−Bueno, no sé.

−Claro que es así. De lo contrario ¿cómo puede alguien creer en una tontería semejante como Dios? En el mejor de los casos, Dios sólo puede ser todo junto, el universo, qué sé yo. Pero no alguien en concreto que tenga la responsabilidad de lo bueno o lo malo.

−Yo pienso lo mismo –dijo Hammer−. Ya el hecho de que tú tengas esa enfermedad demuestra que algo que podríamos imaginar como justicia o designio divino no es otra cosa que mera casualidad. Tonterías. Absurdo. Tienes razón.

−Exacto y ahora piensa en los musulmanes –dijo Klaus apasionándose−. Esa loca idea de hacerse volar por los aires junto con otros… Me recuerda mis momentos más violentos durante la pubertad. Tenía la necesidad imperiosa de tener una chica. Estaba enamorado hasta la médula, pero ella no quería saber de mí. Y yo idiota, pensaba, tiene que ser mía de todas formas. La esperaba a la salida de la escuela para insistirle, para convencerla. Y en algún momento, ella me cogió miedo y no me podía ni ver. Y yo no dejaba de acosarla. ¡La locura total!

−Sí, sí, eso está relacionado en parte con la locura.

−Obvio –exclamó Klaus−. Era una psicosis. Pero mira cómo está el mundo. Alguien que para nosotros sería un caso claro para el psiquiátrico, es en las religiones alguien absolutamente normal al que se le tributa el mayor respeto y reconocimiento por su locura, por el hecho de compartir oficialmente y en familiar comunidad su psicosis con los demás. Yo en cualquier caso te digo: la fe y la psicosis están muy muy cerca la una de la otra.

Hammer se llevó la taza de café a la boca y sintió un leve temblor. De nuevo ha llegado el momento, pensó.

−Gerd, estás temblando. Eso no es bueno –le dijo Marianne con mirada preocupada.

−Eres buena observadora –confirmó Hammer y se preguntó si Luisa también había notado algo. En cualquier caso parecía absolutamente recomendable dejar de estar fumando a cada rato. Y dejarlo para siempre. Durante ocho años lo había conseguido, maldita sea, maldito yo.

−Quizás es sólo que estoy un poco nervioso –dijo sonriendo y les habló del giro que había dado el asunto con lo del diez por ciento.

−Me parece un poco abstruso, si se me permite el comentario, que tú te encuentres aquí en Formentera justo en esta fase por la que atraviesa tu empresa –dijo Alfred.

−Pues sí, he venido primero para ver a Luisa –Hammer acarició con la mano derecha la encantadora espalda−. Además, en este momento no puedo hacer nada en casa. ¿Qué diablos voy a hacer? No tengo acceso a la empresa y está por ver: o bien todo entra en subasta o recupero la mayoría. De modo que lo que hago es esperar que se esclarezca lo de la cesión del diez por ciento por parte de mi mujer. Entonces me tomo un vuelo de regreso y hago borrón y cuenta nueva. Mantuvo la izquierda ante sí y la derecha en el cinturón e imitó el disparo de una metralleta.

Sorry –le dijo a Luisa−. I just explained the situation with my Company at home.

El ruido en la mesa de los jubilados había crecido unos decibeles más. Klaus torció la boca hastiado.

−¿Por qué tienen que hacerme esto estos mutantes en mis últimas semanas de vida? –se lamentó, pero enseguida volvió a sonreír− ¿Por qué no vuelven a Es Pujols, a donde el panadero alemán? 

−Exacto –dijo Alfred−. Exactamente ahí es donde debería ir esta gente. Ese es su lugar.

−Igual aquí todo es más barato –comentó Hammer−. Igual es que sencillamente son muy ahorrativos y quieren pasatiempos baratos.

Luego le explicó a Luisa que tenía que volver urgentemente al barrio suizo a redactar una declaración y enviarla por fax a Alemania.

Ok, la cena, doppo domani, we have dinner the day after tomorrow –dijo ella confirmándoles a Marianne y Alfred la invitación a cenar. Y luego regresaron al domicilio italiano.

Hammer escribía asuntos de la empresa en su iBook, hizo ronronear la impresora y envió todo por fax a Germany.

IX


 Por la noche fueron a cenar a la Fonda Pepe donde Luisa ya había estado alguna vez con su marido.

            −I like this place –le dijo para su contento.

            En la vitrina de la barra había unos cuantos gallos planos, de ojos claros y color verde olivo. Hammer pidió dos, muy poco hechos y, para empezar, gazpacho que en la Fonda era especialmente bueno. Unas mesas más adelante estaban los tres músicos y ELLA. Se hicieron señas de saludo y por primera vez Hammer tuvo la sensación de que ella se había fijado en él, de que había habido un primer contacto visual. Satisfecho constató así mismo que había podido evitar ruborizarse. Pues frente a él estaba sentada su maravillosa Luisa di Italia, por la que ya en el pasillo había cosechado varias miradas de envidia.

            El pescado sabía exquisito, sobre todo los apéndices lobulares del cerebro, como llamaba él a esos finos y blancos opérculos que sobresalían ligeramente en la cabeza de los gallos. Y naturalmente las agallas. Luisa también estaba encantada y elogiaba la carne blanca y tierna. Estuvieron de acuerdo en que era una tontería tomar siempre vino blanco con cualquier pescado. También eso le gustaba de ella, porque Hammer odiaba a esa gente con ambiciones culinarias, esa gente a la que no se les ocurre nada mejor que montar todo un tralalá por la comida, no está satisfecha con nada y tiene la necesidad de comunicar fanfarroneando en cuál de los caros restaurantes a los que suele acudir  está comiendo o qué vino está consumiendo. La comida de la Fonda, criticada con gusto por ese tipo de gente, era cosa llana, nada sofisticada, sencilla pero buena.    

            El humo del Muratti de Luisa le llegó a Hammer a los ojos. Empezaron a arderle y le corrían las lágrimas.

            −Oh caro Gerde, so sorry.

            −I´ll put some wáter in my eyes –dijo Hammer ligeramente atormentado, le apretó brevemente la mano y con esfuerzo se abrió paso hacia el lavabo para mantener la cara unos instantes en el agua. Cuando estaba inclinado sobre el lavabo humectándose los ardorosos ojos con el chorro de agua, oyó que un tipo entraba, se dirigía al urinario, se abría los pantalones y…fin. No hubo chorro, no hubo ruido de orines, él en realidad tenía la intención de hacer sus necesidades después de lavarse los ojos, pero de repente tuvo la sensación de tener que desaparecer para dejar que el tipo, cuya cara reconoció al girarse como la de Paul, el Manopla, meara tranquilamente y por fin pudiera aliviarse. Y eso que Hammer siempre encontraba placer en dejar escapar un buen chorro de orina contra el orinal, teniendo a alguien al lado que por lo visto no conseguía ir al grano. Claro que también conocía la situación con los papeles invertidos para desventaja suya.

            Hammer salió, pero antes no pudo por menos que comentar:

            −¿Qué pasa que el flujo de energía no acaba de funcionar?

            Cuando ya casi estaba a la altura de su mesa, los músicos, ellos y ella, acababan de levantarse de la suya y se le acercaban.

            −Hallo Gerd – lo saludó Rodger−. Ahora mismo vamos a tocar en el Blue Bar. Igual te apetece unírtenos para unas cuantas songs. Hay guitarra y amplificador.

            −Buena idea –contestó Hammer.

            De repente la cara de Rodger esbozó una sonrisa y mirando a la chica dijo:

            −Por cierto, esta es Karo. Preguntaste por ella, ¿no?

            −Sí, uno siempre quiere saberlo todo –dijo Hammer sonriendo y la saludó. Se produjo el primer contacto corporal. Unos ojos oscuros lo miraron. Unos dientes blancos y parejos con un poco de encía en la parte superior le sonrieron sugerentemente, enmarcados entre un labio superior carnoso y uno inferior descarnado.

            −Esta es Luisa di Italia –se apresuró a decir presentando a su acompañante que también se levantó.

            −These guys play in the Blue Bar tonight and asked me if I would like to play some songs with them –le dijo a Luisa explicándole la situación.

            −Oh, this is very nice. Why don´t we go there?

            −Yeah, Rock´n Roll –canturrió Hammer mirando a Karo− Tienes un pelo muy hermoso, estábamos en el mismo avión y me llamó la atención enseguida.

            −Todo natural –dijo con un timbre de voz profundo−. Bien, hasta más tarde.

            Él se la quedó mirando durante unos instantes, viendo cómo con paso enérgico y melena bamboleante movía el desvergonzado trasero en dirección a la salida. Un cuerpo lleno de nervio, un culo lleno de pulso. ¿Tenía que ver con la forma cómo esas dos redondeces se encontraban? En el espacio que las separa está la belleza, le pasó a Hammer por la mente.

            Al camarero que pasaba por ahí raudo y veloz le pidió dos cortados y volvieron a sentarse.

            −Gerde, you like this woman? –dijo Luisa con un deje de suficiencia.

            Él le cogió la mano, la atrajo hacia sí y le sonrió.

            −She is just really beatiful and I saw he ron the airplane. Nothing more. You are my carissima –añadió, y pensó durante unos instantes si decía la verdad, tiró suavemente de su mano por sobre la mesa y se la besó.

            −I´m not jealous –dijo ella en voz baja.

            Pagaron en la barra. Luisa condujo el Suzuki en dirección a ala Mola y pasados dos kilómetros doblaron a ala derecha tomando el accidentado camino hacia el Blue Bar. Luisa dio un golpe al volante.

            −I like so much to drive this.

            Hammer le indicó el camino. Ella conducía de forma intrépida sin dejar de coger ni un solo bache del camino. En fin, en cualquier caso el industrial italiano tendría comprarse un coche más apropiado. A derecha y a izquierda campos, de vez en cuando una casa, luego una ligera pendiente, matorrales a ambos lados, después a través de las dunas, hasta que finalmente, detrás de una hondonada, apareció en el fondo el edificio del Blue Bar y directamente delante de ellos: cuatro anillos plateados.

            Pues poco antes de la meta avanzaban a trompicones tras un Audi 80 que evitaba los escollos de la carretera mucho más moderadamente que ellos. Ambos coches se detuvieron bajo el gran carport, a unos 50 metros delante del Blue Bar. Los dos residentes Arnold y Sylvio se bajaron.

            −¡Un Audi de Germania en Formentera! –exclamó Hammer dirigiéndose a Sylvio sin ocultar su desprecio.

            −Was very cheap and is a great car –repuso el italiano.

            −Sylvio, un huomo italiano, Luisa, una signora italiana –dijo Hammer presentando a los dos compatriotas− Y Arnold di Germania.

            Luisa saludó a los dos hombres con bacio a la izquierda y bacio a la derecha y miró algo extrañada la rala y greñuda cabellera de Arnold, para luego detener la mirada durante unos segundos en el bien formado cuerpo de Sylvio, mientras dejaba que el ciao bella pronunciado por éste con acento nasal surtiera efecto en ella.

            −Seis di Milano? –dijo él y luego de nuevo en inglés− I can hear immediately  from the accent.

            Subieron. La música sonaba.

            −Oh, what a beautiful place –exclamó Luisa encantada cuando llegaron a la terraza y disfrutaron la vista sobre el mar. Una de las pasarelas de madera color verdoso, generosamente financiadas por la EU, conducía por entre altas cañas a la playa. En el cielo estaba la luna medio llena.

            −Let´s hear the band –dijo Hammer y entraron.

            En ese momento tocaban Pink Cadillac de Bruce Springsteen. El conjunto estaba colocado a ras de suelo a lo largo de la cristalera del fondo de la sala. Rodger cantaba, Karo bailaba a su lado cantando el estribillo con él. Las dos voces componían un timbre interesante.

            Fueron a buscar vino a la barra y Luisa examinó el interior.

            −It´s too much –exclamó.

            −What do you mean? –preguntó Hammer.

            −All these things. Look!

            Al fijarte con más atención notabas en efecto que ni un centímetro cuadrado de las paredes y del techo había quedado libre de un ringorrango absolutamente enrevesado, dibujos estarciados con plantilla, millones de estrellas, pequeños seres al estilo Alien lanzados a las paredes; una mezcolanza de material de decoración que desmerecía totalmente de la sala bien diseñada y contrastaba con la atmósfera mágica de la playa cual tren infernal al estilo star wars en una fiesta popular.

            Como quiera que aquello hubiera surgido, no cabía duda de que había sido bajo la ingesta de modernas drogas de diseño en una locura psicodélica mal entendida. Tal vez bueno para la temporada alta, seguro que a los mecánicos de coches de Turín les parecerá estupendo, pensó Hammer.

            −You´re right –dijo Hammer corroborando el buen ojo de Luisa para asuntos del buen gusto.

            Pink Cadillac acabó impetuosamente, Karo se había dado la vuelta en el acorde final y él la observaba, observaba ese culo sensacional, increíblemente dinámico en el que terminaba la delgada espalda cubierta por esa vibrante y exuberante cabellera. La siguiente pieza fue After Dark, esa canción genial de From Dusk Till Dawn, en el que la mujer, que poco tiempo después se convierte en vampiro, se regodea en un lascivo baile de serpiente. Karo cantaba y mientras lo hacía tenía un cierto brillo iracundo en los ojos. In his eyes, the Deep and burning fire ligth burns bright… Sí, en efecto, había cambiado her por his en la letra de la canción.  Está pensando, se dijo Hammer. Y luego no se lo podía creer.

            Hannes, el guitarrista, tocaba el arma secreta de Hammer, una guitarra Hammer, la número 3 de cinco prototipos que él había hecho construir por un lutier amigo suyo cuando comenzaron los problemas en la empresa, con el fin de lanzar un nuevo proyecto propio. Estas guitarras las había enviado a las cinco tiendas de guitarras alemanas más importantes para obtener las primeras opiniones sobre su nueva idea: una forma de guitarra de jazz, con un tamaño algo reducido, cuerpo hueco de madera maciza, agujero F en la parte superior. Con el fin de dotar al instrumento de un aspecto propio había desarrollado un diseño art déco de tres niveles para la tapa del mástil y otros componentes. Además un circuito especialmente manejable para las pastillas, similar al de una Fender Startocaster. Y lo que ahora lo fascinaba era que su guitarra sonaba extraordinariamente bien; un sonido abierto, claro, que se imponía con plena presencia, como solían escribir en las revistas del ramo los encargados de probar las guitarras.

            A Hammer lo volvió a distraer Karo que mientras sonaba Burning wild, inflamed, now I know his secret name… había cogido los brazos de Paul, el Manopla, animándolo a bailar. Este empezó enseguida a efectuar un expansivo baile libre a lo Dead-Head que culminó balanceando la pelvis directamente ante el micrófono y sacudiéndose y contrayéndose en ridículos movimientos eróticos. Qué horror, imagínese la copulación entre Karo y Paul, el Manopla, pensó Hammer. Pero en cuanto Paul se le acercó demasiado, ella presionó su mano contra la frente de él retirándolo más y más como a un perro hasta que éste perdió el equilibrio y cayó en una especie de voltereta hacia atrás sobre la pista de baile. Fue como de película, bad, wild vibrations. La audiencia estalló en alaridos y aplausos.

            Pausa. Phil Collins gimió suavemente a través de los bafles. Los músicos dejaron sus instrumentos sobre el escenario y se acercaron a la barra.

            −Cachonda la música –dijo Hammer y dirigiéndose a Karo:− ¡Qué fuerte, el número de After Dark!

            −El idiota ese que no se me acerque demasiado.

            −Me parece muy simpática tu antipatía –dijo Hammer alegrándose.

            Ella se sacudió.

            −Qué horror. Tiene manos extrañas, francamente repugnantes.

            −Sí, como filetes de carne fría y húmeda.

            −¿Quieres tocar con nosotros en el próximo set? –preguntó Rodger.

            −Over –dijo Hammer− Con gusto. ¿Qué tal si tocamos L.A. Woman o Soul Kitchen o Walk on The Wild Side?

            −Listo. En A o bien en E –dijo Rodger.

            −May I play? –preguntó Hammer a Luisa bromeando.

            −Oh, Gerde, I like so much to hear you play.

            Hammer se dirigió a Hannes que en ese momento pedía una cerveza.

            −¿Sabes de quién es esa guitarra que estás tocando?

            −Hammer –contestó Hannes− muy cachonda, ¿verdad?

            −Ese soy yo –dijo Hammer con acento renano y aire triunfante señalando la inscripción en el mástil de la guitarra.

            −¿Qué dices? ¿Estás cachondo? –dijo Hannes con desconfianza.

            −No, esta guitarra es Hammer. Un producto manufacturado H,A,M,M,E,R. Salió de mi empresa –dijo Hammer orgulloso.

            −No puede ser ¿verdad? Es la guitarra más cachonda que jamás he tenido.

  1. estaba en el colmo de la felicidad por haber reencontrado su propio producto, la encarnación de su diseño, en un lugar recóndito y no sin orgullo le explicó a Luisa el asunto. Mientras lo hacía no pudo por menos que echar un vistazo al trasero bien redondeado de Karo que se alejaba en ese momento rumbo a la terraza. Luisa pareció no darse cuenta.

            −Ven vamos a tocar –dijo Rodger dando la señal.

            Hammer se acercó al micrófono. Espera, primero la guitarra.

            −¿Me permites que toque tu Hammer? –le preguntó a Hannes.

            Hammer se colgó su guitarra, comprobó el temple y se dirigió al micro. Miró una vez más a Luisa que estaba de pie junto a la barra, le guiñó el ojo. Ella levantó el pulgar. Hammer sintió levemente la fiebre de candilejas.

            −Buenas noches –empezó diciendo−, good evening, bona notte, guten Abend, hallo –exclamó en el micrófono y añadió en berlinés: –Sois una gente muy cool todos aquí, ¿verdad?

            −12 compases en la –susurró a Rodger y Hannes y empezó con Cincinatti Jail.

            Dangadangadangdadeyei,  dangadangadangdadeyei los otros se le sumaron, un ritmo de shuffle pesado y apisonante. I left the contry, was a warm summer day. Drove to the city, bought a guitar I could play… Esto salía bien, al final de la canción ya bailaban tres o cuatro personas. Luisa estaba recostada contra la columna en el centro de la sala aplaudiendo con entusiasmo.

            Soul kitchen de los Doors. Hammer entonó en la menor, por el estilo de Riders on a storm. Hannes tocaba acompañándolo hermosos acordes abiertos con articulación flageolet.  Ya al comienzo de la primera estrofa Hammer sabía que como siempre no se acordaría de la letra de la segunda. Había que cantar una jeringonza, algo con minarets and alphabets, así como donde fuera posible such a thing, una combinación de palabras que, dado el caso, siempre sonaba plausible. 

            Se avergonzó un poco, pero estaba claro que nadie repararía en el galimatías de palabras que cantaba. No hay apenas alemanes que pongan atención al texto y un inglés también le había dicho en una ocasión que a la mayoría de sus compatriotas todo esto les resbalaba y les valía bullshit-fuckin-huevo.

            Al ritmo de la primera estrofa Luisa había salido a bailar y también Karo se mezclaba con la masa en movimiento. Hammer observaba sus bien diferentes convexidades. El trasero de Luisa maravillosamente redondo, fulminante; los músculos de Karo eran la continuación de una piernas  extremadamente largas, a las que se acoplaba una estrecha cintura. En cualquier caso, los suyos eran los dos traseros más cachondos de las que ahí bailaban.

            Gimme a Kiss de Van Morrison, una rápida pieza de shuffle. Hammer preludió unos cuantos compases y los chicos supieron cómo iba la cosa. Un conjunto  estupendo. En el segundo doo dood doo did doo did doo del estribillo Karo se apresuró a coger el micrófono y cantó una sorprendente segunda voz, tan magnífica que Hammer añadió una segunda vuelta de estribillo. Colocó la guitarra más a la derecha para que ella pudiera llegar mejor al micrófono y al hacerlo sintió varias veces el roce del trasero de ella contra su muslo izquierdo lo cual lo sentir una especie de corrientazo.

            No cantó la siguiente estrofa y presentó al grupo: «Karo on vocals!» La gente aplaudía con frenesí. «Rodger on bass guitar. They call him the Groove Man. Hannes on Fender Telecaster, Andreas on drums. Come on, give it to him, Andreas, the greatest drummer in the world

            La gente aplaudió como se pretendía, Hammer estaba de un ánimo excelente, cantó la última estrofa y pasó al estribillo. Inmediatamente Karo regresó; cantaba y en su balanceo se arrimaba ligeramente a él colocando el brazo derecho sobre su cadera. Ojalá que esto no fuera a ocasionarle problemas. Hammer buscó a Luisa con la mirada, ella había vuelto a la barra.

            Hammer estaba hambriento  de estribillo y entonó Walk On The Wild Side esa hermosa pieza compuesta por Lou Reed tras su época con Velvet Underground. No tuvo que dar la señal porque Karo ya estaba ahí doo doodoo doodoo doo doodoo doo doodoo.

            Hammer dejó resbalar a un lado la guitarra en la bandolera y ambos cantaron. Los músicos bajaron completamente el volumen de manera que prácticamente no se oía más que sus dos voces. Cierta sensación de omnipotencia asaltó a Hammer y éste empezó a animar a la gente; algunos ya tarareaban con ellos la melodía.

            −Come on I wanna hear you. I wanna hear all the girls in this place sing! Come o, girls, sing: doo doodoo doodoo doo doodoo doo doodoo.

            Lo lograron. Todas las chicas del Blue Bar cantaron dos veces el estribillo. Karo movía sus delgadas caderas contra las de Hammer. Su tensión estaba a diez mil voltios. Echó un corto vistazo hacia la barra, de Luisa ni rastro. Volvió a dejarse ir, deleitándose cabalmente en el carisma que él y Karo irradiaban, gozaba de esta mujer a su lado, su ondeante cabellera que le rozaba el hombro izquierdo en su vaivén. Le colocó la mano izquierda en la cadera, y se embaló. Otra vuelta de: doodoodoo y luego la última estrofa.

            Jackie is just speeding away, thought she was James Dean for a day. La cuarta vez que repetían He babe, take a walk on the wild side, Andreas dobló el ritmo de modo que la pieza fue acabando en un ritmo de rock extático y trepidante y Hammer añadió un solo de guitarra aún más potente para finalmente librar con Andreas un pequeño duelo. Pausa.

            −¡Cachondísimo! –le susurró a Karo en el oído− Te sale estupendo. Deberíamos cantar más a menudo juntos.

            −Sí, sin falta  –respondió ella−. Tú también lo haces requetebién, buen primer plano.

            Y luego pronunció la frase que a Hammer lo devolvió de golpe a la realidad:

            −Gerd, cantas de maravilla, pero hueles como un cenicero.

            −Oh, lo siento –susurró él achicopalándose un poco.

            −Sí, cantando a dúo en un micro te das cuenta de esas cosas.

            −Chica, pues esto tiene que empezar a preocuparme seriamente.

            −Ojalá que luego no te dé por zamparte un paquete de chuches detrás de otro.

            −A lo mejor hasta transpiré, ¿verdad? –preguntó completamente inseguro, mientras le corría, ahora sí, el sudor a chorros.

            −Qué va –negó ella.

            Él abandonó la guitarra, levantó los pulgares en señal de gran complacencia hacia los músicos y se dirigió a la barra en busca de lo italiano.

            En el recorrido de esos pocos metros recibió un montón de palmaditas en los hombros y muestras de afecto por parte de los clientes del Blue Bar. Pero Luisa out of sight. Hammer salió a la terraza y tampoco. Bueno, a lo mejor estaba en el lavabo. Rodger y Andreas salieron a deleitarse del triunfo.

            −Excelente tu forma de redoblar el ritmo al final –le dijo Hammer a Andreas felicitándolo y volvió a mirar a su alrededor− ¿Dónde está mi compañera italiana? –preguntó preocupado metiéndose un Dudacos a la boca.

            −A lo mejor no le gustó para nada cómo tú y Karo os meneabais juntos –apuntó Andreas−. Os habéis estado toqueteando de lo lindo. Lo veía claramente desde la batería.

            −Sólo era show –dijo Hammer quitándole hierro al asunto y preparándose ya mentalmente para su defensa ante Luisa−. Ahora tengo que ir a buscarla –dijo despidiéndose.

            De nuevo fue hasta la barra, dio una vuelta por el local, echó un vistazo atrás en dirección al lavabo, nada. Se temía lo peor. Enfiló hacia el carport, y en efecto, el Suzuki había desaparecido. Volvió precipitadamente al Blue Bar, cogió su móvil, marcó la letra “M” en el directorio y fue subiendo con la tecla.

            −En este momento no… −chilló la voz de la grabación.

            ¡Mierda, me cago en Dios! Pero si no había sido nada, sobre todo nada que ella hubiera podido haber visto. Aversiones femeninas, cara mia, ¿qué pasa? Hammer agarró su bolso de cuero, le dijo adiós a Rodger.

            −Saluda a Karo y a los demás de mi parte –añadió y desapareció. Había que enderezar este asunto.

            El cabreo se mezcló con su mala conciencia. ¿Cómo se había atrevido ella a dejarlo tirado ahí de esa manera? Ahora tenía que recorrer ese interminable camino hasta San Fernando y de ahí hasta el barrio suizo. Aparecieron unos faros tras él, hizo señas con el pulgar. El coche iba lleno. Lo asaltó la rabia, seguía dando tumbos por el oscuro camino, lanzando improperios y apelativos soeces contra el órgano sexual femenino en medio de la noche.

            El tercer coche se detuvo.

            −Ah, el músico.

            ¿Vale uno algo aún como músico en este mundo decadente?, pensó Hammer ¿No se es acaso un payaso, un imbécil, un estúpido feriante?

            ¿Cómo habría vivido Luisa todo lo sucedido? Primero con entusiasmo, frenesí, luego con celos que motivaron su partida, su partida definitiva. Al fin y al cabo todo cuanto tenía en Formentera estaba en su casa, ¿Qué significaba entonces semejante escena? El español paró en Ses Roques, poco antes de San Fernando. Había seis coches en el aparcamiento, como tenía que ser. Hammer entró. No había mucha movida, poca gente conocida y Luisa brillaba por su ausencia. Alguna gente bailaba en la parte posterior del local bañada por luces tremolantes a ritmos de estridente hip hop.

            Klaus estaba sentado adelante en la barra, menudo, arrugado, extrañamente petrificado. Quizás tenía algunas cosas en que pensar, seguro que también reflexionaba sobre su muerte. Mierda. Hammer se avergonzó un poco de dejarlo ahí sentado sin hacerle seña alguna.

            Dio media vuelta; fuera, bajo el enorme porche recubierto de plantas pensó si debería tomar un atajo y subir directamente por las tierras de los agricultores para llegar a la carretera que conduce al barrio suizo. Los primeros gallos ya cantaban, dos de la mañana. Qué tontería, estos cantan toda la noche, anyway, too much confusion. A la izquierda estaba el Rias Baixas silencioso y apacible. Hammer caminó 300 metros hacia San Fernando, dobló a la derecha en dirección a la iglesia y a la altura del restaurante Sa Finca, de nuevo a la derecha pasando por enfrente de Las Ranas.

            La tía imbécil, ¿qué significaba esto? Y esa estupidez de maso-turn. ¿Por qué tenía él que follar a una mujer que adoraba, que había adorado,  a través de un bodystocking por el culo? Una tía mierda, alfarera de lujo adicta al sexo que por terapia ocupacional amasaba y torneaba arcilla y barro, dependiente de un marido con ingresos máximos, a merced suyo como en el crucero de la ventana, enferma, psicótica.

            Seguro que todas las semanas iba a terapia con el fin de “encontrarse a sí misma”, por cuenta del marido que desconfiaba de todas esas cosas, pero las patrocinaba generosamente. Pues ella había de seguir sirviéndole de ornamento en las cenas de negocios con los amigos. Relación estupenda, intacta, mujer interesante. ¡La muy pánfila! Y él, Hammer, había caído en la trampa, ella había abusado de él convirtiéndolo en su lover, como si fuera un callboy, the modern lover para mujeres de la clase alta, let´s mee ton an island!

            ¿O era sólo el galimatías propio de Formentera, extravagancias típicas de la isla, cosas que simplemente pasan ahí, con independencia de los personajes? El paquete de Ducados se había reducido bastante. «Apesto como un cenicero», dijo Hammer a modo de resumen de lo sucedido en el Blue Bar. ¡Maldita sea, esa era la mujer! ¡La de los rizos oscuros! A por Hamburgo, eso era la sensualidad, el culo más sensual, prieto, delgado, al menos 10.000 voltios.

            De nuevo la confusión en el cerebro de Hammer. ¿Por qué iba caminando por esta calle recién asfaltada hacia el barrio suizo, a ese barrio que siempre había despreciado?  ¿Qué quería? ¿Un último cara a cara, la extremaunción? No, a mí no me vienes con esas. Debacle total. You dont´n do this to me. ¿Le parecería cachondo si él la golpeaba, si le daba una paliza? ¿Acaso a lo mejor lo había planeado así? ¿Debía cogerla con violencia y proporcionarle un placer dudoso?

            No way. Para eso no era él el hombre correcto. Fuckin Italian, fuckin English. ¿Qué clase de mezcla extraña entre placer y humillación era esa? ¿Hasta dónde hubiera podido llevar semejante disparate? Cambiar de forma de ser para ella y, sin embargo, mirarse a sí mismo y encontrar todo ridículo. Uf, ¿acaso alguna vez se habrían podido entender? Fuckin barrera del idioma, fuckin SM. No way, no hope.

            Había caminado ya bastante, le faltaba poco menos de un kilómetro para llegar al lugar al que había lanzado a Fletcher. A la izquierda ya se divisaba la silueta de Ibiza como una montaña de mediano tamaño sobre la Punta Prima como si ambas islas fueran una. Más adelante veía el mar. Fletcher, por Dios, el pobre animal, asesinado con una Codorniu Brut, eliminado por fastidiar, un molesto factor de interferencia durante la jodienda. Hammer se asustó. Él, el alemán, culpable de malos pensamientos, culpable del asesinato del gato, culpable de adulterio, culpable de la perturbación del entendimiento entre los pueblos de Italia y Germania.

            ¿Pero no sería acaso esta isla la culpable? Bloody bad Formentera, culpable de esa evolución equivocada, de esa confluencia fatal de energías negativas?

            Hammer hurgó nervioso en su paquete de Ducados sacando el antepenúltimo cigarrillo. Fletcher ya no estaba en el lugar. Hammer dobló a la izquierda hacia el camino de cipreses, vio luz en la casa, miró hacia la derecha, la Mola yacía plácida a la luz nocturna, destellos de luna sobre el mar rielante. Llegó hasta la casa, cuatro anillos plateados brillaban sobre trasfondo blanco: el Audi blanco, al lado el Suzuki, blanco junto a blanco. El colmo. Sylvio, ese conductor de coche teutón miserable y traicionero, ese Judas que primero traiciona a su país y luego lo traiciona a él, Hammer, con su amiguita. Ese factor de interferencia de primera clase, el primero que se le había presentado, Luisa lo había aprovechado para vengarse de Hammer. Y en ese momento oyó sus quejidos, sus gritos de placer, inconfundibles, bien familiares para él, desde el interior de la residencia.

            «Los Audis son molestos en cualquier situación de la vida», pensó Hammer. Pero, ¿acaso podía permitir él aquello, dejarlo pasar? ¿Debía abrir la puerta de golpe, agarrar al Guido y romperle la crisma? ¿Y luego a la concubina, su compatriota? Hammer miró por la mirilla. No se veía nada, sólo se oía: placer. Dio la vuelta a la casa, subió a la terraza, volvió a espiar. A la izquierda estaba el sillón de piel y ahí estaba ella acurrucada, la cerda cachonda, y en efecto, montaba al compatriota y lo trabajaba.

            La luz sobre la superficie de trabajo de la cocina estaba encendida y permitía a Hammer ver el conjunto. Él, cual loco voyeur, permanecía ahí en la terraza sintiéndose medianamente ofendido. Buena en el arte de mimar, pensó, se sintió débil, traicionado, vendido, pero: libre. Hammer se había girado para ver la Mola bañada por el brillo de la luna y volvió a oírla jadear, gritar, el mismo programa. Dio media vuelta y vio los dos cuerpos desnudos y palpitantes.

X

 

Hammer agarró un cojín del banco de madera de teca y puso pies en polvorosa. Enfiló por el camino hacia abajo, luego a la izquierda pasando por debajo del portalón en arco estilo Ponderosa, y adentrándose en el barrio suizo, avanzó en dirección al acantilado rodeando el gran peñasco de arenisca y bajando hacia la cala de pescadores. Junto a una de sus barcas envaradas, había un plano más o menos recto cubierto con una mullida capa de algas secas, se tumbó, se puso el cojín bajo la cabeza, encendió el penúltimo Ducados y miró al cielo. Aquí estoy pues, idiota perdido. La Osa Mayor lucía en dirección norte, Orión enfrente, y él, Hammer, muy pequeño, bajo la bóveda del universo.

            ¿Qué no daría él por una maqueta del universo? Por algo tangible con sol, Tierra, luna y estrellas, giratorias tal como orbitan en el espacio. El sol tendría que ser una lámpara potente. Por fin entendería entonces como funciona toda esa mandanga, por qué este astro a veces está más cerca, otras más lejos, cómo es que a veces hay luna llena, menguante o inexistente. Y eso que esto último era lo único que le parecía más o menos plausible. Seguro que todo esto era más fácil de entender que la locura que tenía lugar en la isla.

            Pero, whatever? Una ley fundamental de las vacaciones es poder cambiar de opinión de minuto a minuto, pensó. Pues bien, así había de ser.

            Aunque, no en lo que se refiere al abuso de tabaco. Para la hora de la verdad desmoronó el último Ducados en las algas. ¡Oh, sublime simbolismo! Smoking no more. ¿Acaso podía tomarse en serio a sí mismo a este respecto? Pero adelante con los faroles. Sería de risa que no fuera capaz de oponerse a ese vicio, que no pudiera deshacerse de él. Hammer eres de lo que no hay, pensó. ¿Ha besado usted alguna vez un cenicero? La figura de Karo apareció en su mente y tuvo una sensación de fuerte excitación.

            El Ducados ejecutado no tenía salvación, adiós, se acabó, el puente había saltado por los aires, sólo quedaba el blanco filtro demasiado largo iluminado por la luz de la luna a su derecha. Fuera, se acabó. Calva, gorra, pensó Hammer y ¿ella también hará eso? Tuvo que reír para sus adentros. Luego hundió más la cabeza en el cojín y miró un minuto más el cielo estrellado, Biy Sky Country de Chris Whitleys le susurró en la cabeza, luego se quedó dormido. Todo tenía su razón de ser…

XI

No fue el sol sobre la cala el que lo despertó ni tampoco el calor otoñal que llenó el sitio acolchado con algas a la sombra de la barca de pescador, fueron las moscas que se posaron en masa sobre su cara. Eran las diez y doce minutos en el reloj de su móvil. Hizo el esfuerzo de levantarse, miró a su alrededor, turbado, desorientado momentáneamente. Luego hurgó en el bolsillo de pecho con el fin de sacar el primer cigarrillo. Ah, cierto, si lo queremos dejar. Además ya no podemos. El pánico invadió su corazón.

            Aspiró hondo una bocanada de aire matinal. El móvil sonó. Ah, Stefano.

            −Oye, sé que es un poco temprano para la isla. Pero tenía que llamarte ahora mismo.

            −Normalmente por ello habrías perdido la vida, pero da la casualidad que por motivos insospechados hace unos minutos que estoy en pie. ¿Qué pasa, ha sucedido algo?

            −Tienes tu diez por ciento. Tu mujer ha firmado hace un cuarto de hora. Sólo falta que contrafirmes y entonces podremos dejar a tu querido Werner como quien dice fuera de combate, noqueado, eliminado y de paso también a la pendeja de su amiguita  –dijo Steffen en un lenguaje atípico para un abogado para luego añadir en tono normal−. Deberías estar de vuelta a más tardar el lunes por la mañana para que podamos cancelar lo de la subasta. Te quedan tres hermosos días en la isla y luego hay que poner manos a la obra. Como tu abogado te aconsejo que compres lo primero un par de bombines nuevos para la cerradura de la puerta de entrada.

            −Increíble, increíble –dijo Hammer jadeando.

            −Sí, tardó bastante. Prepararé los papeles, las cartas de despido etc. y traigo una carga de explosivos.

            El corazón de Hammer saltaba de contento, ¡qué nochecita, qué día!

             −Stefano, ahora mismo reservo un vuelo para regresar el domingo. Listo.

            Alegre tomó la pendiente hacia la tierra de los cipreses. Se sentía bien esa mañana, libre, desinhibido. No hubo cigarrillo que le ocasionara el primer mareo, que le nublara el cerebro como había sido el caso en estos últimos meses. Hammer se echó a correr, a saltar, pero no para llegar antes a la meta. Era una muestra de contento, la manifestación de su nuevo estado: no fumador, libre, liberado de las garras de esa decadente señora italiana, dueño de la mayoría de la empresa, listo a dar el último golpe, el contragolpe.

            Un fuerte ataque de tos lo devolvió al reino del presente. La tos matinal, el dolor en los bronquios, el odiado esputo, el embotamiento en la mañana, los autoreproches a continuación, todo pronto sería historia.

            El Audi blanco se había ido. El contento de Hammer desembocó en sentimientos encontrados. ¿En calidad de qué o quién se acercaba arrastrando sus Birkenstoks? ¿Venía en ton de vengador? Ciertamente no. ¿Qué hubiera hecho si el Audi siguiera ahí?

            Una sensación punzante de síndrome de abstinencia bloqueó las sinapsis de Hammer por casi medio minuto. ¿Era el mono? ¿Era el deseo? Si acaso lo primero. Cigarrillo no quería, no se le pasaba por la mente, ni hablar.  Pero algo había que lo hacía morderse la uña del dedo corazón de la mano izquierda, mientras cualquier pensamiento resultaba banal. No había que flaquear, errar sin rumbo, más bien dejar el disco duro en reposo.

            Respirar hondo. Se masajeo las cienes y abrió la puerta de entrada. Luisa salía en ese momento del cuarto de baño envuelta en un albornoz blanco. Él se la quedó mirando durante unos instantes y con frente ligeramente altiva le soltó la frase:

            −So you found your macho man?

            Ella se llevó un cigarrillo a la boca, volvió a mirarlo, se encogió de hombros y dijo en voz baja una frase como aprendida de memoria:

            −I could not see you dancing with this girl. And I knew the first time you looked at her you like her. I am very sorry for all what happened. But I think is finished now.  

            −You´re right. Let´s forget it. I will pack my things and go.

            Ella lo miró desconcertada, melancólica. Las comisuras y el labio inferior estirados hacia abajo en gesto de lamento, una expresión de la cara que su marido tenía que haber soportado no pocas veces. ¿Le correspondía a él en ese momento el papel del marido? ¿Derivaba todo hacia una especie de teatro? Esa curiosa extrañeza, distancia, súbita sensación de desprecio hacia ella y hacia sí mismo. La víspera aún había tenido las más fuertes emociones, hoy nada de eso. Ni rastro de lo que fue, la vida tomaba sencillamente su rumbo normal y corriente.

            Se dispuso a recoger sus cosas. Harry el Dos Caballos. Un momento. Se acercó al pequeño escritorio, encendió el laptop sacándolo del modo reposo y abrió el archivo con los números de teléfono. Muy bien, el número de Harry estaba consignado pulcramente. Lo tecleó en el móvil. Le resultaba un poco extraño estar organizando sus asuntos fríamente, pero al fin y al cabo ella lo había obligado, la italiana, que fingía estar cool.

            −Gerd, ¿te has vuelto loco? –gruñó Harry con voz de dormido− ¿Sabes la hora que es?

            −Al fin y al cabo casi las once y media. Oye, ¿puedo alquilar un dos caballos?

            −A ver, el blanco lo tiene Ingrid, el rojo se lo he prometido a Karl, ah no, miento, te lo puedes quedar. Va de puta madre, pero lo dicho, el indicador de la gasolina no funciona y techo no tiene. Es el fun-car para la isla.

            −¡Listo! –dijo Hammer− Y dime una cosa ¿podrías recogerme en el barrio suizo? Luego te dejo dónde tú quieras.

            −En media hora –rezongó Harry− ¿Dónde?

            −La primera casa a la izquierda, el camino con los cipreses al final.

            −¡Guauh!

            La llamada de teléfono, la tecla roja del móvil lo habían sacado de ese incómodo encuentro obligado con carácter de ultimátum. Realidad pura y dura. Él estaba ahí de pie, ella otro tanto, fumando con su trasero sensual envuelto en el albornoz, pero no del todo oculto, ella, estromboliosa, ella con él, él con ella. ¿Cómo podía ser que de repente no quedara nada de aquella convulsión, que hubiera quedado invalidada? Un trip total, un breve alto en el camino y luego el interruptor apagado: off. Miró el interior de la estancia, la miró a ella, miró la cristalera frontal, ese panorama plano con el plano de la Mola perfectamente enmarcado, vio el suelo bien fregado, todo hermoso, todo formidable, todo no more!

            Hammer fue a buscar sus cosas al cuarto de baño, de nuevo ese dispensador de dentífrico Theramed de acero inoxidable le resultó cautivador. Primero echar fuera a Werner, y luego hacerle un pequeño y simpático encargo a su mecánico de precisión. ¿O primero hacer girar el dispensador de dentífrico y a manera de prueba, pasárselo a él por la cabeza? Tampoco estaría mal. ¿O por qué no mangar la propiedad italiana y olvidarse del encargo…? Eso es. Dejó resbalar el dispensador hacia el interior de su neceser, cerró la cremallera y salió. Luisa estaba ahí fumando medio petrificada. Durante unos instantes, todo giraba, Hammer dio media vuelta y sintió como si le hubieran quitado toda la energía. Sintió el deseo de acercarse a la cajetilla de Muratti de ella, abrirla y encenderse un pitillo. ¡Hammer, no cedas! Hammer, haciendo alarde al significado de su nombre, no cedió. Y cuida de no olvidarte ningún cable en ningún enchufe. Muy bien. Hammer tenía la realidad bajo control. Pronto tuvo todas las cosas empacadas. ¡Alto! Fue hasta el equipo de música y sacó el CD de Chris-Whiteley. Luisa no se había movido ni un centímetro y fumaba indiferente.

            Hammer colocó su maleta y su bolsa de piel ante la puerta de vidrio de la entrada, regresó a donde estaba ella, la agarró por los hombros ahora extraños, sintió su pelvis fulminante, que compacta o menos compacta, esa noche en cualquier caso la ragazza mala se la había puesto en las narices a Sylvio. Le dio un beso en la frente y le dijo:

            −We did so much. It was nice with you, but it was a nummber too hard –Qué tontería, pensó en ese mismo instante y odió su inglés.

            −You don´t understand the women –respondió ella casi inmóvil.

            Entretanto él había descubierto en su cuello un enorme moretón. Sylvio tiene que haberla mordido con fuerza. Y quién sabe que más habría incluido el programa que ella le había concedido. Hammer se sintió privado de su yo, suplantado.

            −May be, some time we will have a nice dinner on Stromboli –dijo finalmente y salió alienado.

            Una vez enfrente de la casa oyó el ruido del Dos caballos rodando sobre los guijarros de la entrada.

            −¿Qué pasa, que la cosa aquí no funcionó? –gritó Harry con un vozarrón desmesurado.

            −No por mucho tiempo.

            Hammer no tenía ganas de hablar sobre los detalles del asunto, metió su equipaje en el maletero del fun-car y dijo:

            −Tengo que ir a Las Pitiüses.

            −Estupendo. Ahí nos tomamos un café en el bar «la perdición».

            −Sí, pero más tarde. Primero tengo que pasar un momento por San Francisco a reservar vuelo de regreso.

            −Da igual. Total, son solo cinco minutos a pie hasta mi casa –Harry se detuvo ante el hostal, Hammer sacó sus trastos del Dos Caballos y recibió la llave.

            −Nos vemos ahora mismo –Cogió su maleta y subió al primer piso en busca de Nancy.

            −La 204 está ocupada –dijo Nancy lamentándolo−, pero la 104 acaba de quedar libre, la de la cama individual.

            −La tomo –dijo Hammer y se registró. Puso la maleta sobre la cama, volvió a bajar y subiéndose al Dos Caballos descapotado enfiló hacia San Francisco, Formentera, Baleares, España. Air Berlin volaba los domingos a las 14:10. Por 129 euros más unos 22 euros de tarifas en conceptos inventados. Listo. Sacó su tarjeta de crédito de un tirón y el billete de avión traqueteo en la impresora. Hammer regresó al bar «la perdición».

            Harry, el Dos caballos, estaba sentado con Rollete y Klaus, ese día con aspecto todavía más debilitado;  justo al otro lado de la entrada, en una mesa que abarcaba todo el espacio, el grupo de pesos pesados ya jubilados. Hammer se sentó con los tres primeros.

            −A propósito, nada de choke por la mañana! Y, ya sabes, el indicador de la gasolina no funciona. Llénalo ahora. Los frenos, en cambio, están recién cambiados. Frenos de tambor. Qué mierda de trabajo –se lamentó Harry, antes de que Hammer se hubiera sentado.

            −Te pago de una vez el alquiler hasta el domingo y te lo dejo aparcado en el puerto –propuso Hammer.

            −Correcto. Dame cincuenta euros –al decirlo Harry ponía una cara como si se tratase del precio de amigos más especial. Hammer le dio el billete.

            Al poco tiempo volvió a sorprenderse a sí mismo hurgando en su bolsillo de pecho en busca del Ducados. Un poco turbado se incorporó de su asiento y para afianzar su propósito, lanzó hacia la concurrencia un:

−Por cierto, ya no fumo más.

            −Ni tampoco menos –comentó Harry con una frase aniquiladora, mientras Klaus, chupando su cigarro, dijo susurrando:

            −Al respecto sobran las réplicas.

            Hammer pidió un biquini con jamón y queso, un café con leche y un agua con gas. Rollete, que por lo visto había sido interrumpido en su relato por la aparición de Hammer, continuó.

            −Estaba contando cómo me vi a mí mismo con mis propios ojos, tumbado en el sofá. Ya sabes, por entonces, en los setenta, una vez tiré cien tripis en un mes. Y ese día, primero me había fumado un canuto, luego mi speed y luego había hecho al menos dos esnifadas. Y luego me zampé un tripi, un sunshine acid cachondísimo –Rollete estiraba los labios y levantaba el pulgar derecho−. Y luego me fui a Es Pujols, adonde el Birdie en la taberna y, horror total, la gente de repente se convirtió en lagartos, tenían los rasgos de las caras completamente cambiados. O cuando alguien movía el mentón, la mandíbula entera se estiraba como si se prolongara hacia adelante. Un horror −Rollete se sacudió−. Sólo sabía que tenía que salir de ahí. O sea que volví a mi Mehari. En algún momento después de 40 horas, porque ¿sabes?, cinco minutos te parecen una eternidad, llegué a casa –Bebió un gran trago de cerveza.

            Hammer echó un vistazo a la última página del tabloide alemán que yacía sobre la mesa. Asesinatos en Formentera. Ibiza. La policía actúa a ciegas. ¿Quién será el tirador secreto que anda matando?

            −Ahí está de nuevo, nuestra isla –soltó Hammer.

            −Sí, déjalos que se mueran –continuó Rollete−. Ahí estaba la finca de San Fernando, donde me vi desde arriba. Pero antes, era la primera vez que vivía dos vidas auténticamente paralelas: una conduciendo de manera absolutamente normal a 20 km por hora, y la otra con el madero, por un control, qué sé yo. Estaba ahí con los guardias en un sitio cualquiera del camino. Un horror.

            −¿Y sucedió así, o qué versión era la correcta? –preguntó Klaus con bastante interés.

            −No, después, nada. Tengo que haberlo imaginado en mi alucine, tal vez porque intenté imaginarme la situación. ¿Qué haces si te paran cuando llevas todo esto encima?  Cuando estás en el viaje lo piensas todo de una forma tan nítida que te crees que lo estás viviendo. El caso es que luego estaba en mi finca, completamente ido y me tumbé en el sofá. Estando ahí, tumbado cuan largo, fue cuando de repente me vi a mí mismo estirado. Me entiendes, yo mismo –Los dedos índice y corazón de Rollete señalaban rítmicamente hacia la parte superior de su tronco−. Me veo a mí mismo desde arriba, desde el techo de la finca. Y entonces pensé que no podía ser. ¿Por qué estoy ahí abajo y puedo mirarme yo mismo a los ojos? Entonces llegó Sylvia. Era enfermera. Se arrodilló encima de mí y me sacudió y me zarandeó. Pánico total. ¿Entiendes?, lo veo todo desde arriba. Me veo a mí mismo, la veo a ella y a la demás gente, todo desde arriba. Me oigo decir. ¿Qué está pasando? Si hace un momento todo era hermoso. Tan hermoso. Y de repente vuelvo a estar tumbado ahí, mirando a 10 pares de ojos que me miran fijamente. ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

            −Experiencias premortales –comentó Klaus−. Pronto tendré que ver algo con eso.

            −No tan de prisa –suspiró Hammer.

            Hammer volvió a su cubículo de gato, encendió el iBook e hizo unas cuantas anotaciones en referencia a procedimientos ulteriores en asuntos del negocio. Luego volvió a mirar inquieto hacia la calle. El sol iluminaba la fachada del bar Verdera, cielo azul, tiempo imperial. Se incorporó, colocó el book en modo reposo, cogió su bolso negro de piel estilo hippie y la toalla de playa, se subió al Dos Caballos y arrancó rumbo a La Mola. Demasiado temprano para el Blue Bar o el Pirata Bus, pasó de largo ante ambos dejándolos a la derecha y luego dobló a la izquierda hacia Es Calo. Fonda Raffalet, un sitio apacible, un gran restaurante con explanada delante bajo una gran marquesina y una vista de ensueño hacia las aguas del mar color turquesa en la cala de pescadores.

            Alfred y Marianne estaban ahí sentados con sendas tazas de café en la mesa. Se sentó con ellos en uno de los asientos de mimbre que luego constató que eran de plástico. A simple vista el engaño apenas era perceptible. Sólo el peso delataba el plástico.

            −Por cierto, ¿está en pie la invitación de mañana a cenar?

            −Oh, en este momento pasan cosas increíbles –dijo Hammer tragando saliva− Lamento deciros que la cena no será. Mi italian connection ha quedado de súbito kaputto –Hammer dio un papirotazo con la derecha y emitiendo un sonido labial lanzó una pompa de jabón que se rompió en el aire de la tarde.

            Marianne le dirigió una mirada lastimosa.

            −Oh, Gerd, era una chica tan simpática la Luiza, perdón, Luisa.

            −Sí, de veras una pena, pero sea como sea las cosas vienen como vienen –dijo Hammer a la manera renana y desgranó un resumen de lo ocurrido en el Blue Bar junto y de la experiencia con el Audi a continuación, no sin mencionar lo fascinado que quedó con la cantante que había estado con ellos en el avión−. Además –añadió para hacer plausible su situación de engañado y para compensar−, esa eterna jeringonza; quiero decir, en el fondo uno no puede explicar a alguien sus sentimientos en inglés, hacerse entender de veras. Siempre persiste la distancia.

            La pareja lo miró comprensiva. ¿Se habían dejado engañar por él, el cornudo?

            −Además, he dejado de fumar. ¿Acaso no lo habéis notado?

            −Es verdad –se apresuró a decir Alfred−, sí que hay algo diferente en ti. Pero yo lo achaqué a tu pérdida italiana. Gerd, estupendo. Te felicito.

            −Así y todo, tiene que tener un sentido el que haya volado desde Hamburgo –añadió Hammer levemente confuso y atormentado por un subidón de mono.

            −En cualquier caso está el sentido de que nos hayamos conocido. Aunque me hubiera gustado conocer las artes culinarias de tu Luisa –lamentó Alfred− Gerd, no lo tomes a mal pero queríamos marcharnos a casa –dijo echando un vistazo a su taza de café vacía.

            −No problem. Por cierto, tengo el diez por ciento de mi mujer. Firmó.

            −Ves, ¿qué más quieres? Lo único que necesitas ahora es una nueva mujer o al menos algo por el estilo –dijo Marianne alegrándose.

            En ese preciso momento pasó presurosa una cucaracha relativamente grande al lado del pie de Marianne. Hammer la señaló. Marianne pegó un respingo estremecida y exclamó:

            −Claro, lo que faltaba.

            Alfred se rio.

            −No le hacen mal a nadie. Lo único que a veces llega a ser un problema es que se multiplican increíblemente. En los EEUU tienen roach motels. Pequeñas cajitas de cartón en empaques de a dos. Puedes comprarlas en cualquier supermercado. Por fuera tienen un dibujo mono –rio con picardía− Dos ventanucos en los que hacen señas dos alegres cucarachas. Debajo pone: They all check in, but they never check out. Dentro hay una sustancia aromática que atrae a los bichos, a los lados, dos orificios por los que entran y dentro, una cola a la que inmediatamente quedan adheridas. Y para completar, la imagen de los dos bichos haciendo señas. They all chek in, but they never check out, ROACH MOTEL! –Alfred se reía como un muchachito.

            Al cabo de poco tiempo dos lagartijas verdes se habían precipitado sobre la cucaracha que había buscado protección bajo una de las patas de una silla de plástico. El insecto llevaba las de perder. Asesinato y muerte. Ellos se quedaron admirados mirando el pequeño espectáculo. Otras lagartijas se acercaron rápidamente; la cucaracha fue descuartizada.

            −En ningún otro sitio hay tantas cucarachas como en Formentera –comentó Alfred.

            En efecto, en cualquier parte del suelo en donde posaras la mirada, en todas partes estaban esos bichos, se escabullían o a veces libraban pequeñas batallas por todo cuanto cayera de las mesas al suelo. Las pequeñas cucarachas con colas largas y delgadas, las más grandes y viejas en parte con colas más cortas.

            −Las lagartijas suelen desprenderse de sus colas cuando huyen del enemigo, o sea de gatos, lirones o ratas –explicó Alfred− Estas quedan temblando a merced del enemigo –dijo ejecutando dicho movimiento con el índice de la mano derecha y continuó:− Así el animalito puede poner su vida a buen recaudo, si es que tiene suerte. La cola le vuelve a crecer rápidamente, pero nunca llega a tener el tamaño inicial. Sólo en nosotros los hombres no se reproduce. Vamos, mujer –dijo riendo y ambos se levantaron.

            El cielo relucía con un azul extremadamente prometedor. Hammer se encaminó hacia el Pirata Bus. Lo hermoso de la isla, pensó Hammer, es que todos los sitios buenos están a pocos kilómetros, incluso a veces a pocos metros unos de otros. Formentera es un hermoso rincón en la Tierra, cubierto de una red de lugares para charlar y beber.   

            Hammer regresó a la carretera principal y a un kilómetro en dirección a Sant Ferran, dobló a la izquierda hacia la carretera asfaltada rumbo a Arenals. Pronto a la derecha estaba el camino algo accidentado, pero al fin y al cabo de doble vía que conducía al Pirata Bus, pasando por la casa y el Dos caballos verde del poeta Niklaus Schmid al que seguro no le hacía ninguna gracia que la entrada oficial al Pirata bus pasara últimamente por enfrente de su casa. Pues unos años antes había que doblar hacia una entrada antes de la carretera principal. Con el tiempo cambian las molestias.

            Antes de la pineda que se extiende casi a todo lo largo del Migjorn por detrás de las dunas, había a mano izquierda unas viñas secas. Una abubilla sobrevoló el camino con golpeteo de alas para luego posarse sobre un arbusto de romero. En el muro de la subsiguiente esquina con revocado color ocre, que separaba de la carretera uno de los muchos bungalós recién construidos bajo los pinos, Hammer vio un afiche del gordo Gaucho-Peter para un concierto bajo la luna llena en Es Pujols, ese sitio turístico de Formentera que Hammer solía evitar. Anunciaban Four Men Terror, el grupo de la isla en torno a Erik, Ekkehard y Thomas, el ex socio de Hammer en Formentera que ya no vivía en la isla. No pegaba mucho, el grupo hippie en el epicentro del turismo basura. Pues si había un lugar en la isla que mereciera tal denominación, ese era Es Pujols con sus cervecerías con jardín, tabernas donde tomar altbier y la cuota más alta de turistas en viaje forfait.

            El camino continuaba en pendiente y cuando Hammer alcanzó el punto más alto y a medida que atravesaba las dunas, se empezó a abrir la prometedora vista sobre el azul profundo del mar que se extendía ahora ante él a todo lo ancho del horizonte.

            De repente sintió en la nariz el penetrante olor a madera quemada. A mano izquierda estaba el aparcamiento de autocares con el carport de madera de la EU. Éste último permanecía intacto al igual que el quiosco del Pirata. Lo demás era un escenario más bien grotesco: trozos de madera quemada sobresalían negros de entre la arena. La amplia pasarela que hasta hacía poco llenaba el paisaje bajando hasta la playa era ya sólo una huella negra y fantasmagórica; la gente caminaba a los lados hacia arriba y hacia abajo.

            Una noche de otoño divina: aire claro, una gran formación de nubecillas dispersas en lo alto del mar y también sobre La Mola, aunque allí en grupos más compactos. Y eso que hacía poco alguien había despotricado del Pirata Bus calificándolo de antro de turistas de Formentera. Hammer había protestado inmediatamente diciendo que no había que ser tan duro con los juicios. Que en la zona de Pujols había otros establecimientos que merecían mucho más esa denominación.

            La mezcla de público en el lugar era en principio aceptable. Salvo algunas excepciones, todos eran buena gente de octubre, no esas masas de bebedores de cerveza, calvos y mozas que de junio a finales de septiembre pueblan este lugar y se pasean por ahí con el cuerpo tatuado, cualquier cantidad de metal en los labios, las fosas nasales y los ombligos. Últimos testimonios de su paso por ahí eran las enormes torres de cajas de cerveza San Miguel colocadas a los lados de una furgoneta Volks Wagen que hacía las veces de depósito de bebidas.

            Aunque también entre la buena gente de octubre el alcohol podía hacer estragos. Philosopher´s Stone de Van Morrison sonaba en ese momento increíblemente voluminoso y bello desde los pequeños altavoces Bose, cuando Hammer descubrió en la última mesa al lado de la barra a un grupo de mujeres de Colonia que conocía desde hacía tiempo. En el centro de la mesa había una botella casi vacía de vino rosé. El grupo de mujeres cuarentonas, en el fondo para nada incultas –médicas, publicistas y féminas mantenidas por sus maridos − estaban de un humor excelente.  

            Una tal Gisela volvía en ese momento a la mesa procedente del lavabo acondicionado en la arena tras la colina del Pirata Bus y uno de los tipos que de alguna manera parecía pertenecer al grupo, comento a voz en cuello:

            −Ésta acaba de mear.

            A un tal Tony que Hammer también conocía desde hacía tiempo se le ocurrió superar la vulgaridad dicha o acaso restregarle en las narices su memez al pelmazo que la había pronunciado diciendo:

            −Oye, creo que lo que acaba de hacer es defecar.

            ¡Cuidado en las conversaciones! En cualquier caso, esas mujeres parloteaban y se contaban con una increíble vehemencia todo tipo de cosas banales intentando involucrar constantemente a otros clientes del Pirata en su insulsa charla, con un afán desaforado de comunicación nunca visto.

            Pero en cuanto un varón se dejaba animar e intervenía en la conversación o acaso hacía alguna aportación graciosa, esas mujeres maduras rompían a reír en una carcajada colectiva, en un torrente de palabras y chillidos a altos decibelios que brotaba de sus bocas bien abiertas.

            La mujer que al reír enseñaba más los dientes empezó a contar un chiste.

            −¿Conocéis este? Dos penes salen de un examen. Uno tiene un dos, el otro, un cuatro raspado. ¿Cuál de los dos se alegra más? −Ella miraba fijamente a los demás inquisitivamente, preparando la sensación− El del cuatro raspado porque todavía tiene que pasar por el oral.

            Carcajadas estruendosas, a Hammer le sorprendió que nadie preguntara cómo es que dos penes salen de un examen.

            Tony, el que acababa de soltar lo del lavabo, un tipo de Düsseldorf que había llegado hacia años o décadas a la isla, estaba más involucrado de lo que parecía ser de su agrado, máxime que los de Düsseldorf y los de Colonia prefieren más bien evitarse. Al fin y al cabo no estaba sentado a la mesa, sino  apoyado en uno de los pilares de madera de sabina torneados que sostenían el techo del Pirata, y dirigía una sonrisa cargada de suficiencia hacia los congregados, soltando de vez en cuando un comentario sobre las historias de las damas que estas recompensaban de inmediato y gustosamente con sonoras risotadas.

            Just like you de Keb Mo sonaba ahora a través de los altavoces. También buena. Hammer sabía que una de las colonesas había sido por corto tiempo compañera de Tony y le había servido al resto del grupo para tomar contacto con él.

            Pero Tony no parecía verdaderamente interesado en ese tipo de contactos. Quizás estaba ya muy borracho o, por lo bebido, demasiado flojo para buscarse otro sitio. Durante unos instantes un perro de pelambre jaspeada marrón y beige se sentó a sus pies y Hammer oyó cuando Tony le decía:

            −Con estás víboras tú y yo no queremos nada que ver, ¿verdad?

            Ulrike, de unos cuarenta y cinco años, con pechos enormes bajo una blusa de lentejuelas plateadas sin mangas bregaba por salir del banco que formaba una unidad con la mesa, se dirigió tambaleante a Tony, se le colocó enfrente y dijo:

            −Tony, tienes que besarme ahora mismo.

            Hammer estaba en la barra y observaba este ataque frontal. Viva la espontaneidad. Aunque ataque o no ataque, qué más daba. Simple borrachera cervecera, ganas de aportar algo a la diversión general, pensó Hammer.

            −Me encanta besar –chilló para darle énfasis a lo que había dicho anteriormente y seguía ahí plantada frente a Tony con los labios pintados de rojo estirados en actitud de espera.

            Tony se la quedó mirando, parecía reflexionar con la mirada posada en ella. Luego dijo sonriendo:

            −Bien, pero primero tienes que cerrar los ojos.

            −Muy bien –resopló Ulrike.

Cerró los ojos y echó la cabeza con la boca semiabierta y lista para el beso un poco más hacia adelante, mientras estiraba el culo, al menos bastante bien formado, un poco más hacia atrás, como quien dice medio acuclillándose. Tony, recostado ante ella contra el poste de sabina, dirigió una sonrisa de sorna hacia la mesa de las damas que miraban con curiosidad morbosa.

            Hammer observaba la escena con atención. De súbito Tony se agachó doblando las rodillas, de modo que su cabeza quedó ante la pelvis de ella, con la mano derecha agarró un puñado de arena del suelo del Pirata, rápidamente volvió a incorporarse, giró el brazo con la mano aún cerrada hacia adelante y apretó el puñado de arena contra la boca de la mujer.

            La atrevida Ulrike dio un paso hacia atrás, sus ojos se abrieron llenos de espanto, parecía haber pasado de la euforia triunfal que recién había gozado a un estado del más gélido desengaño, para luego estremecerse de golpe sintiendo la arena entre los dientes, al comprender la putada de la que había sido objeto. Rápidamente se llevó la mano derecha a los labios del beso, se limpió la boca y escupió la arena, aunque primero sus ojos completamente desconcertados enfocaron de repente a Tony y en esas milésimas de segundo empezaron a brillar acuosos. Tragó y escupió el resto de arena hacia adelante, hacia él, mezclada con saliva, hizo de tripas corazón, retuvo el aliento –algo parecía atravesar su mente− y dijo con voz de ultratumba:

            −Eres un cerdo.

            Tony siguió riendo sin inmutarse, estaba preparado.

            Hammer miraba. Ok, sólo arena en una boca de mujer presa de euforia. No se trataba de un daño personal ni material de consideración, nada que constituyera un delito. Y sin embargo, juzgó que Tony se había sobrepasado, ay, ay, ay. En ese momento la mesa de las mujeres también se revolucionó.

            −¡Cerdo! –gritó Gabi, la rubia teñida, mientras su amiga estallaba en un llanto histérico

−¿Cómo se puede hacer algo así? ¿Cómo se puede hacer algo así?  Semejante mierda –Luego se le fue la voz de tanto sollozar.

Tony, cool, siguió gozando la vileza que había cometido sin sentir aparentemente el menor remordimiento. Ese hombre de unos cincuenta y cinco años, delgado, relativamente alto y de pelo cortado al ras. Un cínico de buen ver, descolocado por el alcohol y las vibraciones insulares.

  Crepúsculo vespertino. El cabo con su faro relucía vítreo contra el cielo rojo del atardecer, y los arrebatos de las colonesas habían amainado. Los adictos a las puestas de sol se habían reunido, contraviniendo la prohibición, en la reserva natural de la duna y admiraban con la boca abierta el extraordinario espectáculo natural que en efecto ofrecía aquel atardecer. El sol que en ese momento declinaba por encima del cabo no sólo irradiaba su luz roja sobre el acontecer del Pirata, sino que coloreaba de sutiles tonos rojos también las motas de nubes esparcidas por el cielo. Una versión demasiado pomposa de Time to Say Goodbye emitida a través de los altavoces Bose del Pirata bus era lo único que estropeaba el ánimo de Hammer.

Por la noche se atrevió a darse una vuelta por Es Pujols, para ver en El Gaucho al grupo hippie. Aparcó el Dos Caballos en el amplio aparcamiento a la derecha de la carretera principal y reculó. Siempre le suponía una especie de choque cultural entrar en ese lugar. Un pequeño milagro que ni el Burger King ni el Mac Donald´s tuvieran local aquí. Hammer se coló a través de una callejuela, atravesó el jardín de una taberna cervecera, pasó de largo dejando a su derecha las cuatro tabernas en línea que forman lo que los alemanes llaman el Kontakthof, y tomó el pasaje que conducía al Gaucho.

El grupo había instalado su equipo, pero nadie tocaba. Ante la batería estaba supremamente excitado Erik el cantante, un viejo hippie holandés, un friqui pintoresco de origen moluco, con rostro moreno de piel curtida y pelo largo y greñudo. Ese pequeño asiático de unos cincuenta años insultaba como un condenado al bajista Ekkehard que en ese momento prestaba servicio en la escuela de construcción de guitarras.

Hammer no entendía muy bien de qué iba la pelea que culminó con que el asiático acabó por golpear al bajista en el pecho y escupirle a la cara en medio de improperios en alemán con fuerte acento holandés.

−Haz lo que quieras –le replicó Ekkehard− A ti no te pongo la mano encima, pero esto no se queda así.

−Eres un gilipollas –gritó Erik. Ekkehard hizo un gesto queriendo expresar la poca consideración que le merecía su contrincante, dio media vuelta y se marchó.

De repente se oyó en el interior el estruendo de un taburete de bar al  volcarse, otro foco de agitación. Un hombrecillo pequeño y enjuto tiraba de un tipo grande y más bien gordo que parecía desconcertado arrastrándolo hacia la terraza, se plantaba ante él y gritaba:

−¡No volverás a meterle mano a mi novia, hijoputa!

Luego tomó impulso y le lanzó un derechazo a la mandíbula. El gordo miraba asombrado, inmóvil y sólo su cabeza rebotó hacia atrás casi imperceptiblemente ante el impacto del puño. El pequeño camorrista volvió a tomar impulso, repitió el golpe, la cabeza del gordo volvió a rebotar de la misma manera como quitándole toda fuerza al sopapo. Luego varias personas sujetaron al pequeño que se debatía tironeando y despotricando para zafarse de los fornidos brazos que lo apresaban.

Entonces, el gordo, a quien le sangraba un poco el labio, se inclinó hacia adelante y dijo calmadamente:

−Rolf, como vuelvas a pegarme un golpe, te lo devuelvo. Pero no te lo aconsejo.

La mujer que al parecer era la novia del colérico llegó corriendo desde el bar, increpó a grito pelado a su compañero, y tirando de él se lo llevó a la calle que conduce al llamado Kontakthof.

El increíblemente inflado Gaucho-Peter gritó algo así como:

−Hasta aquí podíamos llegar. A partir de hoy tienes prohibida la entrada. 

Y las aguas volvieron a su cauce. Al poco rato uno de los presentes le contó a Hammer que unos años atrás el gordo había sido boxeador en la categoría de los pesos pesados y que por ley no podía pegar porque su puño equivalía a un arma.

−Si le hubiera lanzado una bofetada a Rolf, éste sin duda habría salido volando hasta dar con sus huesos en el Kontakthof, y sus dientes tras él. Luego dos semanas de hospital en San Francisco.

¿Era la luna llena, el inminente final de la temporada o acaso eran las misteriosas vibraciones de esta isla que hacían estallar el potencial de agresión de la gente?

Hammer regresó a San Ferran, a la Fonda. El restaurante aún estaba concurrido. Hammer tenía hambre y dirigiéndose a Rollete que en ese momento se hallaba reclinado contra el pilar central preguntó

−¿Te vienes a comer una tapas conmigo? Te invito.

−Buena idea, Gerd. Hoy aún no he comido nada.

En el mismo momento en que querían ocupar una mesa que había quedado libre, una treintañera rubia de pantalón blanco y su acompañante bigotudo que tendría más o menos su misma edad también se disponían a tomar asiento.

−Pues venga, tomen asiento con nosotros –dijo Hammer dándole a su voz un acento yugoslavo, aunque ya harto de tanta agresividad en el ambiente.

La mujer lo miró algo ofendida, sus ojos se movían nerviosamente y dijo empecinadamente.

−Pero esperamos a otras dos personas.

−Entonces lo sentimos –repuso Hammer sintiendo cómo los pelos de la nuca se le volvían a erizar ligeramente y un punzante deseo de un cigarrillo volvía a asaltarlo− porque entonces deberían buscar otra mesa.

Los dos se miraron por unos instantes mutuamente y en efecto acabaron sentándose con ellos a la misma mesa, sin dignarse a mirarlos. Todo giraba. ¿Fumar ahora? No era el cigarrillo lo que Hammer echaba de menos en ese momento. ¿Acaso había sido ese escándalo el que le había crispado de tal forma el ánimo? Tonterías! Debía de ser el sustrato de su potencial de adicción, ese consumirse por algo no tangible, cualquier cosa que tuviera al alcance de la mano.

Hammer reflexionó durante unos instantes sobre la posibilidad de que en la mesa reinara la armonía; en ese momento Rollete soltó con voz fuerte y firme:

−Hombre, Gerd, desde hace tres días no me como una rosca. Hoy tengo que volver a follar como Dios manda.

−Por supuesto, follar a lo bestia –asintió Hammer inmediatamente, regodeándose en la embarazosa procacidad.  

−Sí –continuó Rollete−, con una tía con un par de tetas así.

Rollete dibujó enormes formas redondeadas en el aire y enseguida prosiguió diciendo:

−Y por detrás, a lo bien cachondo–Ponía una cara de salidorro y empezó a convulsionarse.

−Cómo no, tío, cómo no –continuó Hammer con acento entre yugoslavo y renano− Y luego le das una paliza, a la tía.

La pareja se miró brevemente. Se levantaron y la mujer dijo en tono estridente y como animal herido.

−Las cosas que hay que oír, vamos –haciendo una pausa tomó aliento y soltó:− Purria, purria total. La próxima vez, mejor viajamos a Turquía.

−¿Qué pasa? –dijo Rollete con acento albanés sin esperar más respuestas. Los otros se marcharon y Rollete y Hammer se desternillaban de la risa. Luego pidieron dos gazpachos, pulpo a la plancha, siempre buena elección, y para acompañar una botella de tinto de la casa. Rollete estaba encantado.

−¡Qué buena idea la de comer juntos!

XII

Primeras horas del día. El martillo de Hammer estaba duro como un martillo en esta primera mañana privada de vicio en la cama de las Pitiüses. Más duro que nunca. ¿Era acaso la nicotina, ese veneno impedido de circular por su sangre? Ahora llevado por un arrebato Hammer tuvo que recurrir no una sino dos veces con todo ímpetu a esa intervención manual que engaña la naturaleza sin suplantarla, ja, ja, ja.

            Se levantó, olfateó y descubrió los dos apestosos ceniceros aún no vaciados. Fue al cuarto de baño a desocuparlos en el cubo de la basura. Colilla tras colilla, sesenta y dos contó sin vergüenza.

            Luego se duchó y bajó al bar «la perdición». Por falta de otra mesa libre se sentó enseguida a la derecha de Klaus y de Rollete en la mesa llena de jubilados, aceptando el molesto ruido a cambio de estar con los amigos. Klaus se comía en ese momento sus últimos boquerones, Rollete bebía una Alster que aquí le dicen Schanti, aunque a lo mejor la escriben con Ch, quién sabe. Hammer pidió lo acostumbrado: café con leche, agua con gas, un croissant con queso y jamón dulce.

            Al otro lado se paseaba una parejita de piel oscura.

            −¡Que estos cara de betún tengan que pasearse por aquí! –exclamó alguien en la mesa de los jubilados.

            −Claro pasan en pateras desde África. Y luego… José, me pasas otra cerveza.

            Chirrido de frenos en la desembocadura de la calle de Es Pujols. Poco faltó para que un BMW serie 5 se estrellara contra un Mercedes 280 recién estrenado.

            −Es hora de que pongan un semáforo –gritó la gorda mujer de jubilado, la de los colgajos dorados−. Para que esto acabe de una vez y uno pueda volver a estar seguro en esta isla.

            −Esto no se puede ya aguantar –bufó el más gordo de los jubilados de la mesa, un coloso increíble cuyas chanclas blanquiazules para la sauna descansaban en ese momento del enorme peso que tenían que soportar. El bronceado que le recordaba a Hammer a Wolfgang Petri se echó una cerveza al coleto.

            Klaus se levantó de un salto. Un milagro la rapidez con la que este hombre arrugado abandonaba su silla para quedar de pie. Hammer sintió el horror, esa certeza repentina de que algo nefasto se avecinaba. Pero Klaus podría contar con él si la cosa se ponía fea, pensó Hammer con valentía. Y Rollete también estaba ahí.

            Klaus se plantó ante la mesa de los jubilados rojo como un tomate. El color no concordaba con el aspecto escuálido de su semblante marcado por la enfermedad. Luego este hombre menudo con cara atormentada por el dolor gritó:

            −No son los coches ni los negros. Son ustedes, por si no lo saben, la peste que destroza esta isla.  

            Perplejidad e incredulidad. El gordo fue el primero en recuperarse.

            −Tú, fuera de aquí, golfo. Ya te estás yendo, pero rápido –Al decirlo su cuello se infló en efecto hasta tener el diámetro de la cabeza y sus ojos miraban inexpresivamente como los de un primate.

            Klaus miró desafiante a la cara hinchada, pero de repente se dio media vuelta como siguiendo una inspiración y salió pisando fuerte y con paso obstinado en dirección a la calle. Tuvo que detenerse súbitamente porque de lo contrario habría sido arrollado por un camión cisterna. Por un momento giró la cabeza y miró hacia el grupo de jubilados. Su mirada había adquirido de pronto un aire de enajenación, de loca determinación. Cruzó la calle apresuradamente y entró en las Pitiüses.

            El comerciante de coches usados se dirigió a la mujer de los colgajos dorados con mirada de asco

            −Repugnantes son estos tronados. ¡Por qué tiene que haber aquí semejante chusma!

            Hammer se apropió de café con leche. Lo que choca no es sólo el dialecto, pensó. Sino la gente que lo habla tenga además ese aspecto. El acabose. Pegó un sorbo a su bebida y, sintiendo vergüenza ajena, miró hacia otro lado, mejor dicho en línea recta hacia arriba, a la fachada del hostal, donde en la segunda planta a la derecha se abría en ese momento la puerta del balcón.

            Los visillos de detrás se corrieron y en la puerta apareció Klaus que de repente estiró los brazos hacia adelante. Pero no se estirara, sino que sostenía algo en las manos. Era un arma. Apuntaba. Un estampido, un disparo, otro. Saltaron los vidrios hechos trizas, Hammer se tiró a un lado, lo mismo hizo Rollete que aterrizó sobre él. Bum, bum, bum. Ruidos a los que uno no está acostumbrado, ni siquiera por oírlos en la tele, pues eran mucho más plásticos, más espaciales, mucho, pero que mucho más amenazadores. Al caer Hammer miró a la derecha. El coloso se escurría en la pared, del agujero en su frente brotaba un chorro de sangre rojo oscura.

            Hubo otro estampido, la mujer de los leggins y los colgajos dorados cayó chillando ante él, también el comerciante de coches usados fue a parar bajo el borde de la mesa, la sangre empapaba su pantalón de chándal.

            La rubia gorda de los dos quintales estaba tirada delante de todos. ¿Había caído la primera, dejando a los demás sin cobertura? Wolfgang Petri estaba tumbado en su silla con la cabeza echada hacia atrás sobre el antepecho de la ventana y las manos agarrotadas sobre las costillas. El emblema de su cadena de oro colgaba unos centímetros por encima del agujero por donde había impactado la bala justo al lado del esternón.

            En medio del fragor algunos coches pasaron armando ruido por delante del bar Verdera. Luego Hammer escuchó tres disparos más. El segundo coloso había volcado con silla y todo cayendo de espaldas hacia un lado. La sangre oscura teñía su camiseta sin mangas en el lugar del corazón.

            Tras un lapso de calma se oyó la voz estridente de Klaus desde el balcón de las Pitiüses gritando:

            −¡Esto ya no es Formentera!

            Hammer vio cómo colocó el cañón de la escopeta en vertical frente a sí con las manos en la culata y el gatillo. Luego oyó la detonación.

            El cuerpo delgado de Klaus se desvanecía como un muñeco sobre el lado estrecho del balcón; desgonzándose hacia abajo y cayendo entre algunos ciclomotores allí aparcados, se estrellaba contra el suelo recién alicatado justo ante la entrada del hostal. Hammer miró a su alrededor, hizo presión para quitarse a Rollete de encima que susurraba por segunda vez:

            −Klaus, lo sabía. Fue Klaus.

            Los dos se incorporaron con esfuerzo y miraron a su alrededor. Todo estaba lleno de sangre, todo olía a sangre. ¿A qué huele la sangre humana? Sin duda al olor que se sentía. Apocalipsis. Ahora.

            José, el fondero, fue el primero en volver en sí. El hombre acaba de perder seguramente sus mejores clientes; este fue el primer mal pensamiento que tuvo Hammer. Pero ya no había manera de restringir daños.

            −Muertos, todos muertos –gritaba José− ¿Qué ha pasado, por qué? –Las lágrimas le brotaban a los ojos. De los que estaban reunidos en la mesa de los jubilados no quedaba al parecer nadie con vida. En una mesa más adelante, una mujer joven había estallado en un llanto completamente histérico. Rollete la agarró por los hombros y le gritó:

            −Ya pasó, ya pasó.

            Un minuto más tarde se oyó en medio del alboroto general el aullido estilo Manhattan de la ambulancia mezclado con el de las sirenas de las patrullas de policía. Los guardias saltaron de sus jeeps. Seis muertos, seis muertos, se oía decir una y otra vez. Un agente corrió hacia el hostal, levantó el arma de fuego de Klaus y la llevó a uno de los coches.

            Los socorristas se inclinaban sobre los muertos e indicaban con gestos de lamento que no había nada que hacer. Luz azul, luz amarilla, increíble centelleo, increíble jaleo.

            −¡No se muevan! –les gritó un agente a Hammer y a Rollete.

            A Hammer le temblaba de repente todo el cuerpo y se dejó caer en una silla. Uno de los agentes hablaba un poco de alemán y se sentó a su lado con una libreta en la mano.

            −¿Qué ha sucedido? –preguntó.

            Hammer dejó que Rollete, residente en la isla, describiera los hechos: pelea, partida precipitada, la puerta del balcón arriba, los disparos.

            −Examinaremos la escopeta –dijo el guardia− seguro fue él el que mató a los otros dos.

            −Yo también lo creo –respondió Rollete−. Su nombre es Klaus, el apellido no lo sé. Tenía cáncer, cáncer terminal, iba a morir pronto. ¿Comprende?

            El agente asentía y apuntaba.

            −Y al ex alcalde no era santo de su devoción –siguió informando Rollete−, por lo de las prohibiciones de música. A lo mejor sabía otras cosas. Y esta gente –dijo señalando uno de los charcos de sangre− tampoco le gustaba.

            −La gente está como loca, todos –dijo el agente en tono gélido− Formentera produce fiebre –Luego anotó las direcciones y números de teléfono de Hammer y de Rollete, dio las gracias y se levantó.

            Todos los demás jubilados, salvo la más gorda, habían sido llevados en camilla a las ambulancias. Un tercer vehículo se acercó al lugar, y en fue introducido el cadáver de Klaus. Hammer saltó a la calle a mirarlo por última vez, pero ya no era reconocible, se había volado media cabeza. Hammer se dio media vuelta y vomitó en la calle.

            Rollete estaba fuera de sí.

            −Esto es como un maldito trip de horror –susurró.

            Entre tanto al menos un centenar de personas se había congregado en el lugar, aquello era un hervidero de gente que gritaba y chillaba.

            Hammer hizo de tripas corazón, se levantó de un salto y fue a las Pitiüses.

            En la escalera se topó con Nancy que lo abrazó larga y fuertemente.

            −Qué suerte que no te haya pasado nada –dijo entre sollozos.

            −Klaus nunca habría disparado contra mí, Nancy. Su blanco eran los jubilados.

            −Pero no se puede disparar contra la gente simplemente porque no te gusta –balbució ella consternada.

            −Bueno en su situación era posible hacer cualquier cosa sin reparos.

            De repente Hammer prorrumpió en una carcajada histérica como bajo shock. Y en efecto, estaba bajo shock. «Seis viejitos jubilados se fueron a cenar…». No se le ocurrió ninguna rima.

            Nancy lo miraba perpleja.

            −Gerd, ahora anda a costarte. Yo te traigo un café.

            −Eres un encanto –le dijo él y se metió a la habitación.

            ¿Qué días? ¿Qué sucesos?, pensó Hammer. La locura total. Abrió su maleta, sacó el cargador de su teléfono móvil y lo enchufó a la red: una operación normal, cotidiana. Nancy apareció con una taza de café con leche.

            −Gerd, no te lo creerás pero alguien de casualidad ha grabado todo en video. Uno de esos turistas que vienen por un día desde Ibiza. Esta noche lo van a pasar por televisión. Abajo todos están completamente locos, completamente atónitos.

            −Gracias por el café –le dijo él.

            −Lo hice yo misma. En el bar no hay nadie. Hasta pronto. ¡Descansa!

            Hammer colocó el café sobre la mesita de noche. ¿Por qué café ahora? Sería mejor un Valium. Abajo seguía reinando el caos más absoluto. Volvió a ver ante sus ojos a los jubilados heridos de muerte, a la increíble matrona de los colgajos dorados en primera línea, y tuvo esa comprensión primaria de que la biomasa viva puede convertirse de repente en materia muerta, en carne muerta; en segundos. La música era lo único que podía ayudarle. Enchufó su laptop, puso el CD de Chris Whitley y se dejó caer en la cama. Big Sky Country.

            La canción hablaba de cómo sería encontrarse de nuevo en el paraíso después de la muerte, mientras que abajo el mundo entero se derrumbaba. Hammer sentía un escalofrío cada vez que oía el estribillo: I want to meet you in the big sky country, just wanna prove if love can last. Incorporó la cabeza y bebió un sorbo de café. Like Halleluja in the big sky country  cantaba Chis una y otra vez, con un fraseo inimitable. El estribillo le recordaba la melodía de una canción de cuna.

            Hammer volvió a hundirse en la almohada y cerró los ojos. De nuevo vio sangre, oyó disparos, gritos, ese ulular de las sirenas como salido de la tele… Ya pasó hace tiempo, Hammer. Y Klaus estaba muerto, bien muerto, sin haber tenido que utilizar sus capsulas de cianuro, bum. Tendría que haberle sacado rápidamente el anillo del dedo en la camilla, pero la imagen era demasiado espeluznante, esa cabeza hecha trizas encima del delgado cuello de piel curtida, carne sangrante y huesos del cráneo hechos esquirlas. Y sobre todo, ¿qué sentido tenía todo aquello? Ejecutar a gente insensible. Si por eso fuera, podría eliminarse al noventa por ciento o más de la humanidad.

            Se acordó de Werner. ¿Habría podido encomendárselo a Klaus, de manera que éste hubiera realizado otra acción coherente en su vida? ¡Hammer! Tonterías. ¿Acaso se había perdido ya toda la moral? La cuestión de Werner en cualquier caso estaba solucionada. Steffen ya se encargaría. La cabeza de Werner prácticamente ya había rodado. Eliminado, fuera. Y en todo caso ya no había nada que repartir, porque no quedaba nada. Quiebra.

            Luego, de lo que se trataba era de ponerse las pilas y hacer reflotar el barco que casi había zozobrado. Bueno, Hammer seguro que lo lograría. Y en general pensaba, imagínate  que a Werner le llega a ocurrir algo y tengo que vérmelas con las estúpidas de su mujer y su hija por cuestiones de herencia y participación en la empresa. Un horror.

            Volvió a enderezarse y a sorber el café que entre tanto estaba tibio. Se llevó su mano derecha, como era antes su costumbre, al lado izquierdo del pecho. Jo, no hay nada, Hammer. De repente se admiró él mismo de no fumar, de haber dejado de fumar. Y en una situación, en la que sin la menor duda hubiera fumado y despachado un cigarrillo tras otro. Seguramente para él ahora fumar era lo mismo que no fumar, un estado de hacer o dejar de hacer, ya no algo relacionado con el placer o el disfrute. Un puro acto mecánico.

            En fin, al menos parecía funcionar. Y la experiencia de que podía funcionar ya la había tenido durante ocho años. Se incorporó, se levantó, fue a la ventana del balcón y espió lo que sucedía abajo. Ya sólo quedaban unas cuarenta personas de pie, sentadas o gesticulando. Las ambulancias y las patrullas habían desaparecido, ya era la tarde, entre tanto todo era como un mal sueño. Pirata Bus, pensó de repente. Hay que buscar algo de normalidad. O primero acercarse al Blue Bar, ¿encontrarse quizás con la de los rizos espléndidos?

XIII

La noticia del baño de sangre se había regado en menos que canta un gallo. En el Blue Bar todos corrían agitados de un lado a otro y, como si no hubiera pasado nada, sonaba esa música chill-out que Hammer odiaba y que como un  tranquilizer hacía entrar a la gente en una especie de letargo, aunque en ese momento no era lo suficientemente fuerte.

            Una especie de horror y ansias de sensacionalismo cundían en la isla. Uno de los varios mecánicos de coches de Núremberg que con sus sucios monos azules conferían una luz dudosa al Blue Bar cuyos dueños ya de por sí apostaban al parecer por un ambiente de meditación, le preguntó a Hammer si sabía más detalles. Hammer negó con la cabeza. A Karo le hubiera contado todo, pero ella no estaba. Ella hubiera sido en ese momento su último refugio.

            Pensó en inglés cómo le habría hablado a Luisa del asesinato. Remember Klaus, the thin guy, he had a gun, boom, boom… ¡A la mierda! En cualquier caso la forma de comunicación había sido bastante precaria. No había habido un verdadero intercambio de ideas, broken English, lo único verdaderamente excitante había sido follar, su manera de excitarse y excitarlo, y eso también con limitaciones. Forget it! Forget her, la pequeña italiana, la furcia marrana. Dementicare. Italia finito. Let´s go Pirata.

            Pronto tomó de nuevo el camino en dirección al Pirata Bus. Esta vez no hubo abubilla que cruzara el sendero. Le gustaban esos pájaros raros. En el  Pirata Bus no había música, la situación, por lo tanto, más especial. El asesinato de los jubilados, la masacre era la comidilla. La impresión que esto había provocado hacía que incluso la chusma tuviera un comportamiento más recatado.

            El ambiente relajado que por lo general reinaba en Formentera había cedido terreno a un estado de conturbada agitación. Se discutía acaloradamente sobre lo que podría haber motivado la actuación de Klaus. Los comentarios e hipótesis oscilaban entre la final de fútbol y el 11 de septiembre. Consternación por la muerte de tanta gente y ¡jubilados de mierda!; incluso había la contrapartida fascistoide: … a éste habría que haberlo fusilado. El hecho de que Klaus estaba mortalmente enfermo y desahuciado apenas fue mencionado. Probablemente casi ninguno de los presentes lo conocía, Klaus no era un asiduo del Pirata. Sí. Klaus ya no era. Klaus estaba muerto.

            Pasqual y Edith hacían su trabajo cumpliendo con sus obligaciones, y Edith dirigiéndose a un cliente de bigote que pedía música dijo con brevedad y contundencia: «Este no es un día para música. Mañana».

            Hammer sintió admiración por Edith que él, con ciertas reservas, siempre había tenido por una férrea mujer de negocios. Prescindir de la música en este lugar del buen humor, eso tenía estilo.

            En la parte posterior de la barra estaba Rodger sin la compañía de otros músicos. Hammer se le acercó con su copa de vino blanco mezclado con agua mineral.

            −Na, man, weird scences inside the goldmine –gruñó Rodger afligido.

            −Weird, weird –susurró Hammer y siguió evitando hablar de que había estado presente en medio del baño de sangre.

            −¡Suerte que aún tuvimos la semana en Alemania! –dijo Rodger intentando animar un poco el ambiente−. Al menos una gente simpática y una tasa de delincuencia extremadamente baja.

            No way. El día se había echado a perder. Letargo. En otros momentos decisivos siempre había habido para Hammer una polarización, CDU o SPD, mundo occidental o islam. Aquí no sabía uno qué pensar de todo lo ocurrido.

            Por un lado, esa horrible masacre, esa ejecución sin contemplaciones, por el otro, esas víctimas de dudosa valía que nadie conocía y, si era el caso, no quería.

            La noticia del asesinato había causado en las personas cercanas a Hammer un efecto similar al que hubiera provocado que en el tabloide alemán hubiera aparecido el titular: «Muerto Saddam Hussein en atentado sangriento». Y precisamente esa sensación triunfalista innegablemente positiva, esa dudosa certeza de la victoria sobre el mal, sobre lo aborrecible era común a toda esa gente y a muchos, como a él, les resultaba vergonzosa. Esa extrema trasgresión de los límites de la tolerancia, que los tiempos de totalitarismo te ponen ante los ojos. Esa decadencia total de los valores de la decencia, cuando por los motivos más abstrusos millones de personas son consideradas y declaradas “indeseables” y abominables, deportadas, diezmadas, asesinadas.

            Y de repente el recuerdo de la época nazi refrescado por este suceso estremecedor se vio reavivado y la carga emocional que dicho recuerdo suponía no era compensable con la identificación en general positiva que le sugería Klaus (un buen tipo, en realidad). Las vibraciones. Muchos se avergonzaban de sentir en lo más profundo de su alma ese alivio innegable o incluso esa alegría por el mal ajeno que les sugería el final de esa época horrible de jubilados apestando el popular bar Verdera. ¿Había muerto Klaus siendo un héroe?

            −¿Has encontrado a tu italiana? –preguntó Rodger.

            −Sí, pero en circunstancias nada halagüeñas –repuso Hammer brevemente haciendo un gesto de cortar el cuello con la mano, para añadir inmediatamente la pregunta:

            −¿Y dónde está vuestra cantante?

            −Está en Ibiza, haciendo de las suyas. Esta mujer no para, siempre necesita acción.

            El ambiente era depre. A lo mejor algo de música sería el mal menor, pensó Hammer. Basta ya. Le pidió a Edith que le hiciera un Deckel, fue a su coche y se desplazó a Es Calo. En Raffalet, como casi era de esperar, estaban Alfred y Marianne con caras largas.

            −Qué te parece, nosotros como jubilados nos hemos salvado de ser alcanzados por la inquisición de Klaus –dijo Marianne con una sonrisa de amargura.

            −Klaus sabía disparar –repuso Hammer−. Yo estaba en la mesa contigua con Rollete –les contó−. Fue un horror elevado a la tercera potencia, pero el hombre apuntó bien y dio en el blanco. Rollete y yo en todo caso nos tiramos al suelo inmediatamente, pero tampoco sobre nosotros se oyó ningún impacto.

            −Que Klaus era un poco desequilibrado, ya lo había notado –dijo Alfred pensativo− Y que la certeza de tener que dejar esta vida en pocas semanas, puede producir efectos extraños en una persona, también me parece evidente. Pero de una locura semejante nunca le habría creído capaz –Miraron al azul turquesa de las aguas ante la cala de pescadores con el sol aún alto por encima del cabo, Es Calo, un idilio de primera, completamente incompatible con lo sucedido.

            Marianne se reclinó en su silla y suspiró diciendo: ¿De qué sirve matar a la gente? No cambias nada. Son tontos listos y unos insensibles felices. Así también alguien podría decir de ti o de mí que somos estúpidos, hasta tal punto que no se nos puede soportar. Siempre hay alguien  más inteligente, sensible, superior; así como también siempre hay alguien más tonto y menos sensible. Así son los seres humanos. Si alguien no te gusta deberías evitarlo.

            −Buen colofón –dijo H.−. Nos vemos a más tardar mañana en el bar Verdera.

            −¿Estás loco? –exclamó Alfred.

            −¿Por qué? –se sorprendió Hammer−. Vosotros dos deberíais ser los primeros en hacer un gesto para la consolidación de los nuevos valores del público alemán en ese bar.

            −Tal vez tienes razón –dijo Marianne sonriendo.

XIV

A la mañana siguiente Hammer lo tenía aún más dura. Entusiasmo. Qué bien, su compañero más viejo le volvía a ser incondicionalmente fiel, caliente, recio, y firme. Sí, la nicotina había sido en efecto nefasta, muy nefasta, vasoconstrictora, inhibidora del placer, en definitiva factor de riesgo para una muerte prematura. Hammer, que lo tenía duro, había actuado con dureza y acierto. Un fuerte ataque de tos y una expectoración marrón verdosa en el lavabo blanco de las Pitiüses lo habían reafirmado en su convencimiento de que debía mantenerse fiel a su línea, pasara lo que pasara aún en este islote.

            BAÑO DE SANGRE cerca de IBIZA  ladraba el titular del tabloide alemán. Loco enfermo de cáncer mata a seis turistas, ponía más abajo en letra más pequeña. Incluso Hammer compró un ejemplar y se sentó en el bar Verdera que al fin y al cabo estaba abierto. Los restos de la cristalera frontal hecha añicos por los disparos habían sido retirados; José ponía cara de sufrimiento permanente y en ese momento hablaba con tres reporteros españoles sobre lo ocurrido. Hammer acababa de empezar a leer, cuando su móvil ronroneó en el bolsillo de pecho de su chaqueta.

            −Dios mío, ¿estás vivo? –Era la voz de Steffen cual aluvión.  

            −Que Dios ni que leches, soy Gerd.

            −Hombre, Gerd, lo pone en todos los periódicos.

−Sí, tengo las imágenes delante de mí. Se nos va a dañar la reputación en este lugar.

«El alemán que al parecer estaba mentalmente perturbado disparó a sangre fría contra sus víctimas después de una pelea. La masacre tuvo lugar en la pequeña localidad de San Ferran en Formentera»  tras la palabra Formentera ponía esta vez entre paréntesis: la pequeña isla vecina a Ibiza.

−Gerd, ayer en la televisión mostraron el bar Verdera. Naturalmente, no el momento de los disparos, pero las imágenes que enseñaban tienen que haber sido tomadas poco después –se apresuró a relatar Steffen.

−Aquí cerca de Ibiza –exclamó Hammer riendo−. Es de veras el colmo. Ves claramente cómo piensa la gente que hace este tabloide. Saben que sus lectores, en el mejor de los casos, confunden Formentera con Fuerteventura, si es que conocen una de las dos islas y zás, lo mejor es poner el nombre de la isla discotequera en el titular.

−Lógico, concuerda mucho mejor con una masacre de este tipo.

−Yo la presencié. Te cuento el lunes los detalles. Podrías organizarme citas con la prensa. Hammer leyó por encima la noticia del periódico. Continuación pág.4.

«Querían disfrutar en paz de su vida en el sur de Europa. Las víctimas son cinco jubilados del norte de Renania- Westfalia y un mecánico de coches en paro. Los seis con bienes raíces en Formentera. El autor de los disparos, por lo visto un perturbado, enfermo de cáncer, les disparó a sangre fría. Al parecer ya antes había matado a otras dos personas.» Significativamente ni una palabra sobre las causas o las circunstancias.

XV  

Al atardecer Hammer fue al Blue Bar. Karo no estaba, tampoco los de su grupo. Había que esperar, aún era demasiado temprano. Andrea y Rollete estaban en la barra bromeando. La masacre estaba prácticamente olvidada, había pasado a la historia. La gente parecía normal, el buen humor había regresado.

            Hammer reflexionó. ¿Podía ser esto posible? Uno mata a tiros a unos jubilados fascistoides de baja estofa con un fusil de asalto, el otro introduce arena de la isla en las fauces de una turista indeseada, su italiana lo engaña con el primero que pasa, y él por su parte, también se había meneado a ritmo de estribillo más allá de los límites del buen gusto. ¿Era la psicosis general del final de la temporada, o quizás un síndrome especial de Formentera que hacía que la gente olvidara toda inhibición y se entregara con demasiada facilidad a la tentación? Ese comportamiento loco, esas reacciones exageradas.

            Aunque, al fin y al cabo las acciones tanto de Klaus como de Tony le resultaban al menos comprensibles, así como su ganas de estribillo, ese deseo irrefrenable de entrar en contacto con esa mujer, Karo, de sentir sus vibraciones, aunque fuera ante los ojos de su ahora esfumada compañera italiana. Sin reparar en las consecuencias, poder cambiar de opinión de un minuto al otro. Y en lo que a Tony respecta: ¿acaso no había estado bien recurrir a ese método estrafalario para poner en su sitio a esas colonesas henchidas de buen humor que en su tierra son probas trabajadoras y aquí pierden toda compostura y se desmelenan reclamando sonora y groseramente la atención de su prójimo sin guardar distancia alguna? Si bien la manera de hacerlo había sido fea y dura, no fue completamente inapropiada, se diría que casi moderada en comparación a la radical contundencia demostrada por Klaus.

            Hammer sacudió la cabeza por los absurdos pensamientos que le venían a la mente y  salió a la terraza donde justo en ese momento oyó una voz italiana hablando en italiano. Luisa y Sylvio le salían al encuentro. Luisa siguió su camino como si nada, Sylvio se detuvo.

            −Gerd –comenzó Sylvio ceremoniosamente− I´m sorry, I did know  she was your girl.

            −Don´t worry, drive your Audi –dijo H. y lo dejó ahí plantado.

            Hammer se sentó en una de las dos mesas de la terraza. En la barra de fuera, en diagonal a él, estaba Arnold despatarrado en una butaca del bar, cual gigante en su trono y con un panamá deshilachado en su cráneo medio calvo. Discutía con un tipo que estaba a su lado acerca de las cualidades de dos chicas que acababan de sentarse al otro lado de la mesa donde Hammer bebía su cerveza.

            −La de la derecha te parece mejor, ¿a que sí? –preguntó en su jeringonza de Hamburgo−. ¿La quieres para ti? No hay problema. Te la puedo sentar en el regazo.

            Su interlocutor no parecía estar muy convencido de lo que debía pensar al respecto. ¿Acaso era Arnold ahí el administrador de las mujeres, el trapichero, el que, cual rufián, reclamaba para sí el poder supremo sobre la unión entre macho y hembra? Y eso que en realidad Hammer no había visto jamás a ese hombre emparejado con una mujer. ¿Daba únicamente sin tomar para sí?

            Luego llegó un tipo a primera vista bastante atractivo de melena oscura medianamente larga, que por sus facciones parecía ser el hijo de Arnold o bien el hermano mucho más joven; llevaba una cazadora bomber delgada y abierta con franjas blancas y reflectantes en las mangas. Se sentó a la mesa de las dos chicas y con desparpajo y cara sonriente empezó a entablar una conversación con ellas. Preguntas habituales del tipo: ¿cuándo habéis llegado?, ¿cuánto tiempo pensáis quedaros?, ¿dónde os alojáis?, ¿ya habéis estado en la Fonda Pepe? llegaban con la brisa suave de la costa desde la mesa de la cerveza hasta la barra. Las chicas contestaban de buena gana.

            Asqueado, Arnold se dirigió al hombre que tenía a su izquierda diciendo:

            −Este es Jogi, le cae encima a todo cuanto se mueve.

            −Sí, lo conozco del año pasado –confirmó el tipo.

            −Un asco. ¿Sabes? antes era bastante legal, se ligaba a tres o cuatro de un tirón y nos dejaba aquí dos. Eso es legal. Estás en la barra y te ahorras el trabajo, ¿no?

            A Hammer le constaba que Arnold no era una mala persona, pero sabía que podía soltar interminables parrafadas de odio. Sobre todo cuando sus chicas favoritas le entraban al trapo a los odiados ligones que aterrizaban ahí cada semana.

            −Estas mujeres pierden toda su dignidad –fanfarroneaba Arnold con vehemencia− ¿Te gustaría tirarte a una sabiendo que Jogi ya se la ha metido previamente? –le dijo a su interlocutor−. A mí, desde luego que no.

            Luego se levantó de su asiento pesadamente, atravesó el pasillo delante de la barra, se sentó justo frente al ligón Jogi y dijo con voz profunda y vibrante:

            −Pobres chicas, ¿tenéis que oír precisamente el rollo de mierda de este Jogi? –Luego giró el tronco y dirigiéndose a Jogi:− ¿Cuál de los cuentos de tu repertorio estás soltando ahora?

            −¿Y tú qué pretendes? –le preguntó Jogi como preparado para ese desplante. Y sin embargo, cambió la cara de desafío por una que denotaba más bien fastidio, angustia, casi se diría que desesperación.

            −Les cuentas a las mujeres siempre la misma mierda. Me la conozco desde hace años.

            −Vamos, Arnold, no me vengas con esta cantinela –dijo el interpelado−. ¡Vuelve a tu barra y estate quieto!

            −Tú vienes aquí sólo para ligarte a las tías y una vez despachadas entregármelas en bandeja –insistió Arnold con maldad aniquiladora. Las chicas miraban con gesto nervioso.

            Jogi parecía buscar una respuesta adecuada. Se notaba que en esa sin duda incómoda situación luchaba interiormente por encontrar una forma idónea de desquitarse de ese feroz intrigante.

            −Hace tiempo que ya no tengo que proporcionarte un polvo –repuso el hombrecillo sórdido con muy poca fuerza, a lo mejor reconociendo ahí mismo que no podía haber estado más desacertado en su respuesta pues ésta lo descalificaba completamente ante las chicas y todos quienes lo oían.

            Y eso era precisamente lo que pretendía Arnold. Pérfidamente defendía su coto. La única reacción posible habría sido saltarle a la yugular. Pero nada de eso ocurrió. El pardillo agachó la cabeza y perdió la batalla. Arnold se levantó satisfecho y regresó a su sitio en la barra.

            Hammer echó un vistazo hacia dentro. Karo estaba ahí en la barra como una explosión erótica, con vestido de verano fino y negro junto con Hannes, el guitarrista. Hammer hizo acopió de valor, se incorporó y se acercó a ella.

            −Ciao bella –la saludó dándose cuenta al instante de que su saludo había sido demasiado profano, demasiado poco cariñoso y hasta contraproducente por las asociaciones de pensamiento que podía despertar con su ligue italiano. Pero lo dicho, dicho está, no había nada qué hacer, puso las manos en sus negras y delgadas caderas, la atrajo hacia sí, le dio un beso en la mejilla izquierda, otro en la derecha, y hasta ahí todo bien.

            −Hallo, Hammer Guitars –lo saludó Karo.

            Luego Hammer le estrechó la mano a Hannes y dijo.

            −Tú, mago del instrumento de mi fabricación −La botella de San Miguel de Hannes estaba vacía, lo mismo el vaso de Karo, por lo que continuó− Sea cual sea el contenido que teníais en las manos, ¿qué queréis tomar?

            −Yo una San Miguel –respondió Hannes como era de esperar. Karo quería un palo con hielo−. Buena elección –Hammer pidió la cerveza y dos palos con hielo. Permanecieron ahí de pie durante un rato hablando de música y de los últimos acontecimientos.

            Hammer contó que él había estado muy cerca del lugar donde se produjo el baño de sangre y desgranó ciertos detalles delicados. Además no dejó de mencionar el súbito final de su lío con la italiana como consecuencia del estribillo que habían cantado juntos.

            −¿De veras? –se admiró Karo.

            −Sí, por eso –confirmó él y se esforzó por lanzarle una mirada lo más profunda posible a los ojos. Luego cambió de tema−. ¿Qué tal Ibiza? ¿Has arrasado?

            −Estás bien informado sobre mí –dijo ella con sorpresa. Estaba bastante cerca de él y de repente le dijo− Oye, Gerd. ¿Acaso has dejado de fumar? –Se acercó más a su cara y lo olfateo−. En todo el tiempo que llevamos aquí en la barra no has fumado ni uno solo. Hasta hueles bastante bien.

            −Pues sí, lo he dejado –atreviéndose a añadir poniendo su sonrisa cautivadora−, para poder besarte mejor.

            Ella lo miró pensativa, para luego de repente resplandecer de alegría. Él volvió a agarrarla por las caderas. Sintiendo una repentina seguridad de victoria le puso los labios sobre la punta de la nariz, la agarró con más fuerza atrayéndola hacia su cuerpo y la besó atrevidamente en la boca, para quedarse luego durante un instante prácticamente inmóvil.

            Ella también lo besó, él volvió a hacerlo e introdujo su lengua entre los labios de ella para sentir la suya.

            −Creo que voy a retirarme –oyó murmurar a Hannes.

            Luego desaparecieron el tiempo y el espacio. Una repentina embriaguez, una sensación de plenitud total. A esa mujer, la misma que al comienzo se le había escapado como un fantasma, podía tenerla ahora entre sus brazos cual tesoro y besarla siendo pasionalmente correspondido. Sus lenguas giraban entrelazándose, las manos de él iban realizando tanteos exploradores cadera abajo, las de ella costillas arriba. Diez mil vatios, por lo menos.

            ¿Él la arrastraba hacía la terraza o acaso era ella la que lo empujaba?

            ¿Era la certeza de haber recobrado la supremacía en su empresa lo que le proporcionaba semejante inspiración? ¿Era el orgullo por haber renunciado a la nicotina? Fuera lo que fuera, Hammer lo había logrado, había ganado.

            −Ven, vamos a algún lado –le dijo a ella con un hilo de voz y sin aliento. Caminaron en silencio, besándose, abrazándose en medio del aire cálido de la noche por la pasarela hacia la playa. Winds of Change tocaban los Scorpions desde arriba.

            −Escucha, canta Maus Kleine –susurró ella. Él se quedó unos instantes pensativo. ¡Cómo podía ser que intercambiando tres letras en el nombre, Klaus Meine, se obtuviera una descripción tan perfecta del cantante del grupo, «ratoncito mío»! La encontró maravillosa por ese juego de palabras.

            −¿Se te ha ocurrido a ti? –preguntó él.

            −¿Qué?

            −Pues llamarlo Maus Kleine.

            −Sí.

            La luna resplandecía, dieron unos pasos hacia la izquierda, atravesaron trabajosamente la playa, volvieron a abrazarse y en acuerdo silencioso se dejaron caer en la arena. Hammer tenía medio cuerpo sobre ella.

            −Eres un genio –le dijo jadeante, la besó y empezó a verbalizar de nuevo− Quiero poseerte del todo, ven, vamos allá arriba a las dunas. Maus Kleine. Y a mí que soy de Hanover no se me ocurre algo así –Se, con la pierna derecha entre los muslos de ella, hundió de nuevo la boca en el canal de sus pechos, empujó la lengua hacia arriba, por sobre el esternón; sentía un deseo implacable, instintivo, loco. Le mordió el fascículo de músculos del cuello, ella suspiró, lo apartó de sí, él se levantó, tiró de ella levantándola, caminaron unos metros más. Luego se encaramaron a la siguiente duna y se sentaron ahí en la mullida arena.

            El martillo de Hammer estaba duro como un martillo. En medio de la mayor excitación, él le levantó el delicado vestido por encima del ombligo encantador y le besó esa zona picante bajándole la braga, mientras ella hurgaba en su camisa.

            −¿Tienes un condón? –preguntó ella sonriendo.

            −Ay –Hammer retuvo el aliento desabrochándose la bragueta y sacudió negativamente la cabeza.

            −Yo tampoco –dijo ella en voz baja palpando el montículo del pantalón de Hammer. Él apenas tuvo tiempo de dejar deslizar el pantalón piernas abajo, se dejó caer de espaldas y atrajo a esa menuda criatura sobre su cuerpo, empujando de nuevo el muslo derecho entre esas finas piernas. De este modo se inició un intenso refriegue que continuó hasta el paroxismo. Karo jadeaba, gritaba, se corrió, mientras que el semen de Hammer mojaba su piel desnuda.

            Ella se desgonzó sobre él, él la sujetó firmemente por las delgadas caderas, le masajeo suavemente el cuello, le levantó el cabello y le susurró un “Karo” en el oído.

            De este modo permanecieron durante un rato. Todo le recordaba fuertemente una experiencia de sus años mozos en las costas de Córcega donde henchido de felicidad sostenía en brazos a su primer amor.

            Karo levantó la cabeza y acarició con los dedos el miembro de Hammer.

            −Estás mojado –dijo burlona.

            −Tú también –le dijo él lamiendo sus muslos. La arena estaba aún caliente por el sol del día, cada medio minuto chasqueaba delicadamente sobre la playa una minúscula ola desde el agua por lo demás lisa como un espejo, una magia silenciosa lo cubría todo.

            Él le contó toda la historia del aeropuerto de Hamburgo, lo que sucedió frente a la cinta transportadora de equipajes en Ibiza y cómo en el último momento la vio desaparecer hacia el interior del barco, mientras acariciaba despacio con su mano esa increíble redondez de su trasero. Mencionó su dilema con Luisa y el hecho de que en realidad desde el comienzo había sido ella, Karo, a quien había deseado. Hammer no mentía para nada y sin embargo se sintió en cierta forma indecoroso y sólo, en parte, sincero.  Una sensación de vergüenza de sorprenderse a sí mismo aquí con ella en una actitud cachonda y libidinosa haciendo lo que dos días antes había hecho con Luisa en el colmo de la excitación. Intentó restar importancia a lo ocurrido durante esos últimos días, sobre todo ante ella naturalmente, pero también ante sí mismo.

            −Oh, Hammer –dijo ella riendo− Qué bien sabes contar historias.

            −Tenía un sentido lo de Hamburgo –repuso él con cara seria, la besó en la boca y le acarició la nuca. Ella se había girado a un lado, había recorrido con la lengua dura su tronco desde el pecho derecho, había apretado el cuerpo contra el suyo y había empezado a dejar que su lengua girara en torno a su martillo. El abrazó su delgada cintura y la levantó sobre sí.

 

            La luna se había desplazado hacia la izquierda por encima de la Mola, iluminando la blanca arena de las dunas y confiriendo al agua un brillo irisante. Los rizos de Karo le acariciaban los muslos. Estaba a horcajadas sobre él, se lo chupaba con movimientos suaves, y mientras Hammer jugueteaba con la lengua en la entrepierna de ella, veía la majestuosa silueta de sus nalgas como un milagro de la creación resaltando ante el cielo claro de la noche.        

 

  • FIN −

 

   Personas:

 

Andrea:

 

semirresidente escasa de dinero

Andreas:

 

Batería de Karo

Anna:

 

Ex novia de Hammer

Arnold:

 

Roquero de playa procedente de Hamburgo

Edith & Pasqual:

 

Dueños del Pirata Bus

Ekkehard:

 

Nuevo director de los luthiers

Harry el Dos Caballos

 

El que alquila Citroën y Mehari

Flechter:

 

El gato asqueroso

Hammer:

 

Productor de guitarras

Hannes:

 

Guitarrista de Karo

Julián:

 

Dueño de la Fonda Pepe

Karo

 

Cantante y militante

Klaus:

 

Residente enfermo de muerte

Luisa:

 

Amazona italiana

Rollete:

 

Drogadizo misterioso

Nancy:

 

Pitiüsina natural de Holanda

Rosie:

 

Ex mujer de Hammer

Rodger:

 

Bajista de Karo

Steffen (Stefano):

 

Abogado y amigo de Hammer

Sylvio:

 

Condutor italiano de Audi

Thomas:

 

Ex compañero de Hammer

Tony:

 

Camorrista cínico

Paul, el Manopla:

 

hippie viejo de poco calado

Ulrike:

 

Besucona campechana de 3 litros

Werner:

 

Socio renegado de Hammer

 

 

Special thanks to:

 

Uli Heicher † in memorian por:… volvió a ser una bonita semana en Alemania.

Teja Schwaner y Peter Propst por todo, por la ocurrencia de la mujer y sobre todo por: Reinaba como quien dice una especie de promiscuismo.         

 

Rainer Braum, Dirk Blunck, Carl Carlton, Petra Clodius, Renate Darin, Elke Degelmann, Marion D´ottilie, Bea Dyllong, Karo Eggert, Jochen Fröhling, Julia Gölsdorf, Achim Hanus, Boris Haneke, Ushi Hubertus, Frauke Kronemeyer, Andreas Mertens, Miro Michalic, Christian Prescher, Ingo Renner, Wolfgang Röhl, Karin Schulze, Frank Silinger, Thomas Stratmann, Chris Whitley y Ronnie Wood.