2023 - 08 - Sudafrica, Santa Lucia

Santa Lucia

¡Vamos de excursión, con la mochila, la tortilla y el jamón! O eso es lo que decía una canción infantil española: ¡Arriba, arriba, con la mochila, la tortilla y el jamón!

Nos vamos a Santa Lucía, en la costa del Océano Índico. Unos 600 km en coche desde el Parque Krueger, ¡un poco menos que de Madrid a Cádiz!

Después de una parada corta suergen la primeras dificultades. La batería del Garmin no funciona. Cada vez que apagas el motor del coche, se apaga el Garmin y se borra su memoria, asi que despues de cada arranque del motor hay  que meter la direccion otra vez. ¡Qué coñazo!

El camino rural era como una de esas colchas hechas a parches, lleno de baches. Ojito con los baches. Y compartes vía con un sinfín de camiones y con muchos coches que por la noche van sin luces. A partir de Pongola, la carretera mejora y el paisaje se vuelve más pintoresco.

Santa Lucía, el topónimo al menos, suena más prometedor de lo que realmente es. No es una población en el verdadero sentido de la palabra. Es una urbanización de nueva construcción sin un verdadero centro de ciudad. Nuestro alojamiento es oscuro y muy austero y parco en detalles. Parece como si la idea hubiese sido diseñar unas habitaciones que luego costase poco esfuerzo mantener. La puerta no cierra, hay que pedir el secador de pelo, extrañamente, tienes un Nuevo Testamento a mano, pero ni copas de vino, ni agua en la nevera, ni una sola silla o sillón en la habitación. ¡El defectuoso taburete de madera que hay frente al escritorio tiene todo el aire de haberse usado hace cuarenta años como poste de azotes para castigar a los negros...! Y uno se golpea las rodillas en el escritorio porque o bien la silla es demasiado baja o bien la silla extremadamente incómoda traída de la terraza es demasiado alta. Antes de irse a la cama, es mejor desconectar el ruidoso zumbido de la nevera.  En definitiva, no es una estancia agradable, especialmente para dos.

Lo cierto es que en estos viajes prácticamente casi nunca encuentras un alojamiento perfecto.

Al menos nos compensaron con un desayuno americano como Dios manda, con huevos y beicon, tostadas, yogur, fruta y zumo de naranja, y un personal del hotel muy amable. Y alrededor de la casa, todo está cuidadosamente ajardinado: plantas y árboles de todo tipo, alrededor de los cuales retoza a veces una horda de pequeños monos, muy monos. Estos monos se arriesgan a menudo a cruzar las calles, como hacen los perros y los gatos en nuestro país.

 

Al conducir hasta la playa te encuentras una barrera con varios guardias que controlan todos los coches en busca de alcohol y armas. Un poco extraña esta prohibición. ¿Por qué no se pueden llevar bebidas alcohólicas a la playa para emborracharse? Y la mayoría de los supermercados tampoco venden cerveza ni vino. Pero en las licorerías se puede conseguir de todo: todo tipo de ginebras, vodkas, wiskeys, licores, incluso Campari y Aperol. ¿Qué lógica tiene eso?


Al menos hay una playa muy amplia de arena blanca con dunas y un montón de gente pescando. Me pregunté cómo conseguían pescar nada, porque no es que pudieran lanzar sus anzuelos muy lejos. Sin embargo, observé que un tipo parecía tener algo en su sedal. Tras diez minutos y unos 40 metros de cambiar de sitio hacia la izquierda con constantes lazadas y aflojadas, sacó un gran pez, de unos seis kilos.

 

Hipos y cocodrilos


Un viaje en barco. Una familia alemana con los abuelos en cubierta. Estuve a punto de preguntarle a la madre "dónde se ha comprado ese vestido tan bonito". ¿Cómo puede ser que la gente vuelva a vestirse tan mal y sin gusto como hace 60 años?
Es mejor mirar a lo lejos, a este ancho río, los juncos y los manglares a ambos lados. Al cabo de media hora, las primeras cabezas de hipopótamo asoman fuera del agua. El barco se detiene y todo el mundo hace montones de fotos. Y el capitán, un tipo divertido, anuncia por megafonía que seguro que hay muchos cocodrilos en el agua aunque ahora no se puedan ver. "Pero cuidado, si metes el brazo en el agua, ¡eres historia!".

Vimos después varias familias de hipopótamos, siempre al menos con dos tercios bajo el agua. Uno grande incluso abrió su enorme boca por un momento, ¡guau! Por último, un pequeño cocodrilo que estaba tomando el sol en la orilla desapareció rápidamente debido a nuestra presencia. Y fue el único cocodrilo que avistamos durante este viaje en barco.

   


¿Peregrinación?

No, ¡avistamiento de ballenas!

Aunque nos advirtieron que las olas golpearían violentamente la lancha y que posiblemente iba a resultar una paliza, tuvimos que hacerlo. ¿Cuántas oportunidades tienes de ver ballenas? Reservamos, pagamos y nos dirigimos a la orilla, a través de las dunas, remolcados por un potente tractor. Al principio había olas enormes, pero más lejos la cosa se calmó un poco. Y de repente, allí estaban: la primera ballena madre con su cría a babor. Bueno, al igual que el hipopótamo, la ballena común permanece de forma natural al menos dos tercios por debajo de la superficie del agua, en lugar de atreverse a asomar un poco más. 

En definitiva, ¡una estancia agradable e interesante!



¡Los blancos se bañan y los negros se alegran!